Juan Velarde Fuertes

Presidente de honor la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas
Tribuna Velarde

Se pone en marcha un nuevo Gobierno, y ante él -nos jugamos mucho en caso de equivocarnos-, es preciso formularle preguntas muy serias desde el punto de vista precisamente de la economía. Conviene recordar el desastre que se originó al poner en marcha en 1868 un programa económico que, en parte fundamental, estaba basado en un caos forzoso debido a la bandera que exhibía conjuntamente, con un razonable librecambio, otro de puesta en marcha del llamado cantonalismo. Como éste, sencillamente, bloqueaba la economía, los sucesivos planteamientos partían de incapacidades para reaccionar, como consecuencia de una fractura gigantesca en el mercado interior. O si nos asomamos al siglo XX en términos económicos, el conjunto de medidas que se derivaba de los planteamientos de Azaña y que yo he expuesto en una publicación conjunta con Fernando Morán, evidenciaron que en plena crisis de 1930 se tenía forzosamente que acentuar ésta.

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Como consecuencia de la difusión de pensamientos que se calificaban como pacifistas, se generalizó la idea de que la financiación de la Defensa debería minimizarse. Era una carga para la economía, y su papel negativo explicaba que, en el presupuesto, debería retirarse todo lo posible su financiación. Pero de esto se derivaban dos consecuencias erróneas. La primera, ignorar que en relación con los gastos en defensa se percibían ciertos impulsos a la economía relacionados con la Revolución Industrial que estaba en acción. Debido a la presión estatal que se vinculaba con necesidades militares, comenzaron a aparecer ventajas para el desarrollo económico dentro del proceso de la industrialización, lo que llega hasta ahora mismo. Basta en este sentido recordar los datos que aparecen en el análisis de la obra de la profesora Mazucatto, titulada El estado emprendedor (2014). Y respecto a España, señalemos cómo existen datos muy claros de la relación entre orientaciones para la defensa y avances en el sector industrial. Por ejemplo, el avance en el terreno de la siderurgia, con la aparición del coke en los hornos altos, no llega a nosotros -a pesar de un intento fracasado de Jovellanos-, hasta que el general Elorza lo puso en marcha en la Fábrica de Trubia. O también, el impulso a la generación de los fertilizantes, ¿no se inicia hasta que, en parte por las medidas relacionadas con las exigencias de la Guerra de Cuba, se decidió poner en marcha una entidad que acabó por consolidarse con la Unión Española de Explosivos, vinculada en principio a Asturias, y orientada rápidamente no solo al desarrollo de la fabricación de fertilizantes -que así pasaron a ser uno de los elementos esenciales para explicar el desarrollo de la producción rural en España-, sino también a impulsar la minería. Y esa relación con Asturias se debía al impulso que entonces tuvo en España la del carbón.

Un gran geólogo español, Lucas Mallada, fue autor de una famosa obra regeneracionista, que tituló Los males de la Patria y la Revolución española. Ahora mismo, con motivo del inicio del 2020 y nuevos planteamientos políticos -en lo económico, por ejemplo-, ha aparecido un artículo muy interesante de Elvira Rodríguez, Qué nos espera en 2020: retos económicos; y no digamos lo mucho que se ha escrito sobre lo que nos espera en lo político, como puede ser el artículo publicado por Francisco Vázquez, titulado La España traicionada.

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Cuando comencé a leer el reciente libro de Mariano Rajoy, Una España mejor (Plaza Janes, 2019), me encontré rápidamente interesado, porque me dio la impresión, inmediatamente, de que me había topado con un libro muy importante sobre cuestiones económicas, que se ofrecían dentro de otras de nuestra historia política contemporánea, con planteamientos complementarios muy valiosos, referidos sobre todo a la economía española y, también a la europea, así como referencias a realidades que ahora mismo se discuten.

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Es necesaria una transformación estructural en España para convertirse en una potencia exportadora. ¿Es fácil efectuar esa transformación? El obstáculo fundamental radica en que, en España, se ha producido, a partir de 1959, una impresionante aproximación a la denominada 'sociedad opulenta'. No quiere decir esto que se haya originado una marcha hacia una sociedad con un alto nivel de renta, sino hacia una sociedad con una peligrosa proclividad hacia el desastre, por la dinámica económica que posee. Algo se relacionan estos peligros, y por ello es necesario tener en cuenta, lo que aparece en el ensayo de Keynes, La economía de nuestros nietos, y en La rebelión de las masas de Ortega.

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Una de las raíces evidentes del separatismo catalán surgió como consecuencia de la búsqueda de un fuerte proteccionismo para sus actividades industriales.

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En el Palacio de las Cortes, el 27 de diciembre de 1978, tras el discurso pronunciado por S.M. Juan Carlos I, quedó aprobada la Constitución vigente. Cuando comento, mucho después, aquel suceso, observo que separatistas y progresistas exhiben programas para alterarla a fondo. ¿Por qué alterar la Constitución de 1978, si fue uno de los elementos básicos para en el futuro el poder desarrollar buenos planteamientos económicos? A mi juicio porque, como mínimo, hizo posible que se comenzasen a alcanzar tres objetivos fundamentales para el desarrollo económico, que a los mundos separatista y progresista parece irritarles.

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De pronto, se ha convertido en un planteamiento que pasa a tener un gran atractivo -por lo que tiene de consecuencias electorales-, como sucede con las pensiones o antaño con las condiciones para el servicio militar.

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En la economía española existen fechas que deben recordarse, porque explican sobre la marcha futura de la economía, y también, qué equivocaciones tuvieron lugar en ciertos momentos. En ocasiones, esta lección demuestra con mucha fuerza que, si se repiten, de alguna manera, paralelos, forzosamente llegarán consecuencias parecidas.