Ken Fisher

Presidente de Fisher Investments Europe

El ánimo inversor no ha dejado de oscilar desde el susto de 2020. Los inversores, cada vez más convencidos de la fortaleza del mercado alcista, se contagian la ilusión. ¿Ha llegado el momento de vender? Aún no. La mejoría de la confianza —incluso con la euforia contenida— es habitual al final de los mercados alcistas, cuando genera rentabilidades estratosféricas. Hay que disfrutarla sin perder de vista las señales de debacle.

¡Por fin acabó 2020! La economía mundial se prepara para la recuperación con una inyección de confianza y un contexto político más propicio. Todo, pues, dispuesto para que siga la alegría en la renta variable española e internacional más allá de las celebraciones del Año Nuevo.

El estancamiento político está servido. Salvo sorpresa mayúscula, cuando el 20 de enero Joe Biden se convierta en el presidente de Estados Unidos, las dos cámaras del Congreso se regirán por mayorías muy estrechas. Una circunstancia indeseada por el partido demócrata, por las previsibles trabas a sus planes, y por el republicano, que, todavía conmocionado por la derrota de Trump, podría perder el Senado. Estos ajustadísimos resultados dificultarán la aprobación de normas de gran calado hasta 2022, algo poco habitual en la primera mitad de las legislaturas pero positivo para la renta variable. Considérelo un regalo de Navidad adelantado para los inversores estadounidenses y españoles.

Depende de a quién pregunte, las acciones de valor podrían arrasar o desmoronarse –aunque no parece probable que vuelvan a liderar los mercados–. Los partidarios de este estilo de inversión sostienen que el dominio de más de una década de las acciones de crecimiento no puede prolongarse más, sobre todo por la propensión de los títulos de valor a dispararse al inicio de los mercados alcistas. Sus detractores objetan que la superioridad de las grandes tecnológicas, junto con el auge del capital-riesgo y la gestión indexada, acabarán de darles la puntilla. Ambos se equivocan: a las acciones de valor les queda recorrido, si bien, debido a las características del mercado bajista de 2020, su margen de recuperación a corto plazo es escaso en España y en todo el mundo.

El dólar se devalúa y el euro se aprecia. Este es el punto de partida para especular sobre una caída de las exportaciones españolas y europeas que frustre la recuperación económica y hunda las acciones. En realidad, la subida actual del euro es insignificante, además de que si siguiera escalando, por su condición de moneda fuerte no lastraría las exportaciones ni el crecimiento.

¡Cuidado con las elecciones de los Estados Unidos!, claman los comentaristas por doquier ante el duelo entre el presidente Donald Trump y el exvicepresidente Joe Biden de noviembre. Algunos temen que un segundo mandato del magnate desate una guerra comercial entre la UE y EEUU y ponga en peligro las retiradas de las tropas estadounidenses. A otros les preocupa que la victoria de Biden mejore algo las relaciones transatlánticas, si bien impulse una regulación que machaque el mercado. Lo que obvian todos es que la renta variable estadounidense despunta en los años de elecciones presidenciales, revalorizándose históricamente un 83% de las veces a una tasa media del 11% (en USD), sobre todo al final del periodo: una buena noticia para la bolsa española, en la medida en que la correspondencia entre ambos mercados es muy estrecha.

“¿Quiere un gran imperio? Impere sobre sí mismo". Esto dijo el escritor latino Publilio Siro hace dos milenios: un consejo que, pese a su antigüedad, hoy conserva toda su vigencia. Para muchos, el repunte de la renta variable española e internacional desde sus mínimos de marzo es una ocasión propicia para vender. Temen que los rebrotes del coronavirus en Cataluña, Aragón y en todo el mundo, el desempleo galopante en la eurozona, los titubeos de los políticos y demás riesgos provoquen más desplomes. No obstante, la obsesión mediática con el miedo oculta el mayor riesgo al que se enfrenta: usted.

El financiero estadounidense del siglo XIX J. P. Morgan dijo que "un hombre generalmente tiene dos buenas razones para hacer algo: la que suena bien y la real". Los argumentos esgrimidos por los expertos para negar el fuerte repunte de los mercados mundiales no parecen descabellados. La realidad, con todo, es que admitir su tendencia al alza significaría entonar el mea culpa, lo que se traduce en una defensa a ultranza de los datos que respaldan su prematuro pesimismo. En psicología esto se considera un tipo de "sesgo de confirmación" que activa el "pesimismo de la desconfianza", el cual, como expliqué el mes pasado, se identifica con el comienzo de los mercados alcistas. Los que se dejan llevar por este sentimiento adolecen de un costoso relato basado en un mero error de comportamiento.

Más allá de que se prolongue o no el repunte de las bolsas iniciado en marzo, el próximo mercado alcista está hoy en ciernes. Los expertos le dirán que esto es un disparate. Inquietos ante unos desastrosos indicadores económicos, consideran que dicha recuperación está “desconectada de la realidad”. Con todo, su incapacidad para adelantarse a las buenas noticias es, valga la redundancia, la mejor noticia posible. Son presa de lo que llamo pesimismo de la desconfianza, una actitud cíclica que alienta los nuevos mercados alcistas.