Ramón Oliver

@mondieta
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Un concierto de U2, lanzarse en paracaídas, bucear entre tiburones, el menú degustación de un Estrella Michelin, un viaje a Laponia para conocer a Papa Noel. Muchas personas estarán mucho más dispuestas a gastarse su dinero en este tipo de cosas que en comprarse un buen reloj o el último modelo de cámara fotográfica réflex. Por mucho que el salto en paracaídas solo dure unos seis minutos (si va bien, si va mal, menos) y el reloj pueda permanecer en su poder toda la vida. La respuesta a esta paradoja está en que la satisfacción que brinda la posesión de objetos materiales suele tener una fecha de caducidad limitada, mientras que las experiencias, aunque sean efímeras, quedan impresas en la memoria para siempre.

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"Los empleados y consumidores sólo participan en la economía cuando se sienten seguros". Es una de las conclusiones de un informe elaborado por la compañía Board of Innovación en el que se analiza uno de los fenómenos que ha impregnado el mundo laboral en estos tiempos de pandemia de coronavirus: la low touch economy o economía de bajo contacto. Distanciamiento social, medidas higiénicas y de desinfección, reducción drástica de viajes y eventos, limitaciones en el tiempo y en el número de participantes de las reuniones, teletrabajo, digitalización de procesos o reducción de interacciones físicas entre empleados y clientes son las principales coordenadas de esta nueva manera de abordar el trabajo.

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La teoría del Cisne Negro fue popularizada por el investigador libanés Nassim Taleb en un best seller homónimo del año 2007 (revisado en 2010). Hace referencia a un tipo de suceso inesperado, de alcance global y que, una vez que ya ha sucedido, retrospectivamente cobra cierta lógica, dando la impresión de que podría haberse previsto. Entre los eventos merecedores de recibir esta etiqueta, muchos sitúan a los atentados de las Torres Gemelas de 2001, la caída de Lehman Brothers en 2008 o la actual pandemia del covid-19 de 2020 (aunque el propio Taleb ya se ha desmarcado de esta última, aduciendo que no cumple los requisitos).

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Al actor australiano Andy Whitfield le diagnosticaron linfoma no-Hodfkin (un tipo de cáncer) en marzo de 2010. La noticia le sorprendió en plena preparación del rodaje de la segunda temporada de Spartacus, la serie histórica de televisión en la que él interpretaba al célebre gladiador tracio que lideró una revuelta de esclavos contra el todopoderoso imperio Romano. Con una estética y narrativa cercanas al cómic y sus espectaculares escenas de sexo y violencia, la producción había cosechado un gran éxito en su temporada inaugural, encumbrando a su desconocido protagonista a la condición de estrella mundial.

Adela Rodríguez (57 años) y Roberto Soler (38) trabajan juntos en Línea Directa Aseguradora, ella como responsable de proyectos y él como gestor. Se conocieron profesionalmente hace aproximadamente un año, cuando coincidieron brevemente en un equipo de trabajo, y al finalizar el verano el destino volvió a unirlos en un nuevo proyecto. Un trabajo conjunto en el que los 19 años de edad que les separan no parecen suponer un problema. Al contrario. "Cada vez es más habitual trabajar con personas diferentes y de distintas edades, algo que, en mi opinión, no conlleva una diferencia en el trato ni en la relación, sino que enriquece", destaca Soler. Un análisis con el que coincide su colega. "Cuando supe que volveríamos a trabajar juntos nunca pensé en la edad de Roberto como una ventaja o un inconveniente. Solo en lo fácil que iba a resultar su integración en el equipo y en todo lo que nos podía aportar", zanja Rodríguez.

La pirámide de Maslow o escala de las necesidades humanas es una teoría psicológica ideada por el norteamericano Abraham Maslow en los años 40 del siglo pasado. En esencia, es una representación gráfica en forma de pirámide que agrupa las principales necesidades de las personas en una gradación de menor a mayor, situando las más básicas en los niveles inferiores y las más sofisticadas en los superiores. Así, necesidades fisiológicas como respirar o alimentarse se sitúan en base de la pirámide, mientras que en un segundo piso están las relacionadas con “seguridad” en sus vertientes familiar, laboral, económica o de salud. A medida que se van satisfaciendo las cuestiones más elementales, el individuo va ascendiendo en la pirámide, hasta llegar al cuarto nivel (reconocimiento, confianza, éxito) y, finalmente, a la cumbre o autorrealización personal.

"No consigo acostumbrarme a verte hacer eso", le dice Roger Sterling a Don Draper cuando al entrar en el despacho de su empleado lo encuentra tumbado en el sofá, echando una de sus habituales cabezadas en horas de trabajo. Los seguidores de Mad Men, la icónica serie de televisión que narra la vida de una agencia de publicidad norteamericana de los años 60, ya saben que, a pesar de la leve protesta del directivo en esta chocante escena, en realidad no está enfadado con su creativo estrella. Porque Sterling sabe muy bien que de esos sueñecitos robados a la jornada laboral de Draper han surgido muchas de las increíbles campañas que tantos y lucrativos clientes le han traído a su agencia.

Industria 4.0, ciberindustria o Industria Inteligente son conceptos intercambiables que hacen referencia a un mismo fenómeno. Un nuevo cambio de paradigma en la fabricación de bienes caracterizado por una interconexión y optimización de todos los elementos organizativos a través de tecnologías de última generación. Aunque se lleva ya un tiempo hablando del siguiente escalón evolutivo del siempre inquieto sector secundario, la crisis de la covid-19 podría acelerar su llegada. En un país como España, en el que la industria lleva tempo sin tener un papel protagonista y queda muy tocada por efecto de la crisis sanitaria, la revolución digital podría ser la llave que reactive los motores de las factorías en su vuelta a la actividad.

Las empresas que en estos momentos están intentando convertirse en los próximos Google, Apple o Amazon podrían no tener nada que ver con Google, Apple o Amazon. O al menos, podrían no ser compañías del ámbito tecnológico. Puede que incluso procedan de sectores tradicionales como la banca, los seguros o la venta de muebles. En lo que sí se parecen a esos referentes es en que, a medida que la digitalización gana peso en sus modelos de negocio, sus estrategias viran hacia un concepto de negocio de plataforma.