Economista del Instituto Bruegel (Bruselas)

Europa se encuentra en medio de una tormenta energética perfecta. En los últimos meses, tres sacudidas superpuestas han empujado a la UE a la peor crisis energética que jamás haya vivido.

La UE dio a conocer el 1 de diciembre su plan de apoyo al desarrollo de infraestructuras en todo el mundo: el Global Gateway. El plan pretende movilizar 300.000 millones de euros entre 2021 y 2027 en proyectos de conectividad en todo el mundo, y especialmente en los ámbitos digital, climático y energético, de transporte, sanitario, educativo y de investigación.

A menos de dos meses del inicio de la conferencia sobre el clima COP26 en Glasgow, China es cada vez más el centro de atención de la política climática mundial. El país ha incumplido el plazo del 31 de julio fijado por Naciones Unidas para presentar nuevos compromisos de reducción de emisiones -conocidos como Contribuciones Determinadas a Nivel Nacional (NDC, por sus siglas en inglés)- antes de la COP26, despertando dudas sobre su contribución en el marco del Acuerdo de París. Aunque otros países, como India, Arabia Saudí y Sudáfrica, también han incumplido, el retraso de China es especialmente preocupante. Como mayor emisor mundial de gases de efecto invernadero, el país es clave para el éxito de la COP26 y el esfuerzo global por la neutralidad climática.

Desde enero de 2021, los precios del gas natural se han disparado más de un 170% en Europa, lo que ha despertado la preocupación por las posibles consecuencias macroeconómicas. Tanto los factores de la demanda como los de la oferta han contribuido a tensar el mercado europeo del gas.

Tres meses antes de la gran conferencia sobre el clima que se celebrará en Glasgow, el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) publicó su informe más completo y actualizado sobre el calentamiento global.

Este mes, el presidente Joe Biden se reunió con Charles Michel y Ursula von der Leyen en Bruselas para celebrar una importante cumbre Unión Europea-Estados Unidos que pretende relanzar la cooperación bilateral tras cuatro años en los que se ha marchitado. La eliminación de los aranceles vinculados al conflicto de Airbus y Boeing acaparó todos los titulares pero el cambio climático ha figurado en lo más alto de la agenda, lo que hace albergar esperanzas sobre el posible papel de los socios transatlánticos en el fomento de la descarbonización global.

Como investigador sobre política climática, me preguntan a menudo: ¿cuál es el mayor obstáculo para la descarbonización? Mi respuesta ha cambiado profundamente en los últimos dos años. Antes, solía apuntar a una compleja combinación de falta de tecnologías verdes competitivas en costes y ausencia de voluntad política. Hoy, apunto a algo más. Algo menos tangible, pero posiblemente más desafiante: la ausencia de un contrato social en este ámbito.

El "European Green Deal" pretende convertir a Europa en el primer continente climáticamente neutro en 2050. No va a ser un camino fácil.

Después de cuatro años de ausencia y boicot, en 2021 EEUU volverá a la escena de la acción climática mundial. El proceso ya está en marcha. El cambio climático representa -junto con la pandemia, la crisis económica y la injusticia racial- uno de los cuatro pilares del equipo de transición Biden-Harris, que sentará las bases de la Administración. Tras jurar su cargo, Joe Biden se dispone a volver a inscribir inmediatamente a EEUU en el Acuerdo de París y a promover su plan de cambio climático y justicia ambiental.

El Parlamento Europeo aprobó la semana pasada una propuesta de ley europea sobre el cambio climático, destinada a consagrar el objetivo de neutralidad climática para el 2050 en la legislación de la UE y a adoptar un nuevo objetivo de reducción de las emisiones de la UE de al menos el 55% para 2030. Después del Parlamento, será el turno de los líderes de la UE para dar su opinión sobre el asunto, con un acuerdo que se espera ahora en la reunión del Consejo Europeo de diciembre.