Francisco de la Torre Díaz

Economista e inspector de Hacienda del Estado (SE)

"Cuando un dedo señala la luna, el necio mira el dedo y no la luna”. Este viejo proverbio chino es perfectamente aplicable al estado de Alarma y a la epidemia del Coronavirus. Cuando usted lea estas líneas, se habrán cumplido cien días de estado de alarma, y en el peor de los casos, le quedarán unas horas en esa situación. Porque, finalmente, el estado de Alarma, con toda la polémica que ha suscitado concluye a las 23.59 horas del sábado 20 de junio. Sin embargo, el Coronavirus sigue ahí fuera, y eso significa muchas cosas, entre ellas, que algunas restricciones, la distancia social, y el uso obligatorio de mascarillas continúan. La noche no quedó del todo atrás.

Todo es relativo: frente a muertos que se cuentan por decenas de miles, los datos del paro y de caída del PIB se relativizan. Y por la misma regla de tres, la caída de la productividad y el aumento de los costes laborales unitarios parece un tema menor. Y por supuesto que es comparativamente menor, pero que, según los datos del INE, toda la caída del PIB en el primer trimestre se la hayan llevado los excedentes empresariales y las rentas mixtas, cayendo más de un 9% es preocupante y simplemente insostenible. Parte de la caída del PIB, que se ha intensificado en el segundo trimestre, se acabará trasladando a las rentas salariales, bien vía menores salarios, vía despidos, o bien vía cierre de empresas. Además, tenemos el efecto de todo esto en la recaudación de impuestos, que se resentirá aún más, pero de eso hablaremos otro día.

Convertir 100 dólares en 110, eso es trabajar. Convertir 100 millones de dólares en 110, es otra cosa, es algo inevitable”. Ésta es una cita del mundo de antes de ayer, de antes de la anterior crisis. Y sí, es una lógica que corresponde a otra época, como los impuestos sobre el patrimonio, o mejor dicho los tipos impositivos que se aplican en el impuesto del patrimonio. Si efectivamente convertir un gran patrimonio en otro aún mayor es inevitable es perfectamente lógico que intentemos que los ricos paguen impuestos por su patrimonio todos los años.

¿Qué está pasando en la Justicia alemana? Cuando aún recordábamos la “peculiar” interpretación de la euroorden del Tribunal alemán de Schleswig-Holstein en el caso Puigdemont, ahora, el Tribunal Constitucional Federal alemán, con sede en Karlsruhe enmienda la plana al Tribunal de Justicia de la Unión Europea y se pone a fiscalizar la política monetaria del Banco Central Europeo (BCE).

La energía ni se crea ni se destruye sólo se transforma. Este principio fundamental de la física tiene también un cierto correlato en la economía que trata sobre asignación y distribución de recursos escasos. Esto viene al caso en algunas opiniones sobre el famoso “fondo europeo de reconstrucción” que sigue discutiendo en las instituciones europeas. La epidemia del COVID-19 ha originado una destrucción brutal de la actividad económica y paliar sus efectos tiene un coste, que no es precisamente pequeño. Pero más allá, las condiciones económicas pueden haber cambiado para mucho tiempo. En todo esto, un fondo de reconstrucción puede ayudar, pero no va a solucionar todos los problemas. Para entender cómo puede hacerlo, es importante comprender cuál es la aritmética. Ya anticipo que los recursos no son gratis, nunca lo son.

Nunca hubo tanta liquidez en el área Euro como antes de la epidemia del COVID-19. Ése era el mundo de ayer porque ahora las demandas de créditos a la Banca, y también de aplazamientos de impuestos son constantes. No deberíamos permitir que el parón de la actividad económica se lleve por delante a empresas solventes, como ya ocurrió en la anterior crisis. En el caso de la moratoria de impuestos que ayer aprobó el Gobierno, hay, además un factor sanitario a tener en cuenta.

El déficit anunciado el martes, 33.000 millones, un 2,65% del PIB, con un incremento del desfase entre ingresos y gastos de más de 2.500 millones de euros, fue un mal dato. Pero como tantos otros datos del mundo de ayer, ya lo estamos echando de menos. El ejercicio presupuestario en el que ya estamos, el 2020, va a ser el más complicado, con mucha diferencia, de la historia democrática de España. Ahora bien, el punto de partida, este dato de déficit no ayuda. Y no es una cuestión cuantitativa, sino cualitativa y de la foto con la que España, como todos los demás Estados, va a tener que pedir prestado, en primer lugar para superar la pandemia.

Señalaba Oscar Wilde que no hay nada más real en este mundo que la muerte y los impuestos. Sin embargo, en tiempos de cólera, todos nos estamos dando cuenta que, obviamente, la muerte es bastante peor que los impuestos. Los muertos no pagan impuestos, y si no tenemos actividad económica no recaudaremos impuestos. Ahora bien, hay finalidades de los impuestos que hoy son más obvias que nunca. Por ejemplo, en ningún momento como en una epidemia se justifica más la existencia de una sanidad pública. Y a estos efectos, sanidad pública es la que está financiada con impuestos, con independencia de cuál sea el agente económico que la provea, pero que da servicio a los ciudadanos que lo necesiten. Y para cortar una pandemia no se puede excluir a nadie del servicio sanitario, como tampoco de las restricciones, por la sencilla razón de que todos podemos transmitir la enfermedad a los demás.

E l interés compuesto es la fuerza más poderosa del Universo”. Esta frase se atribuye a Albert Einstein y probablemente sea apócrifa. Sin embargo, el interés compuesto no deja de ser, matemáticamente, una potencia. Recordando las matemáticas de EGB, y las que ahora dan los niños en primaria (telemáticas), si la potencia y el exponente son superiores a 1, el crecimiento acaba siendo imparable. Efectivamente, estoy hablando del coronavirus y su tasa de infección, que no deja de ser un interés compuesto. Lo que resulta realmente preocupantes es que, según los datos españoles de los últimos días, este interés diario estaría por encima del 30%.

El origen de las primeras emisiones humanas de dióxido de carbono está… en la respiración. Pero esas emisiones son ridículas al lado de las producidas por los diversos procesos de combustión necesarios para producir energía. El origen último de las emisiones de dióxido de carbono es, en consecuencia, el fuego. El origen de la economía y la civilización está en el fuego. Por eso, los griegos atribuían a uno de sus grandes héroes mitológicos, el titán Prometeo la hazaña de robar el fuego a los dioses.