Ana Samboal

Periodista y presentadora de 'Trece al día'


Ana Samboal

Miedo a la arbitrariedad del Gobierno

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Hace unos días, un empresario autónomo, con un negocio propio relativamente próspero dedicado a las nuevas tecnologías, me anunciaba su cambio de residencia a un país del norte de Europa: "Vamos a peor, así que me marcho, vendo mis propiedades, me llevo conmigo mi empresa, mi padre y mi perro. Puedo seguir trabajando desde allí. Escucharé las noticias de España en internet". Comenté su decisión con algunas personas de un entorno ajeno al suyo y constaté que todas ellas sentían cierto desasosiego, una suerte de vértigo a raíz de la deriva que está tomando la vida política del país. Una de ellas, alto funcionario de dilatada carrera en la administración, con un importante patrimonio inmobiliario proveniente de sucesivas herencias, confesaba que está estudiando distintas fórmulas para ponerlo a salvo de la veleidad del gobernante de turno. Teme que su mantenimiento se convierta insostenible a golpe de reales decretos caprichosos o, en el peor de los casos, perderlo todo. Sentían miedo, no por su propia seguridad personal, pero sí por sus propiedades y empresas, les preocupaba el futuro de sus hijos. Ninguno de ellos lo citó, pero me vino a la cabeza aquella frase recurrente hace no mucho en labios de Pablo Iglesias: "el miedo va a cambiar de bando".

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Abuso de poder

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El poder deja huella en las personas que lo ostentan. Nos ha ocurrido a todos, desde el padre de familia, pasando por el presidente de la comunidad de vecinos o el ministro de turno. Se reciben los atributos del mando con respeto, pero también con ilusión por cambiar para mejor, según nuestro particular criterio, la pequeña parcela de actividad humana que se nos encomienda. Los primeros pasos suelen ser torpes, pero, a medida que tomamos el control de los resortes que nos permiten ejercer la autoridad hasta las últimas consecuencias, nos vamos sintiendo seguros. Hasta que llega el momento en que, por una razón u otra, se nos va de las manos. El que no se pavonea innecesariamente, se equivoca o abusa de sus prerrogativas. Hasta el progenitor más ecuánime yerra alguna vez con su prole. Y ahí es donde se demuestra la grandeza del ser humano que encarna el poder, en la capacidad de rectificar o, lo que es más difícil, de pedir disculpas en vez de empecinarse en el error.

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El aplauso real

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Un largo aplauso recibió el lunes a Felipe VI en el congreso anual del Instituto de Empresa Familiar en Valencia. La España real, la que madruga, trabaja, levanta empresas, paga los cada vez más gravosos impuestos y crea riqueza y más de la mitad del empleo privado del país, alaba y respeta, si no a Felipe VI, sí a lo que representa: la jefatura del Estado. Ese aplauso era más que oportuno, porque no se lo están poniendo fácil al monarca. La campaña de acoso a la Corona se recrudece a medida que se acerca la fecha de la vista oral en la que los autores del golpe en Cataluña se sentarán en el banquillo. Aún nos queda por ver la apoteosis, la traca final de fuegos de artificio y de falsos profetas que amenazarán con el advenimiento del apocalipsis y que calentarán la lectura del fallo. Los separatistas, apoyados si no conchabados con los comunistas de Pablo Iglesias, están echando el resto.

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Políticamente incorrecto

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Decía en 2015 la alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, que sólo en la ciudad había 25.000 niños hambrientos. De ellos, 3.600 desnutridos. Estábamos saliendo de la peor recesión en décadas y había familias que padecían serios aprietos, éramos conscientes de ello, pero no se veían infantes por las calles mendigando como en las fotos de la posguerra. Sin embargo, nadie le afeó el comentario. Al contrario, la entonces presidenta de la Comunidad, Cristina Cifuentes, se apresuró a abrir comedores públicos para que todos ellos pudieran alimentarse adecuadamente. Si había que dar comida, para eso estaba ella, dispuesta a superar a Podemos, que a populista no la iba a ganar nadie. Y como no hubo discusión, ahí acabó el problema.

