Opinión

¿Qué cambiará con Biden?

Joe Biden traerá cambios, pero no radicales, a la política estadounidense

Salvo decisiones judiciales de última hora que nadie espera, el próximo enero habrá un nuevo inquilino en la Casa Blanca. La nueva administración americana tiene ante sí el reto de conseguir superar la pandemia desde el punto de vista sanitario y, sobre todo, recuperar la economía y el empleo en los Estados Unidos a los niveles que había antes de la crisis.

Lo primero que debemos tener en cuenta es que la victoria demócrata, aunque importante, no ha sido aplastante. Al principio de la campaña electoral, el partido demócrata se fijó tres objetivos: conquistar la presidencia, aumentar su ventaja en la Cámara de Representantes, y, ganar la mayoría del Senado. Han conseguido a la primera, pero no la segunda: los republicanos han aumentado su representación en la Cámara de Representantes, aunque no hasta el punto de cambiar la mayoría de la cámara. Y, en el Senado, es difícil que consigan su objetivo: los republicanos tienen garantizados 50 escaños, los demócratas 48, y quedan dos escaños sin asignar. Pero ambos escaños están en Georgia, y es difícil pensar que los republicanos vayan a perder ambos escaños en este estado tradicionalmente conservador, a pesar del ajustado resultado en las presidenciales. Salvo que los demócratas ganen estos dos escaños de Georgia y, así consigan empatar con los republicanos, en cuyo caso el voto de la Vicepresidenta Harris, que preside la cámara, sería dirimente, lo más probable es que los republicanos conserven la mayoría en el poderoso Senado de los Estados Unidos.

Solo con una agenda centrista se podrá conseguir el apoyo de las dos cámaras

En la mayoría de los países de Europa, el Gobierno necesita tener mayoría en la cámara para continuar gobernando y, por tanto, necesariamente, el poder ejecutivo y el legislativo tienen el mismo signo. Por el contrario, en Estados Unidos es frecuente que legislativo y ejecutivo estén en manos de distintos partidos e, incluso, que, como en esta ocasión, ambas cámaras tengan mayorías diferentes. El presidente puede vetar decisiones del legislativo con las que no está de acuerdo, pero, simultáneamente, precisa del apoyo de ambas cámaras para que se apruebe la legislación que quiere impulsar. A la hora de tomar posiciones sobre las propuestas presidenciales tanto republicanos como demócratas tendrán en cuenta lo que ha sucedido en las recién celebradas elecciones, en las que los apoyos tradicionales a cada partido, se han visto parcialmente modificados. Así, el voto hispano (especialmente en Florida y en los condados cercanos a la frontera con México) se ha vuelto más republicano y, simultáneamente, se ha mantenido, en incluso ha aumentado, el apoyo hacia el Partido Republicano de una parte del electorado de las zonas industriales. El Partido Demócrata, por su parte, ha barrido en el centro de las grandes ciudades y, lo que es más preocupante para los republicanos, ha penetrado de forma muy importante en las zonas suburbiales alrededor de estas grandes ciudades.

Es en contexto en el que Biden intentará llevar adelante la agenda con la que ha ganado las elecciones. Pero está agenda deberá ser muy centrista si quiere conseguir el apoyo, por un lado, de una cámara representantes que, aunque de mayoría demócrata, es, tras las elecciones, un poco más republicana, y, por otro, de un Senado de probable mayoría republicana que, en su momento, fue un gran obstáculo para que Obama pudiera desarrollar su agenda programática.

Desde el punto de vista de la política económica se producirán tres cambios, aunque de una intensidad seguramente inferior a la que desea la base demócrata. El primero se refiere a la política energética. Trump abandono el acuerdo de París y relegó la lucha contra el cambio climático a una cuestión de segundo orden en la política de los Estados Unidos. Biden ha prometido volver de forma inmediata al consenso internacional de lucha contra el cambio climático. Pero el ritmo y la intensidad de este cambio de política se verá seguramente condicionado por la necesidad de pactarlo con los representantes de los Estados en los que la industria de hidrocarburos tiene gran importancia, así como por la necesidad de acompasar las inversiones para cambiar el modelo energético a las exigencias de la recuperación y de garantizar la competitividad de la industria de los Estados Unidos.

El segundo gran cambio será en materia de política fiscal. Desde hace más de 50 años la sociedad norteamericana es crecientemente desigual y esto está generando una gran insatisfacción en grandes capas de la población americana. Paradójicamente, antes de la pandemia la desigualdad se estaba reduciendo fundamentalmente debido a la históricamente baja tasa de desempleo y a que los salarios empezaban a crecer. Sin embargo, visto en perspectiva, el crecimiento de la desigualdad es palpable. Trump era un gran defensor de la reducción de la imposición directa, incluso aunque ello supusiera fuerte deterioro del saldo de las cuentas públicas. Por el contrario, Biden ha prometido una reforma fiscal destinada a paliar el problema de la desigualdad a través del incremento de la imposición. Nuevamente cualquier movimiento en esta dirección tiene que contar con el beneplácito de las cámaras. Además, Biden necesita, simultáneamente, desbloquear el paquete de estímulo fiscal atascado desde hace muchos meses ante la falta de acuerdo entre republicanos y demócratas como consecuencia del proceso electoral. Es muy posible que el precio que le pidan los republicanos para aprobar el paquete de estímulo sea que no se produzca la prometida subida de impuestos o que ésta sea muy limitada.

El relevo en la presidencia de EEUU traerá algunos cambios importantes de orientación pero no radicales

Otra área en la que se va a producir cambios importantes en materia de política económica es en la política de comercio exterior. En lo esencial, la política hacia China no va a cambiar. Se podrá tener más mano izquierda, pero la sensación de que la gran potencia asiática no juega con las mismas reglas que el resto de los países es generalizada en toda la población de los Estados Unidos y la administración Biden seguirá exigiendo a China reglas más claras en materia de protección intelectual, contratación pública y acceso a mercados. Lo que sí cambiará es la relación de Estados Unidos con otros países y, especialmente, con aquellos que pueden ser sus mejores aliados para evitar que China juegue con ventaja en el comercio internacional. En ese sentido, los choques que se produjeron entre Europa y la administración anterior podrían dar lugar a un mayor entendimiento ambos lados del Atlántico lo que es fundamental para garantizar el correcto funcionamiento del sistema multilateral que gobierna la globalización y que, con sus defectos, es el mejor modelo al que podemos aspirar. Es por ello que, con independencia del color político, en casi todas las capitales europeas se ha visto con esperanza la posibilidad de reconstruir el eje Atlántico.

Por tanto, el relevo en la presidencia de los Estados Unidos traerá algunos cambios de orientación importantes, pero no radicales. El carácter centrista y moderado del presidente junto con la composición de las cámaras debería permitir que estos cambios se hagan de forma institucional y con el mayor consenso posible. Ello recibirá críticas a un lado y a otro del espectro político, pero esto es inevitable si se quiere gobernar desde la moderación y el sentido común.

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En Contra

Posiblemente Nada, Biden no han ganado las elecciones.

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