Ramón Oliver

@mondieta

Lo primero que hace Raquel Lombas (Mieres, 1972) cuando comienza su jornada laboral es comprobar en el sistema informático si hay alguna incidencia reseñable con los clientes de la consultora tecnológica en la que trabaja. ¿Las más habituales? Problemas en el funcionamiento de la interfaz y consultas sobre el sistema de la herramienta cloud en la que ella está especializada. Si las hay, su misión consiste en buscar una solución rápida a ese problema, resolverlo y comunicárselo al cliente.

¿Mozart o Beethoven? ¿Han Solo o Indiana Jones? ¿García Márquez o Vargas Llosa? ¿Scorsese o Coppola? ¿Buenafuente o Broncano? ¿Messi o Cristiano? La vida está repleta de pequeños dilemas en los que se nos plantea elegir una de entre dos opciones en apariencia igualmente buenas. Ese 'mojarse' obliga a sacar una hoja de papel, dibujar dos columnas de pros y contras y ponerse a cavilar. O no. A veces no es necesario escoger porque lo que se presenta no son alternativas excluyentes, sino complementarias. Es el caso de dos de las técnicas de desarrollo profesional más extendidas en el seno de las empresas: el coaching y el mentoring.

"Aceptamos pulpo como animal de compañía". Esta frase de un anuncio de un juego de mesa de 1992 se hizo tan popular en España que se ganó instantáneamente un lugar en los registros idiomáticos como forma coloquial de expresar transigencia o flexibilidad. Pero si Scattergories tuviera que repetir hoy su campaña, tal vez sus creativos publicitarios optarían por una fórmula más actual: "Aceptamos parque como lugar de teletrabajo".

Un empleo fijo. Para muchas generaciones de españoles, ese ha sido un objetivo profesional prioritario, por encima incluso de un trabajo que colmara sus inquietudes personales o satisficiera una vocación. Una aspiración alimentada con pico y pala, a lo largo de años de bienintencionado adoctrinamiento, por los consejos de sus padres, que a su vez los recibieron de los suyos en el mismo sentido. Aunque la obsesión por la aparente seguridad de un contrato indefinido 'como Dios manda' llevaba ya unos años en revisión, no ha sido hasta ahora, con la galopante crisis laboral que sacude al planeta y, de manera especialmente acusada, a España (la última Encuesta de Población Activa cifraba en 3,7 millones el número de desempleados), cuando parece que definitivamente salta por los aires.

Si crees que todas o parte de las funciones que realizas en tu trabajo podrían ser desarrolladas por una máquina en un futuro cercano, tienes un problema. Pero no, como seguramente creas, por la llegada de la tecnología en sí (más tarde o más temprano, eso va a ocurrir de todos modos). El problema lo tendrás si en el tiempo que tarda ese robot o esa Inteligencia Artificial en asumir tus tareas tú y tu empresa no os preocupáis de encontrar nuevas maneras en las que puedas seguir aportando valor a tu puesto. En esa metamorfosis laboral unas profesiones lo tienen más fácil que otras. Y algunas disponen de mayor margen para completar esa adaptación a un nuevo concepto de empleabilidad.

Durante 2020 una extensa mayoría de españoles han aprendido que 24 horas metidos en casa dan para mucho. Trabajo, cuidado de niños y familiares, labores de la casa, ocio (en sus múltiples manifestaciones) y descanso han copado la mayor parte de ese tiempo. Aunque muchas personas también han encontrado espacio durante esas largas jornadas de confinamiento para explorar una actividad que nunca antes había cobrado tanto vuelo: el autoaprendizaje.

En 2018 el World Economic Forum vaticinó que para 2022 la automatización habría acabado con 75 millones de empleos en todo el mundo. A cambio, también prometía 133 millones de nuevos puestos, la mayoría en funciones que ni siquiera existían cuando se lanzó el estudio. Solo falta un año para alcanzar la fecha en la que se podrá evaluar el grado de cumplimiento de esas predicciones y el efecto corrector que el coronavirus haya podido tener en ellas. Acierten o no los oráculos del empleo, lo que sí es seguro es que a cada vez más profesionales les ronda por la cabeza una frase que bien podría convertirse en el eslogan laboral del próximo decenio: "renovarse o morir".

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En una de sus locas peripecias, el personaje de ficción (pero basado en uno homónimo de carne y hueso), el barón de Münchhausen, queda atrapado en un enorme barrizal. Grita pidiendo auxilio, pero está en un paraje solitario y nadie acude a prestárselo. Harto de esperar a un rescate que no acaba de llegar, decide intentar valerse de sus propios medios para resolver su problema sin ayuda externa. Tirando de unas tiras que lleva adheridas a las botas consigue izarse a sí mismo y salir de la trampa. Acaba de nacer el término bootstraping, una metáfora que sirve para poner en valor la autosuficiencia empresarial y que hoy representa toda una corriente de emprendimiento.

¿Qué es lo más probable que hayan encontrado lleno a rebosar los profesionales españoles a su regreso del último puente? A) Su cuenta corriente. B) Su contador de días de vacaciones por consumir. C) Su bandeja de entrada de correo electrónico. Según la web Internet Life Stats, que cuantifica en tiempo real distintos aspectos de la actividad en Internet, hoy (hasta el momento preciso de cerrar este artículo) se han intercambiado 123.487.221.010 correos electrónicos en todo el mundo. El cartero digital se pasa una media de entre 110-120 veces diarias aproximadamente por el ordenador de cada profesional, que, de acuerdo a un estudio de la Universidad de Michigan, emplea unos 90 minutos de su jornada en leer, organizar y responder toda esa correspondencia.

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Un concierto de U2, lanzarse en paracaídas, bucear entre tiburones, el menú degustación de un Estrella Michelin, un viaje a Laponia para conocer a Papa Noel. Muchas personas estarán mucho más dispuestas a gastarse su dinero en este tipo de cosas que en comprarse un buen reloj o el último modelo de cámara fotográfica réflex. Por mucho que el salto en paracaídas solo dure unos seis minutos (si va bien, si va mal, menos) y el reloj pueda permanecer en su poder toda la vida. La respuesta a esta paradoja está en que la satisfacción que brinda la posesión de objetos materiales suele tener una fecha de caducidad limitada, mientras que las experiencias, aunque sean efímeras, quedan impresas en la memoria para siempre.