Alberto Nadal

Economista

En una situación de incertidumbre como la actual, la demanda tiende a deprimirse. Los hogares reducen su consumo a lo imprescindible y ahorran para hacer frente a lo que pueda venir; las empresas reducen su inversión ante el incremento del riesgo; y los mercados exteriores se ven igualmente afectados por la pandemia, lo que reduce también la demanda de exportaciones.

Un repaso a la prensa, a los medios de comunicación económicos o al debate político en materia económica muestra que lo coyuntural domina sobre lo estructural. Las cuestiones del momento, la situación del ciclo económico o la última cifra publicada llenan las portadas, los telediarios y los debates parlamentarios. Sin embargo, muchas de esas noticias, gran parte de esos acontecimientos que en esos momentos parecían importantísimos pasan a la irrelevancia en un muy corto espacio de tiempo. Esto no es nuevo; siempre el debate económico siempre ha estado presidido por lo coyuntural. Pero, a medida que pasan los años, se acrecienta su dominio ante la saturación informativa que ha acompañado al desarrollo de las nuevas tecnologías. La reflexión pausada ha pasado a un segundo plano.

La situación de la pandemia y su impacto en la economía se está moviendo hacia los peores escenarios entre los inicialmente planteados. Muy a principios de año, cuando la extensión de la Covid-19 se limitaba a la provincia de Hubei en China, aún cabía la posibilidad de que la localización de la epidemia no saliera de ese ámbito geográfico, como de hecho había ocurrido ya con epidemias anteriores. Esa fue la apuesta inicial de los mercados financieros. Desgraciadamente no ocurrió y la epidemia se convirtió en una pandemia en un corto espacio de tiempo.

Los jóvenes o, mejor dicho, una parte creciente de los mismos, no están interesados en la política ni en los asuntos públicos. Ello se traduce una participación electoral menor que en otros segmentos de edad, lo que, a su vez, tiene importantes consecuencias políticas y económicas

Decía Jean Monet, uno de los padres fundadores de Europa que: “Europa se forjará en crisis, y será el resultado de la suma de las decisiones adoptadas para esas crisis”. Siempre ha sido así. La Unión se ha construido en reuniones maratonianas hasta altas horas de la madrugada, cuando los líderes europeos se enfrentaban a la disyuntiva de no acordar y destruir el proyecto común, o, por el contrario, buscar una solución europea a una crisis que afectaba a todos. Para vencer el interés particular de cada Estado miembro, debe existir una fuerza externa poderosa que, en medio del conflicto de intereses nacionales que es Bruselas, haga surgir la solidaridad de la Unión. Y ello, no sólo por idealismo, sino, en gran medida, por el pragmatismo al que lleva la conclusión irremediable de que la única solución posible es común.

La economía española se caracteriza por tener uno de los mercados de trabajo más inestables de la OCDE. Inestable, en el sentido de que, cuando la economía entra en recesión, se producen masivas destrucciones de empleo. Y, por el contrario, cuando se expande, recupera una parte del empleo perdido a buen ritmo, pero menor que la velocidad de destrucción durante la contracción. El ejemplo más reciente es lo sucedido durante la crisis financiera: a pesar del fuerte ritmo de creación de empleo en la fase de recuperación, nuestra tasa de paro no recobró los niveles de 2007.

El Fondo Monetario Internacional fue la primera organización económica internacional en publicar sus previsiones económicas tras la pandemia. Lo hizo, como es habitual, en su World Economic Outlook de abril; y, como todos los años, en el mes de junio, ha actualizado sus cifras. Estas últimas empeoran notablemente respecto a sus previsiones anteriores. Esto se debe a que, en estos momentos, hay una idea mucho más clara que en abril de la extensión de la pandemia y de sus consecuencias sanitarias y económicas. Y, además, lo más importante, se empieza a vislumbrar cómo será la recuperación.

La crisis de la Covid-19 oculta otras cuestiones que, sin embargo, a largo plazo pueden tener una importancia elevada. Una de ellas es la futura relación económica entre el Reino Unido y la UE.

Qué está pasando en la Unión Monetaria? En unas pocas semanas, hemos visto a Alemania cambiar de posición sobre lo que hasta ahora eran los principios básicos que habían definido la política económica de la Eurozona, incluso en los duros momentos de la Gran Recesión. Alemania ha acordado con Francia un documento que podría dar lugar al mayor paquete de estímulo fiscal de la historia de la UE. Además, en ese acuerdo, se acepta que este estímulo se financie con deuda pública emitida por la Unión, es decir algo muy cercano a los eurobonos que el gobierno alemán había rechazado sistemáticamente. Casi simultáneamente, el BCE ha lanzado un segundo estímulo monetario por valor de 600.000 millones de euros y, además, ha extendido en el tiempo las compras de deuda pública asociada a la pandemia hasta, al menos, junio del año que viene. Y para completar el cuadro de medidas extraordinarias, el Gobierno alemán ha lanzado su propio paquete fiscal expansivo por valor de 130.000 millones de euros, adicional a las medidas que ya había tomado en marzo.

En estos momentos la epidemia, al menos en Europa, parece más controlada. Afortunadamente, en todos los países europeos los nuevos casos diarios de contagios y el número de nuevos fallecidos han descendido a una fracción de los que había en la punta de la epidemia. Las estimaciones de los epidemiólogos son que, para junio, si hacemos las cosas bien, sólo tendríamos ya contagios marginales. Toca ahora, por tanto, reconstruir la economía.