Santiago Fernández

Socio de McKinsey & Company en España

El crecimiento siempre ha ocupado un lugar estelar en la definición y despliegue de las estrategias empresariales. Clave para la supervivencia de las compañías y una de sus razones de ser, el crecimiento ha visto alterado considerablemente su rumbo durante la pandemia, que ha dejado a muchos sectores y empresas con una reducción significativa de sus ingresos, reformulando además las reglas del mercado a nivel global. Por ello no es de extrañar que crecer, transformar y reinventarse ocupan hoy un lugar destacado en las agendas de los directivos y constituyen el principal mantra en el camino de la recuperación. Y en este proceso de la reconstrucción, el desarrollo orgánico – entendido como creación de nuevos modelos de negocio, servicios o productos innovadores- gana importancia como una nueva palanca de crecimiento. Así lo constatan los resultados de una reciente encuesta que hemos llevado a cabo en McKinsey y que señala que más de la mitad de los directivos considera la diversificación y creación de nuevas fuentes de ingresos cada vez más prioritarias para afrontar el futuro en un mundo digitalizado y marcado por continuas disrupciones.

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