José María Gay de Liébana

Economista, profesor de la Universidad de Barcelona

Durante años nuestros gobiernos y estamentos políticos nos iban repitiendo aquel magnífico objetivo de que en 2020 España tendría una contribución del sector industrial del 20% al PIB. Llegó 2020 y pandemia al margen, la aportación total de la industria a nuestro PIB se limitó al 14,86%, incluyendo la energía. Si con ese dato el empuje industrial deja mucho que desear, peor aún es advertir que el peso de la industria manufacturera en la economía española en 2020 fue apenas del 11,16%. La industria manufacturera ha ido perdiendo protagonismo en nuestro modelo productivo y si en los años 70 del siglo pasado alcanzaba cotas superiores al 30%, después entró en descenso. En 2008, solo aportaba el 13,3% del PIB y en los últimos años su contribución no va más allá del 11%.

En pocas semanas hemos pasado de ver las cosas más o menos oscuras y atravesar un túnel que, meses atrás, parecía no tener fin, a que se ilumine la esperanza. La crisis económica de 2008, mejor dicho, la crisis financiera fue puntual pero sus efectos retardados nos castigaron durante bastantes años. Realmente, creo que en 2020 aún arrastrábamos algunos de sus coletazos. De repente, la pandemia nos trituró y la destrucción económica ha sido considerable. A raíz de la crisis de 2008 y concretamente en Europa las respuestas económicas serias tardaron en llegar y hasta que el Banco Central Europeo, a través del ejemplo de la Reserva Federal estadounidense, no empezó a poner en marcha la política monetaria ultraexpansiva, las cosas no se templaron. En esta ocasión, con la crisis económica derivada de la pandemia, las respuestas de nuestro banco central han sido tempranas y eficaces. También las de muchos gobiernos que han cogido el toro por los cuernos a tiempo, protegiendo y tutelando a sus economías, algo que sinceramente en España seguimos echando en falta.

Con los precios subiendo, como es el caso de los productos alimenticios que preocupa al Fondo Monetario Internacional y de las materias primas con el regreso de la actividad fabril, así como del transporte, y la gasolina más cara junto con la energía que inicia recorrido alcista, por no hablar del precio de la luz en España que con el invento de la factura y pese a las recientes medidas tomadas por el Gobierno, se dispara para castigo de economías familiares y empresariales, aupándose a la cabeza de toda Europa, es evidente que preocupe la posible pérdida de capacidad adquisitiva de los salarios y que otra vez se insista en subir el salario mínimo interprofesional hasta alcanzar el 60% del salario medio.

Entre los retos de nuestra economía sobresale la inaplazable reducción del desempleo y de la precariedad laboral. En España se constata una deficiencia harto evidente: desde 1980 la tasa de paro promedio se sitúa en el 17%. Concretamente, en los últimos meses de 2020, la tasa de paro, según Eurostat, oscilaba entre el 16,2% y el 16,5%, siendo, junto con Grecia, la más alta de la Unión Europa que se sitúa sobre el 7,6% y doblando a la de la Zona Euro que es del 8,4%, y muy por encima de otros países europeos. Los datos de Eurostat correspondientes al mes de mayo de 2021 confirman que Grecia y España comparten el liderazgo del paro en Europa con una tasa del 15,4% y 15,3%, respectivamente, en tanto en la Zona Euro se sitúa en el 7,9% y en la Europa de los 27 en 7,3%.

Una de mis grandes pasiones, desde pequeño, es el tenis. Como jugador siempre he sido un auténtico paquete, pero creo haberle puesto empeño en prosperar, aunque con resultados más bien vacuos. He tenido la oportunidad de asistir a singulares acontecimientos tenísticos, pero me ha faltado, hasta la fecha, vivir en toda su salsa el ambiente de la competición tenística por antonomasia: los campeonatos internacionales de Wimbledon, la prueba con más clase y señorío que se celebra anualmente en el circuito, y en las pistas del All England Tennis Club. Todos tenemos algún deber pendiente y el mío sigue siendo Wimbledon. Permítame que a propósito de ese torneo que junto con Roland Garros, el Open de Estados Unidos y el Abierto de Australia, forman los cuatro Grand Slam, las competiciones más prestigiosas y anheladas por cualquier tenista y en función de las cuales las grandes raquetas planifican sus temporadas. Remontémonos a un año atrás.

La recuperación económica va calando y las perspectivas son actualmente positivas. Estados Unidos y China, con Europa algo más apagada, pisan con garbo y tras meses de letargo y una etapa neutralizada por la Covid, las cosas se reaniman en el marco de los negocios internacionales. De lo que no cabe duda es que las empresas tienen que adaptarse al nuevo mundo post-covid y a menudo no es suficiente con lo que se es para llevar a cabo ese proceso de transición. Además, los perfiles tecnológicos y digitales ganan protagonismo, al igual que la transición medioambiental. Y la liquidez destaca por su abundancia, las bolsas están animadas y hay compañías con ganas de entrar en el parqué.

En esa misma tesitura se encuentra Mercadona, otra compañía paradigmática sin cotizar en el Ibex, de impronta familiar, con un patrimonio neto de 6.674 millones de euros que supone el 63% de su financiación y bajo la batuta de Juan Roig, sin que apenas figure deuda a largo plazo en su balance y ni rastro de endeudamiento bancario.

Toda experiencia entraña lecciones. Aprender en tiempos de dificultades, fijarse en cuáles son las virtudes de los líderes, entender el porqué de las pifias de quienes se equivocan y conocer los matices del entorno en el que se desenvuelve la actividad económica. Los acontecimientos precipitan que las estrategias empresariales cada vez estén más expuestas a incertidumbres y, en consecuencia, tengan que readaptarse a las circunstancias que imperan. También el corto plazo está sometido al imprevisto devenir que, de la noche a la mañana, puede hacer variar planes de actuación. El abrupto shock de la pandemia ha supuesto alterar muchos esquemas empresariales, replantear modus operandi de negocios, reestructurar el funcionamiento de compañías, adecuarse con rapidez a fin de resistir en un escenario radicalmente distinto por no decir que hostil en muchos casos. Desinvertir y adelgazar activos fijos para concentrarse en las entrañas del negocio. Reconvertir endeudamientos.

Son varios los retos a los que nos enfrentamos cuando la reactivación económica empieza a ser una realidad. El primero de ellos es cómo absorbemos la tamaña destrucción empresarial habida y pensamos en su recuperación y de qué forma se encaja a las tantas personas que se han quedado sin trabajo. La complicada situación financiera de muchas empresas, con endeudamientos elevados, recursos propios erosionados, cuentas de resultados desequilibradas, requiere una atención especial y ofrecerles oxigenación financiera a largo plazo para que puedan remontar la situación o acometer un vuelco en sus modelos de negocios. Por consiguiente, parte de nuestro tejido productivo tendrá que afrontar una reconversión.

Las buenas noticias de estos días son una inyección de aire fresco. Si EasyJet sacó del Erte días atrás a toda su plantilla en España, Ryanair ha seguido sus pasos y que las Islas Baleares tengan semáforo verde para los viajeros británicos, reactiva el turismo de Mallorca, Menorca, Ibiza y Formentera, con la reapertura de muchos hoteles que ya están preparándose para acoger a sus huéspedes. Ahora se espera que el Gobierno de Boris Johnson también ponga el semáforo en verde para Canarias, Chipre y las islas griegas. El turismo, pues, sumará este verano, aunque en España los turistas británicos tengan que someterse a PCR. Y se divida, al menos a corto plazo, un horizonte más despejado.