José María Triper

Periodista económico

Habemus papam. Alemania, la locomotora de la UE ya tiene su nuevo Ejecutivo y eso es una buena nueva para ellos, parece que también para Europa, no por su composición, que habrá que esperar y ver, pero posiblemente no sea una noticia favorable para Sánchez y los intereses de su gobierno socialpopulista, a pesar de la filiación socialdemócrata del presidente Olaf Scholz. Que la socialdemocracia alemana ni sintoniza ni se corresponde con el sanchismo español y ha demostrado su profunda discrepancia con su política económica y fiscal, sus ataques a las instituciones democráticas y con sus socios y aliados de Gobierno.

Cuando yo empezaba en esta profesión de contar cosas, en los albores de la Transición, había un grupo de veteranos periodistas a los que se conocía como los “sobrecogedores” porque, se decía, que en las convocatorias de presentación de resultados de las entidades financieras y grandes empresas recibían oculto dentro de la documentación general un sobre con dinero para que fueran favorables en sus informaciones y comentarios de opinión. Pues bien, esta práctica ya afortunadamente desterrada se ha trasladado ahora a la política impulsada y potenciada por el sanchismo gobernante para comprar voluntades y la paz social, como en el caso de los sindicatos, favores y sumisiones como ocurre con los asesores, y la permanencia en La Moncloa como hemos visto sucede con los independentistas y los herederos de los terroristas en los Presupuestos del Estado que, otro año más, son el ejemplo más inmoral de oportunismo político y de la discriminación entre las comunidades autónomas y los ciudadanos.

Si se enfada Sánchez te pone un impuesto. Así explicaba mi amigo Juan Berga el parche acordado entre el Gobierno y los sindicatos mayoritarios para la reforma de las pensiones que esta semana se aprueba en el Congreso y supone una enmienda a la totalidad de los trabajos y avances de la Comisión del Pacto de Toledo para garantizar la sostenibilidad del sistema, además de un atentado flagrante conta la economía y la creación de empleo.

El efecto Werther fue el término designado por el sociólogo David Phillips en 1974 para definir el efecto imitativo de la conducta suicida, en alusión a la novela Las desventuras del joven Werther del romántico alemán Wolfgang von Goethe. Una tragedia que en los últimos años en España está enviando a la muerte a más de 3.000 personas anuales. Pero de lo que hasta ahora no teníamos constancia es de que este efecto contagio afectara también a los políticos y a los partidos hasta convertirse en holocausto caníbal, como estamos viendo ahora en el caso del Partido Popular, y no por pesadumbre, hastío y desesperanza que suelen ser las causas más comunes de suicidio, sino por egoísmo, mediocridad, ambición, celos, ansia de control y de poder y carencia de sentido del Estado y del compromiso con los ciudadanos.

Pablo Casado e Isabel Díaz Ayuso estarían a punto de cerrar la guerra abierta por el control del partido en Madrid. Responsables del Grupo Parlamentario Popular y dirigentes autonómicos próximos a la dirección nacional confirman que ambas partes han llegado a un principio de acuerdo por el que la cúpula de Génova con Casado y García-Egea al frente aceptan que Ayuso sea también la presidenta del PP madrileño, como ocurre con el resto de los barones regionales, con el alcalde de la Capital, José Luis Martínez Almeida como secretario general.

El mismo gobierno que ha hecho lema y principio de su acción legislativa eso de que no hay que legislar en caliente no ha tardado ni quince días en hacer el nuevo decreto de reforma del impuesto de la plusvalía municipal demostrando, una vez más, que para el sanchismo gobernante y sus aliados lo que no se puede hacer para reformar y reforzar la seguridad, la dignidad, la vida y el derecho a la propiedad de los ciudadanos, cuando se trata de desvalijar el bolsillo de los contribuyentes se legisla no ya en caliente sino hirviendo y escaldando.

Sirva el título de la afamada novela de John Kennedy Toole para definir la confabulación contra la política de bajada de impuestos del gobierno de Isabel Díaz Ayuso en Madrid, impulsada por el valenciano Ximo Puig y los independentistas catalanes con la inestimable colaboración del gobierno socialpopulista de Pedro Sánchez, y a la que ahora se ha sumado también el lehendakari del País Vasco, Iñigo Urkullu. Precisamente el máximo responsable de una comunidad cuyas prebendas derivadas del llamado Cupo Vasco han sido denunciadas por otras autonomías, inspectores de Hacienda, reputados fiscalistas y que han sido seriamente cuestionado por la Unión Europea al considerarse como posible “ayuda de Estado ilegal”.

¡Cuerpo a tierra que vienen los nuestros! Esta frase que se atribuye a Pio Cabanillas define hoy, más de 30 años después, la situación de guerra fratricida que la actual dirección de Génova ha desencadenado en el Partido Popular. Una operación suicida en unos momentos en que, por vez primera en la era Casado, tienen mayoría en los sondeos con posibilidades de gobernar en coalición con Vox, consecuencia de los desastres del sanchismo gobernante y de la extinción de Ciudadanos y no de una estrategia política de oposición o del carisma y las virtudes de un líder al que todavía muchos entre los poderes económicos, en Europa y en el electorado, no terminan de ver como presidenciable, aunque empezaba a aparentarlo.

Al margen de la foto robada con Joe Biden que ni llama, ni recibe ni mantiene encuentros bilaterales con nuestro Presidente, nada más ha podido traerse Pedro Sánchez de la descafeinada reciente cumbre del G-20 en Roma en la que, una vez más se ha puesto de manifiesto la inoperancia de nuestra política exterior y la irrelevancia de España hoy en la esfera internacional, donde los que en teoría son nuestros aliados ni nos consideran ni se fían de un Ejecutivo errático, sin rumbo, con discrepancias entre sus miembros y con ministros bolivarianos sentados en la mesa del Gobierno.

En los corrillos del Parlamento, en los círculos políticos y entre algunos informadores empiezan a sonar tambores de urnas, aunque a decir verdad todavía se oyen lejanos y con disonancia. Cierto es que Sánchez se ha asegurado ya el apoyo de los Frankenstein -ERC, PNV y Bildu- a los Presupuestos y con ello la permanencia en el Gobierno en 2022, salvo que las alianza parlamentarias le den la espalda y eso no toca el año próximo.