Política

JxCat y ERC cortan los lazos tras casi ocho años de tensa convivencia: anatomía de una ruptura

Momento en el que JxCat aplaude a Torra y ERC permanece en sus escaños. Foto: EFE

Parecía que, pese a las disensiones e incluso odios internos, el pacto entre los neoconvergentes de JxCat y ERC no iba a romperse jamás. La presión entre socios para apuntalar su posición bajo el manto del independentismo ha hecho que durante casi ocho años se haya mantenido una más que forzada unidad. Hasta que a principios de semana todo soltó por los aires y Quim Torra ha dicho este miércoles que se acabó.

La rivalidad interna siempre ha existido y los 'numeritos' discrepantes en los pasillos del Parlament ya se dieron antes de la DUI, cuando Roger Torrent se negó a una investidura a distancia de Carles Puigdemont o cuando JxCat y ERC discreparon sobre cómo suspender a los dirigentes presos. Sin embargo, este lunes se produjo 'el instante', ese fotograma que lo refleja todo y que queda para la posteridad.

Igual que hizo Javier Cercas con el 23-F, en este caso también se puede hacer la anatomía de un instante. Fue el momento en el que Torra cogió el micrófono desde su escaño y procedió a una pataleta en la que señalaba a Torrent por aceptar que el president quedaba sin escaño tras la decisión de la Junta Electoral Central (JEC). Acto seguido, los diputados de JxCat se levantaron a aplaudir a Torra y los de ERC permanecieron hieráticos en sus asientos sin mover un músculo. Especialmente virulento fue el caso del vicepresidente, Pere Aragonès.

Para muchos el procés acabó con el fracaso del 1-O, para otros con el juicio en el Tribunal Supremo y para otros aún no ha acabado. El caso es que, sea esto procés o post-procés, la instantánea del lunes dejaba un halo de fin de ciclo, de fatiga de materiales imposible de revertir.

Todo comenzó en 2012, cuando Artur Mas quiso capear la crisis echándose en brazos del soberanismo -había pactado presupuestos con el PP y entrado al Parlament en helicóptero por las protestas contra los recortes- y adelantó las elecciones (las anteriores habían sido en 2010) para hacerse con los seis escaños que le faltaban para la mayoría absoluta. En vez de eso, CDC perdió 12 y se tuvo que echar en brazos de ERC.

Comenzó entonces una pugna soterrada en la que nadie podía mirar atrás y en la que había que mantenerse unido para seguir teniendo acceso a los cargos y al goloso presupuesto de la Generalitat -frisando los 30.000 millones al año-. El reparto del poder mantenía unidas a dos facciones -dos 'familias'- que aspiraban y aspiran a la hegemonía política catalana.

Oriol Junqueras tuvo claro desde el primer momento que quería que ERC fuera la nueva Convergència y negociar directamente con el Estado, pero los herederos políticos de Jordi Pujol en sus múltiples formas y marcas electorales no querían verse fuera del aparato administrativo en el que han estado 33 de 40 años. Ese dramático tira y afloja dejó momentos para la historia como "el paso al costado" de Artur Mas teniéndose que plegar a las exigencias de la CUP para mantener el 'chiringuito'.

Resultado de esa pulsión fueron los gritos de "traidor" a Puigdemont y las "155 monedas de plata" cuando se pensó convocar autonómicas antes de la DUI y los mismos calificativos de "botiflers" que han tenido que tragarse en ERC los últimos meses por querer mostrar pragmatismo y llegar a pactar con el PSOE.

La 'resaca' de un convulso 2017

Se antojaba posible la ruptura el 21 de diciembre de 2017, cuando, con Junqueras ya en la cárcel, se celebraban elecciones catalanas convocadas bajo el 155 de Mariano Rajoy. ERC soñaba con adelantar al fin a los neoconvergentes y con su líder aún de cartel electoral. Pero el hombre de Bélgica fue más listo y bajo la promesa de volver a Cataluña si ganaba -si quedaba por delante de ERC, porque ganó Ciudadanos- se llevó el 'gato al agua' por solo dos escaños.

Al final, lo que no consiguieron estas sucesivas tragedias lo ha logrado, además del intrincado escenario judicial, la condena a un presidente sustituto por retirar tarde una pancarta del Palau. La provisionalidad de un Torra teledirigido desde Waterloo y su poca cintura política han sido el detonante de una ruptura que aún no está claro cómo se materializará. Hay añicos, pero todavía no hay fecha de elecciones.

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forum Comentarios 3

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AROUND THE WORLD
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Menudo vodevil con el tema del "pruses".

Pero si quieren seguir confortablemente viviendo en la poltrona de las (generosas) mamandurrias que percibe un ejercito de aprovechados que no podrían ni por asomo vivir también si no fuera por el invento este, pues tendremos "pruses" para largo . . . . O hasta que "los convencidos" se den cuenta de la enorme tomadura de pelo que ha sido el mismo; y que solo haes un sacacuartos para que algunos vivan de PM.

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#1
Vacilón
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Mientras haya ciudadanos que esten convencidos de que una pancarta en un balcón, puede ser motivo de un cambio de gobierno, es porque no hemos dejado atras el pasado totalitario.

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#2
Carmen
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Pues a mí 2. como ciudadana me molesta hasta un papel de mi Ayuntamiento en una marquesina solo en valenciano. No me da la gana de aguantar tanta estupidez nacionalista.

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#3