Matthew Lynn

Director ejecutivo de Strategy Economics

Uno de los mayores contratos militares de la década ha sido cancelado. Las recriminaciones se multiplican. Los embajadores son llamados a filas y el Gobierno galo arremete con acusaciones de "traición" y habla de "puñaladas por la espalda". La disputa entre Francia y Australia por la anulación de un contrato de submarinos y la creación de AUKUS, una alianza a tres bandas con Estados Unidos y Reino Unido, puede ser ante todo una crisis geopolítica. Pero también es un problema para la industria de defensa francesa, y una oportunidad para sus rivales británicos.

La cadena de restaurantes Nando's podría quedarse sin pollo. Existe el riesgo de que no comamos pavo esta Navidad en Reino Unido. Las empresas cárnicas exigen que les envíen presos para atender sus líneas de producción, mientras que los transportistas insisten en que se contraten más conductores de alguna parte si se quiere que las mercancías sigan circulando por el país. En los últimos días, los fabricantes y las asociaciones comerciales se han puesto cada vez más histéricos en sus demandas de que se permita la entrada de más inmigrantes en Reino Unido para cubrir todas las vacantes.

La debacle de Irak. la caída de Saigón al final de la guerra de Vietnam, la Bahía de Cochinos, la fallida invasión de Cuba... Se puede debatir qué lugar ocupa exactamente el colapso de Afganistán en la lista de desastres militares y de política exterior estadounidenses. Pero hay algo que ya es seguro: lo ocurrido esta semana se trata de un gran revés que socavará la credibilidad de Estados Unidos durante los próximos años. Sin embargo, ahora viene el verdadero problema. Esto no va a terminar aquí. La economía será la próxima gran catástrofe de la cada vez más caótica Presidencia de Joe Biden.

Haría más honesta la cobertura de las empresas. Mejoraría la transparencia. Y los inversores tendrían más protección frente a algunos de los mercachifles sin escrúpulos que a menudo se ganan la vida de forma más que holgada en la bolsa. Las reformas de los mercados financieros de la UE de 2018 -conocidas con el poco pegadizo nombre de Mifid II- tenía un alcance jamás concebidas. Y, sin embargo, como tanta regulación de Bruselas, tenía un problema. El resultado real resultó ser precisamente lo contrario de lo que se pretendía.

En la última semana, el miedo a la inflación ha empezado a volverse serio. El índice mensual de precios en Reino Unido, por ejemplo, alcanzó el 2,5%, la mayor subida en tres años, a medida que la economía comenzó a desconfinarse y las empresas empezaron a subir los precios. En medio de la escasez de mano de obra, los salarios aumentan más de un 7% anual, y aunque puede haber algunos factores diferenciales, todo se confabula para recordarnos la nociva espiral de precios y salarios de los años 70. Al menos algunos miembros del Comité de Política Monetaria han empezado a barajar el endurecimiento de la política monetaria para mantener el aumento de los precios bajo control. Mientras tanto, en Estados Unidos la inflación ha alcanzado un alarmante 5,4%, la tasa más alta en trece años. Hay muchas explicaciones para ello, desde los cuellos de botella de la oferta, hasta los enormes planes de estímulo lanzados a las economías por los Gobiernos desesperados por salir de la pandemia, pasando por el cambio de comportamiento de los consumidores tras dejar de estar encerrados en casa. Sin embargo, sea cual sea la razón, parece inevitable que haya subidas de precios sostenidas durante algún tiempo.

Nuestras exportaciones a la Unión Europea se hundirían. Habría escasez de verduras frescas en Tesco y Sainsbury's. Las fábricas cerrarían al colapsar las cadenas de suministro, y nos sumiríamos en una profunda recesión. Si rebobinamos cinco años, los "expertos en comercio exterior" de un tipo u otro eran unánimes en que la salida del mercado único causaría un daño catastrófico a la economía británica. Pero, un momento. De hecho, los datos comerciales publicados en este mismo mes de junio demuestran que no sólo se equivocaron esas predicciones, sino que erraron a una escala que rara vez se había visto antes.

La inflación ya aumenta rápidamente. El mercado de trabajo se ha estancado. Las ventas al por menor están planas, la bolsa se resiente y al mercado de renta fija no le va mucho mejor. El presidente Biden hizo una gran apuesta por poner en marcha la economía estadounidense en un intento de iniciar una década de crecimiento y renovación, y conseguir por fin que los salarios reales vuelvan a subir. Sin embargo, en la última semana, la 'Biden-nomics' ya ha empezado a desbaratarse.

Había miles de millones en juego de doce empresarios y dinastías empresariales. Contaba con el respaldo de JP Morgan, uno de los mayores bancos de inversión del mundo. ¿Qué podría salir mal?: muchas cosas. De hecho, el lanzamiento de la Superliga se convirtió rápidamente en uno de los peores fiascos comerciales de todos los tiempos. Fue recibida con un aluvión de hostilidad y se desmoronó casi inmediatamente. Por supuesto, esto fue en gran medida una historia deportiva. Sin embargo, también hubo lecciones que cualquier empresa podría aprender y vamos a mencionar tres.

El grupo de asesores económicos de Angela Merkel ha recortado su previsión de crecimiento para este año mientras el país lucha por contener una tercera ola de Covid-19. El presidente Macron está cerrando Ile-de-France, el centro neurálgico de la economía francesa, ya que los hospitales están desbordados de pacientes, mientras que la OCDE ha recortado sus previsiones para el continente. Con la caída en picado de las infecciones y las bajas laborales en Israel, Reino Unido y EEUU, a medida que se intensifican los programas de vacunación, Covid-19 está finalmente bajo control en muchas áreas, excepto, por supuesto, en la Europa continental. Hasta ahora ha sido principalmente una catástrofe sanitaria, pero muy pronto se convertirá también en una económica. Grecia provocó la primera crisis de la eurozona, pero la debacle de las vacunas encenderá la segunda.

Puede tratarse de una simple tarjeta expedida por los sistemas sanitarios de cada país. Podría ser una aplicación que se descarga en el móvil. Podría ser una libreta, al estilo de los pasaportes, con el escudo de Su Majestad en la portada (en mi caso y en el de los demás británicos) o, para los teóricos de la conspiración, un microchip implantado al nacer. Sin embargo, no importa realmente la forma que adopte el pasaporte sanitario. Cualquiera que sea la versión que elijamos, seguirá siendo un paso en un camino peligroso, uno que nos lleva a una sociedad basada en el permiso administrativo, en la que se criminaliza a los inconformistas, se aplasta la individualidad y se pierde la ventaja competitiva que siempre nos ha dado la libertad.