José María Triper

Periodista económico

El mismo día que los datos del desempleo nos enfrentaban con el peor mes de junio de la serie histórica, el presidente del Gobierno ratificaba su amenaza de una subida de impuestos, disfrazada de justicia fiscal, que afectaría en principio a los tramos altos del IRPF y al impuesto de Sociedades, sin descartar alzas en el IVA, añadidas a las previamente anunciadas tasas Google o ambientales.

Al margen de los intereses de España y de la voluntad mayoritaria de los españoles -ocho de cada diez demandan un gran acuerdo entre PSOE y PP para la recuperación- las palabras y los hechos de los dos grandes partidos y sus líderes se empeñan en demostrarnos, día a día, que a pesar de tímidos intentos de acercamiento, el acuerdo es hoy por hoy imposible e impensable.

Dicen que una imagen vale más que mil palabras y, aunque no siempre sea verdad, este axioma se cumplía el miércoles en el Congreso con esa caricatura de Pedro Sánchez defendiendo verbalmente a la figura y la trayectoria de Felipe González ante las soflamas de Rufián, aunque los gestos y el tono de desidia del presidente reflejaban que esa defensa de su antecesor y figura señera de la Transición era forzada y más falsa que un billete de mil euros. Tan falsa como sus requerimientos de acuerdos con el PP porque si Sánchez de verdad quisiera un pacto, oportunidades ha tenido y sobradas para hacerlo durante el estado de alarma y ahora en su finalización cuando el líder popular le ha tendido la mano para hacer cinco grandes acuerdos destinados a crear una oficina de atención a las víctimas del Covid, un pacto por la Sanidad, la creación en el Senado de una comisión sobre las competencias sociales con participación de las autonomías, un plan de choque económico con bajadas de impuestos y un plan jurídico para aplicar la legislación ordinaria si hay rebrote sin recurrir al estado de alarma.

"Estos son mis principios, si no le gustan tengo otros”. Esta frase atribuida a Groucho Marx parece ser hoy el lema y la razón de ser de la actual élite política española que está demostrando ser, con diferencia, la peor clase política de la democracia, como muestran con inusitada tozudez los barómetros del CIS, y que nos ha tocado padecer cuando nos enfrentamos a la mayor crisis sanitaria y económica de nuestra reciente historia.

En vísperas de abandonar el estado de alarma y recuperar la movilidad en todo el Estado, entre determinados dirigentes autonómicos y locales y entre algunos ignorantes y fanáticos de esos territorios se ha despertado un nuevo virus en forma de madrileñofobia, que en este caso afecta directamente al entendimiento y la razón de quién lo transmite y se contagia. Una especia de racismo o xenofobia emanado intencionadamente por resentidos y arribistas y propagado por necios y serviles.

Mientras la coalición Frankestein de populistas e independentistas avanza, con la aparente colaboración de Pedro Sánchez, “en su intentona de golpe de Estado blando” contra la Constitución y el régimen de libertades del 78, nosotros seguimos divididos y en la inopia”.

Si algo han tenido de novedosas las dos últimas comparecencias de Pedro Sánchez es que, por primera vez desde que está al frente del Ejecutivo, admitió que va a tener que hacer recortes, y que ha querido dejar claro, con rotundidad y con firmeza, su convencimiento de que va a terminar la legislatura. Y ambas cosas están relacionadas y tienen un mismo origen, el rescate de la Unión Europa. Rescate que no sólo es a España y a nuestra economía, sino que fundamentalmente es un rescate encubierto a Sánchez, a su persona y a su gobierno, en su forma actual de coalición o con otra, pero siempre con Sánchez y a mayor gloria de Sánchez.

Donald Trump “desgasta los espacios democráticos con cada decisión, además de culpar a todos de sus incontables errores”. Estas palabras de Felipe Sahagún dirigidas al presidente norteamericano podrían ser perfectamente recuperables para definir y describir a Pedro Sánchez y al gobierno de su persona, que ahora desde su ala podemita recupera el cuento del golpe de estado, con un doble objetivo, desviar la atención del personal para disipar sus gravísimas deficiencias y mentiras en la gestión de la pandemia, por un lado, y para tensionar, por otro, en el Parlamento y en la calle buscando recuperar las dos Españas de Machado y el enfrentamiento.

Cuando han pasado ya dos años de la moción de censura que llevó a Pedro Sánchez a la presidencia del Gobierno, es tiempo ya suficiente para hacer un balance de los logros y fracasos de su gestión, especialmente en el terreno de la economía donde los números, que como el algodón no engañan, muestran que no sólo hemos vuelto a la casilla de salida de la crisis de 2008 sino que hemos superado ampliamente los peores datos de aquella recesión.

Pedro Sánchez aprovechó su bolivariano Aló Presidente de los fines de semana para edulcorar su nueva prórroga del Estado de Alarma con la venta como logro propio de los 140.000 millones de euros que espera recibir España de ese Fondo Europeo de Reconstrucción, fruto de las relaciones entre Merkel y Macron, y que como se esperaba no será gratis total, ya que más de 60.000 millones serán préstamos a devolver y, por tanto, un nuevo lastre sobre la ya abultada deuda.