Pedro Torrijos

Arquitecto y crítico cultural
ARquitectura

El verano en la ciudad, ese periodo del año tan maravilloso en el que el asfalto se derrite, las terrazas se llenan y las tiendas se vacían de ventiladores, nebulizadores, climatizadores por evaporación y aparatos de aire acondicionado fijos, portátiles y mediopensionistas. Podríamos irnos a la playa y yo añadiría un montón de tópicos más, tal y como hice el año pasado, pero me llamarían plasta, y con razón. Así que nos vamos a la piscina.

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Los rascacielos nacieron por pura necesidad económica. No es algo especialmente sorprendente porque, en realidad, casi todo nace como respuesta a un mejor aprovechamiento de los recursos. Lo que pasa es que, en el caso de los rascacielos, el proceso fue muy evidente: a finales del XIX, los precios del suelo en el centro de las grandes ciudades eran cada vez más elevados, así que la solución pasaba por exprimir sus posibilidades. O sea, por maximizar la superficie disponible multiplicándola en altura.

Arquitectura

Una mañana de 1999 las excavadoras arrancaron un trozo de Madrid. Uno de los más extraños, de los más interesantes, de los que colocaban a la capital de España en ese lugar de tan difícil acceso como es la excelencia arquitectónica. En definitiva, arrancaron uno de los trozos más bonitos de la ciudad. Porque una mañana de 1999 las excavadoras derribaron uno de los mejores edificios del mundo. Derribaron "La Pagoda" de Miguel Fisac.

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Francisco Javier Sáenz de Oiza fue el creador de uno de los edificios más horrorosas de España, el Palacio de Festivales de Cantabria. Pero está bien claro que Oiza fue uno de los mejores arquitectos de nuestro país y posiblemente del mundo, creador de piezas maestras como casa Lucas Prieto en Talavera de la Reina o el santuario de Nuestra Señora de Aránzazu en Oñate.

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Lo que nos gusta reírnos de China, ¿verdad? Supongo que será algún tipo de reacción al miedo que podemos sentir ante una de las economías más potentes del mundo, pero lo cierto es que ni siquiera es algo nuevo.

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Un titular tan lírico hace adivinar una historia de amores infortunados. Veamos: chica conoce a chico, chico pasa un poco de la chica pero la chica se empeña y se empeña, así que su familia promete una generosa dote al chico. El chico acepta un poco a regañadientes. La pareja tiene un hijo que crece sano y fuerte hasta que se descubre que la fortuna de la familia de la chica no era precisamente sólida. Todos abandonan al hijo que, finalmente, muere de inanición.

Arquitectura corporativa (VII)

Hace pocos días sabíamos que, a partir del próximo otoño, Vodafone dejará de patrocinar la madrileña estación de metro de Sol. O sea, que los carteles y los avisos acústicos dejarán de incluir el nombre de la compañía de telecomunicaciones cuando anuncien dicha estación. No obstante, me temo que esta decisión es poco menos que excepcional y sirve para confirmar una regla -la del patrocinio de todo tipo de lugares- que antes o después acabará por formar parte de nuestra vida cotidiana.

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Los lectores más jóvenes quizá no lo recuerden, pero antes del boom arquitectónico que vivimos a mediados de la década pasada y que produjo tantos edificios notables como horripilancias construidas, en España ya se produjo un fenómeno similar hace unos 30 años.