José María Triper

Periodista económico

Nervios. Hay nervios en la sede socialista de Ferraz y en La Moncloa donde algunos están pensando ya en el día después, también en clave electoral. En medios del PSOE próximos al Ejecutivo comentan ya que Sánchez da por perdida la legislatura. Las previsiones del equipo económico estiman ya una caída del PIB de entre el 3 y el 5 por ciento en 2020 y, por ello, la hoja de ruta pasa ahora por acordar un plan de reconstrucción -la reedición de los Pactos de la Moncloa- y, ver la posibilidad de convocar elecciones a finales de 2021.

Con un Pedro Sánchez abducido por Iglesias, la imagen que se transmite desde el Ejecutivo es que el vicepresidente segundo avanza cada vez más hacia su ambición estatalizadora, mientras su escudera en Trabajo, Yolanda Díaz, que nunca ha pisado una empresa, impulsa una campaña de confrontación entre el sector público y el privado, en unos momentos en los que, como en todas las crisis, la solución pasa por la colaboración público-privada.

Aunque parezca una obviedad conviene recordar, porque algunos no parecen enterarse o entenderlo, que, aunque el país esté en Estado de Alarma, en situaciones de emergencia como está son el Parlamento, los medios de comunicación y la sociedad civil los mecanismos de defensa que tiene la democracia para evitar las tentaciones autoritarias y de abuso de poder. Y dentro de estos mecanismos la crítica es un derecho esencial que refuerza esa unidad de acción que piden los poderes públicos para afrontar las crisis y como garantía de legitimidad de las decisiones que se adoptan desde ellos.

Mientras EEUU activa el mayor rescate de empresas y ciudadanos desde el crack de 1929 -dos billones de dólares que sumados a las medidas de liquidez de la Reserva Federal se elevan hasta seis billones de dólares -, aquí en Europa, seguimos comprobando como la supuesta unión es incapaz de mostrar la unidad de acción y la solidaridad que, se sobreentiende, es la razón de su existencial. Tras las cumbres, de ministros de Economía y de jefes de Estado y de Gobierno, seguimos sin una hoja de ruta creíble para afrontar la situación económica derivada del coronavirus. Ningún Plan Marshall a la vista, ninguna mutualización y, por supuesto, nada de eurobonos que todos los analistas apuntan sería la fórmula más efectiva para frenar la recesión.

Lo que le pasa al país es que la solución está en manos del problema”. La fotografía en la que aparece esta frase, escrita en una pancarta colgada en una alambrada, está siendo ampliamente difundida entre los miles y miles de memes que en estos días de confinamiento inundan las redes sociales del país. Y en ella se puede resumir el sentir de una gran mayoría de los ciudadanos al enjuiciar la gestión que desde el Gobierno del Estado se esta haciendo de esta, la mayor crisis sanitaria de la historia reciente.

OPINIÓN

Decía la escritora y ensayista catalana Nuria Amat, en una reciente entrevista que "el separatismo, Podemos y un sector del PSOE son populistas. Recurren a hechos alternativos, engaños y lugares comunes para lograr el poder". Y esta proposición se evidencia especialmente en situaciones de extrema gravedad como la que estamos viviendo, en la que más que el Estado de Alarma lo que empieza preocupar seriamente al ciudadano es la alarma del Estado ante la actitud de quienes desde el Gobierno tendrían la obligación de estar trabajando solidariamente en beneficio del conjunto de los españoles, pero que lejos de ello se dedican a aprovechar la crisis en beneficio de sus intereses partidistas y sus egos personales.

Dice sabiamente el refranero que la cara es el espejo del alma. Y la cara Pedro Sánchez tras el interminable Consejo de Ministros extraordinario del pasado sábado era un espejo de abatimiento y de impotencia, no sólo ante la grave situación sanitaria que nos afecta, sino también por la realidad de un Gobierno desbordado, desorientado, sin referencia de liderazgo y, lo que es más grave, enfrentado y dividido.

Recordaba al primer ministro italiano Giuseppe Conte reconociendo que Italia había actuado tarde contra el coronavirus y pidiendo al resto de gobiernos que no siguieran su ejemplo y actuaran con contundencia frente a la epidemia. Y lo hacía mientras escuchaba la rueda de prensa de nuestro presidente del Gobierno tras el consejo de ministros extraordinario del jueves, cuando no se si por causalidad del subconsciente, me vino a la cabeza esa Parole parole, canción que cantaban a dúo Dalida y Alain Delon allá por 1972. Otra vez palabras, siempre palabras, las mismas palabras, decía la letra de Gianni Ferrio, y que hoy resume con clarividencia la intervención y la trayectoria de Pedro Sánchez. Una sarta de palabras infectadas por otro virus tan nocivo como el COVID-19: la falta de credibilidad.

Mientras el Gobierno de Ángela Merkel en Alemania anuncia que invertirá 12.400 millones de euros en los próximos tres años para ayudar a empresas y trabajadores afectados por las consecuencias del coronavirus, aquí el Ejecutivo socialpopulista de Iglesias y Sánchez sigue sin reaccionar ante la epidemia económica generada por el Covid-19 como se le denomina oficialmente, en contraposición con la aparentemente acertada gestión de la alerta sanitaria. Y ello a pesar de que los organismos internacionales, las agencias de rating y los analistas financieros no dudan ya en avanzar que la generalización de la epidemia nos aboca a una recesión económica más dura aún que la que se venía anunciando antes del conocimiento de la enfermedad.