Profesor de Economía en la Universidad de California-Berkeley y Cambridge.

Los bancos centrales de todo el mundo siguen contemplando la posibilidad de emitir sus propias monedas digitales (CBDC). Algunos ya han dado pasos en esta dirección. El Banco Popular de China lanzó una prueba de su e-CNY en Shenzhen en 2020 y desde entonces ha ampliado su uso a otras ciudades. El Sveriges Riksbank está probando su corona electrónica para pagos comerciales y minoristas. Incluso la Junta de la Reserva Federal de EE.UU. ha publicado un documento en el que sopesa los pros y los contras de la CBDC.

La economía europea se encuentra en el filo de la navaja entre la recesión y el crecimiento. El filo de la navaja está afilado porque los responsables políticos europeos no tienen ningún control sobre el resultado.

Ha quedado muy claro que Estados Unidos tiene un problema de inflación. Lo que aún no está claro es la magnitud del problema y su duración.

La propagación de la variante ómicron como un reguero de pólvora añade otro elemento de incertidumbre a la economía mundial, pero hay consenso en que las perspectivas siguen siendo buenas para los países con mercados emergentes. J.P. Morgan Global Research prevé que su PIB combinado aumentará el 4,6% este año, superando a la tendencia que mostró entre 2015 y 2019. El pronóstico de S&P Global Ratings es aún más alcista: proyecta que las economías emergentes crecerán el 4,8%.

El Congreso de EEUU acaba de dar un paso importante en la aplicación de los planes fiscales del presidente Joe Biden, al aprobar un proyecto de ley de infraestructuras de un billón de dólares. Ahora veremos si la Oficina Presupuestaria del Congreso (CBO) está de acuerdo en que el plan de acompañamiento de 1,75 billones de dólares en gastos sociales y relacionados con el clima está totalmente financiado por impuestos adicionales y otros "pagos", como evidentemente exigen los demócratas moderados.

Hoy la inflación ocupa las primeras planas de los periódicos de todo el mundo, y con razón. Los precios de más y más bienes y servicios están aumentando de una manera no vista en décadas. Este pico inflacionario, junto con la escasez de la oferta, sea esta real o temida, está generando ansiedad en consumidores y productores. También en un asunto político candente, ya que amenaza con agravar la desigualdad y descarrilar la muy necesaria recuperación económica sustentable e inclusiva tras la pandemia del Covid-19.

En agosto, el FMI anunció, a bombo y platillo, que sus miembros habían llegado a un acuerdo histórico para emitir 650.000 millones de dólares en derechos especiales de giro (DEG) para hacer frente a la emergencia del Covid. Los DEG son asientos contables que los Gobiernos, a través de los buenos oficios del FMI, pueden convertir en dólares y otras monedas solventes para pagar importaciones esenciales, como las vacunas. Y 650.000 millones de dólares no son poca cosa: es casi el 1% del PIB mundial. Esto podría suponer una gran diferencia para los países pobres afectados por el virus.

En este mes de agosto se cumple el 50º aniversario del "fin de semana que cambió el mundo", cuando el presidente estadounidense Richard Nixon suspendió la convertibilidad del dólar en oro a un precio fijo y bajó el telón del sistema monetario internacional de Bretton Woods. El medio siglo posterior trajo muchas sorpresas. Desde el punto de vista monetario, una de las más importantes fue el continuo dominio del dólar como vehículo para las transacciones transfronterizas.

La idea de un dólar digital, como la de un euro digital, está en el aire desde hace tiempo. Recientemente, descendió del reino de las ideas a los labios de la secretaria del Tesoro estadounidense, Janet Yellen, y del presidente de la Reserva Federal, Jerome Powell. En un acto celebrado en febrero, Yellen señaló que la propuesta era “absolutamente digna de estudio” y añadió que el Banco de la Reserva Federal de Boston, junto con académicos del MIT, ya la desarrollaba. Al día siguiente, en una comparecencia ante el Congreso, Powell dijo que el dólar digital era “un proyecto de alta prioridad para nosotros”.

Con la impresionante victoria de los demócratas en las elecciones al Senado de Georgia, que les da el control de ambas cámaras del Congreso a partir del 20 de enero, la idea de expedir cheques de estímulo del consumo de 2.000 dólares para cada hogar seguramente volverá a estar en la agenda de EEUU. Sin embargo, aunque el alivio específico para los desempleados debería ser una prioridad incuestionable, no está claro que medidas así ayuden de hecho a sostener la recuperación económica.