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Iglesias toma el mando

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Silentes, durante años han crecido en la sombra permeando instituciones y organizaciones. Con perseverancia, radicales de extrema izquierda, antisistema e independentistas -todos ellos partidarios de la voladura del pacto constitucional vigente- han logrado controlar importantes resortes de poder en la universidad y las escuelas, en los medios de comunicación y las instituciones. Y la gran clase media no había caído en la cuenta hasta que observó atónita, en la víspera de la fiesta nacional, a Pablo Iglesias dando el abrazo del oso a Pedro Sánchez en el mismo corazón de la Moncloa, dispuesto a igualar a la baja a todos los ciudadanos con su proyecto de presupuestos, al tiempo que alentaba en Cataluña la reprobación de la Corona, la jefatura del Estado, símbolo y garantía de unidad y ley. Hay miedo en las empresas y en las oficinas, en las salas de vistas y en la calle. Se creía al Partido Socialista garantía de estabilidad, uno de los pilares del andamiaje democrático, pero se ha perdido toda esperanza, al verlo caer en manos de un hombre dispuesto a todo con tal de conservar el poder, a cederle incluso el bastón de mando, de igual a igual en el mejor de los casos, a su peor enemigo.

Ana Samboal

Gobierno sin resuello

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Pedro Sánchez fue hábil al lanzar una moción de censura por sorpresa que obligó a los diputados a votar un programa binario: sí o no a Rajoy. Hubiera logrado eludir cualquier factura por ese apoyo que salió de las vísceras si, tal y como prometió, hubiera convocado elecciones unas semanas después de tomar el poder. Sin embargo, por cálculo político o por ambición decidió convertirse en presidente y las hipotecas que entonces eludió se pasan ahora al cobro. Su problema (y el de todos) es que la que no desborda la legalidad sobrepasa la capacidad económica del país o la de un Ejecutivo representado en el Parlamento por tan solo ochenta y cuatro diputados. La realidad es la que es y no logrará cambiarla por muchas fotografías bonitas que las terminales mediáticas de Moncloa difundan en redes sociales.

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Desgobierno

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En Polonia, sólo se puede colgar la bandera del país en ventanas y balcones el día de la fiesta nacional o en fechas señaladas. Con esas restricciones, las autoridades pretenden preservar el respeto debido a un símbolo que representa a la comunidad y a los valores que les unen.

ANA SAMBOAL

Jugando con la democracia

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Hace casi dos años, Pedro Sánchez vivía uno de sus momentos más aciagos de su vida política. La mayoría del Comité Ejecutivo de su partido cuestionaba su férrea negativa a permitir la investidura de Rajoy, que acababa de ganar las elecciones con una muy precaria mayoría simple, y rechazaba de plano la estrategia encubierta de su todavía secretario general para convertirse en presidente: formar gobierno respaldado por populistas y separatistas.

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En España no avanzamos

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"Avanzamos", dice Sánchez haciendo balance de cien días de gobierno, tratando de conjurar con una palabra lo que es más que un titular de prensa. La sensación de que el gobierno hace agua se ha generalizado tras rectificaciones, dimisiones y la sombra de duda que planea sobre la propia honorabilidad del presidente a cuenta de su tesis y será necesario mucho más que un eslogan para acabar con esa imagen de anarquía que ellos mismos han creado.

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Funcionarios convertidos en héroes

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En La Pieza 25, el libro en el que la periodista Pilar Urbano describe con la inestimable colaboración del juez Castro la instrucción del Caso Noos, el fiscal Horrach se queda estupefacto al comprobar, declaración tras declaración, cómo los empleados públicos del Gobierno balear dejaban pasar las tropelías de sus superiores sin cuestionarlas siquiera. La ley suprema era la orden del jefe, su mandato estaba por encima de cualquier otra consideración. La obediencia ciega llegaba a tal extremo que el lector se pregunta no ya si en algún momento alguien dudó a la hora de cumplir con lo que se le exigía -que no parece-, sino si, acostumbrados como estaban a la rutina de esa cadena de mando viciada desde su origen, alguno llegó a darse cuenta de que se estaban cometiendo delitos que podían incluso llegar a comprometerlos penalmente. Lo que es seguro es que nadie dio la voz de alarma. De haberlo hecho, le hubiera costado el puesto.


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