José María Triper

Periodista económico

Mientras EEUU activa el mayor rescate de empresas y ciudadanos desde el crack de 1929 -dos billones de dólares que sumados a las medidas de liquidez de la Reserva Federal se elevan hasta seis billones de dólares -, aquí en Europa, seguimos comprobando como la supuesta unión es incapaz de mostrar la unidad de acción y la solidaridad que, se sobreentiende, es la razón de su existencial. Tras las cumbres, de ministros de Economía y de jefes de Estado y de Gobierno, seguimos sin una hoja de ruta creíble para afrontar la situación económica derivada del coronavirus. Ningún Plan Marshall a la vista, ninguna mutualización y, por supuesto, nada de eurobonos que todos los analistas apuntan sería la fórmula más efectiva para frenar la recesión.

Lo que le pasa al país es que la solución está en manos del problema”. La fotografía en la que aparece esta frase, escrita en una pancarta colgada en una alambrada, está siendo ampliamente difundida entre los miles y miles de memes que en estos días de confinamiento inundan las redes sociales del país. Y en ella se puede resumir el sentir de una gran mayoría de los ciudadanos al enjuiciar la gestión que desde el Gobierno del Estado se esta haciendo de esta, la mayor crisis sanitaria de la historia reciente.

OPINIÓN

Decía la escritora y ensayista catalana Nuria Amat, en una reciente entrevista que "el separatismo, Podemos y un sector del PSOE son populistas. Recurren a hechos alternativos, engaños y lugares comunes para lograr el poder". Y esta proposición se evidencia especialmente en situaciones de extrema gravedad como la que estamos viviendo, en la que más que el Estado de Alarma lo que empieza preocupar seriamente al ciudadano es la alarma del Estado ante la actitud de quienes desde el Gobierno tendrían la obligación de estar trabajando solidariamente en beneficio del conjunto de los españoles, pero que lejos de ello se dedican a aprovechar la crisis en beneficio de sus intereses partidistas y sus egos personales.

Dice sabiamente el refranero que la cara es el espejo del alma. Y la cara Pedro Sánchez tras el interminable Consejo de Ministros extraordinario del pasado sábado era un espejo de abatimiento y de impotencia, no sólo ante la grave situación sanitaria que nos afecta, sino también por la realidad de un Gobierno desbordado, desorientado, sin referencia de liderazgo y, lo que es más grave, enfrentado y dividido.

Recordaba al primer ministro italiano Giuseppe Conte reconociendo que Italia había actuado tarde contra el coronavirus y pidiendo al resto de gobiernos que no siguieran su ejemplo y actuaran con contundencia frente a la epidemia. Y lo hacía mientras escuchaba la rueda de prensa de nuestro presidente del Gobierno tras el consejo de ministros extraordinario del jueves, cuando no se si por causalidad del subconsciente, me vino a la cabeza esa Parole parole, canción que cantaban a dúo Dalida y Alain Delon allá por 1972. Otra vez palabras, siempre palabras, las mismas palabras, decía la letra de Gianni Ferrio, y que hoy resume con clarividencia la intervención y la trayectoria de Pedro Sánchez. Una sarta de palabras infectadas por otro virus tan nocivo como el COVID-19: la falta de credibilidad.

Mientras el Gobierno de Ángela Merkel en Alemania anuncia que invertirá 12.400 millones de euros en los próximos tres años para ayudar a empresas y trabajadores afectados por las consecuencias del coronavirus, aquí el Ejecutivo socialpopulista de Iglesias y Sánchez sigue sin reaccionar ante la epidemia económica generada por el Covid-19 como se le denomina oficialmente, en contraposición con la aparentemente acertada gestión de la alerta sanitaria. Y ello a pesar de que los organismos internacionales, las agencias de rating y los analistas financieros no dudan ya en avanzar que la generalización de la epidemia nos aboca a una recesión económica más dura aún que la que se venía anunciando antes del conocimiento de la enfermedad.

Cumpliendo la tradición de prácticamente todos los gobiernos que se han sucedido desde el inicio de la Transición, el Gabinete socialpopulista de Pedro Sánchez ya tiene su ley de Educación, y van siete. Todas ellas partidistas y sectarias, en una materia que debería ser de pacto de Estado obligatorio, pero que ni los gobiernos del PSOE y del PP quisieron abordar. Quizás por eso este proyecto de la ministra Celaá sigue siendo solo una ley de parte y cuya vida se anticipa similar a la de sus antecesoras, es decir, la misma que le quede al Gobierno que la alumbra.

Al margen de la credibilidad que nos merezcan las encuestas oníricas del CIS, lo cierto es que todos, absolutamente todos los sondeos de intención electoral que se vienen sucediendo desde el 9-N muestran con una inmutabilidad tozuda que el Partido Popular de Pablo Casado no sólo es incapaz de recoger los votos que pierde el PSOE, sino que se deteriora en idéntica o en mayor proporción que el partido en el Gobierno.

Que la relación entre Felipe González y Pedro Sánchez nunca ha sido buena no es descubrir nada nuevo, pero que el expresidente del Gobierno diga públicamente que no se siente representado por Sánchez ni por este PSOE y califique de inadmisible la autodeterminación y la amnistía anunciando que hará campaña en contra, como ha hecho esta semana en dos foros distintos, antes y después de la Mesa de Diálogo en La Moncloa, supone un salto cualitativo en las discrepancias y un llamamiento a la reacción de muchos socialistas, anestesiados hoy o cómplices por omisión de unas políticas y unas decisiones de gobierno que nos llevan irremediablemente a la división, la desigualdad y el empobrecimiento.

Decía Confucio que "antes de embarcarte en un viaje de venganza cava dos tumbas". Y Pablo Casado en su culebrón de venganza en el PP vasco ya ha llenado una con el cadáver político de Alfonso Alonso. La segunda está aun vacía, aunque muchos desde dentro del Grupo Parlamentario y en la sede nacional de Génova no descartan que el inquilino de la fosa sea el propio secretario general, si no el partido entero, en una operación boomerang que se puede volver contra el propio lanzador.