Ken Fisher

Presidente de Fisher Investments Europe

Resultados, beneficios netos y beneficio por acción. Frecuentemente esto es todo lo que les interesa a los analistas. ¿Cuántos beneficios ha declarado la empresa? ¿Ha cumplido las previsiones de las agencias de AZCA o las Cuatro Torres? A partir de ahí empiezan a predecir los resultados para el año siguiente. Todas estas preguntas están muy bien, pero se enmarcan en un punto de vista miope que obvia un indicador del crecimiento futuro más adecuado: los márgenes brutos. Su irrelevancia mediática es lo que les da poder, sobre todo en la última fase del mercado alcista, como la actual. En las próximas líneas veremos cómo los inversores españoles pueden sacar partido de estos ingentes márgenes.

Pese a que el primer programa de expansión cuantitativa (QE) de la Reserva Federal de EEUU (Fed) está a punto de cumplir 13 años y el del BCE, seis, aún no se comprende bien ni el derecho ni el revés de estos planes. Mientras que para unos dispara la inflación, otros lo consideran esencial para el crecimiento y temen que el debate de julio en el seno de la Fed sobre la retirada gradual de la QE signifique el final del mercado alcista. Sin embargo, ambos parten de la falacia absoluta de que los programas de QE son estímulos, cuando ni lo son ni nunca lo han sido (en realidad, son más bien lo contrario). No se deje intimidar por su retirada gradual: no hay nada que temer.

¿La amenaza de la inflación se hará realidad pronto? Esta pregunta mantiene en vilo a los analistas de ambas orillas del Atlántico por la aprobación de enormes planes de estímulo monetario y gasto público en todo el mundo, sobre todo en EEUU. Una posibilidad, con todo, remota: como demuestra la historia, las medidas de los bancos centrales podrían no haber impulsado la creación de dinero real y, además, los llamados estímulos fiscales no generan crecimientos desaforados.

La mayoría de los analistas afirma que el liderazgo de las acciones tecnológicas ha terminado, alegando que las campañas de vacunación, la reactivación de la actividad económica, el alza de los tipos de interés y la amenaza de la inflación remacharán los clavos de su ataúd. Se argumenta que su declive observado hasta la fecha en todo el mundo frente a otros sectores, como el energético y el financiero, revela qué les depara el futuro. Quizá sea así, pero creo que no es más que un amago a la baja antes de que recobren el protagonismo. En todo caso, su oscilación nos ofrece una valiosa lección: por grande que sea, invertir en un solo país o región suele tener implicaciones sectoriales. Para diversificar de verdad, hay que pensar, siempre, a escala mundial. Les explico por qué.

¡Cuidado, inversores!, claman los analistas ante los desorbitados planes del presidente Biden para subir los impuestos, augurando serias dificultades a la economía mundial y a la renta variable en ambas orillas del Atlántico, España incluida; unos planes que dudo que se implanten en todo su alcance, pero que tampoco afectarían a las acciones si así fuera. Veamos por qué.

El tenso comienzo de legislatura en EEUU, los cuantiosos planes de gasto y las subidas de impuestos del presidente Joe Biden, el culebrón italiano y, por supuesto, la onda expansiva de la bronca en Murcia que ha llegado a la Comunidad de Madrid, donde Pablo Iglesias espera ocupar algún puesto tras dejar la vicepresidencia del Gobierno: todas estas noticias evidencian que el ruido acapara los titulares y la atención de los inversores, pero no dejan de ser palabrería. A la bolsa le afectan más las iniciativas, sobre todo legislativas, algo que no se prevé en ningún sitio. La persistencia del bloqueo es un factor alcista.

Habrá oído que la demora en la distribución de las vacunas en Europa lastrará la economía y, fruto de la desilusión, hundirá sus infladas acciones. Por mucho que se hable de la campaña de vacunación en Madrid, un supuesto desastre, de la revisión a la baja, por parte del FMI, de sus previsiones de crecimiento para la zona euro o del temor de los economistas del sector privado a que se encadenen dos recesiones seguidas, lo cierto es que estos eventos ya se han incorporado a las cotizaciones y los mercados han pasado página: un discreto servicio que nos prestan los analistas.

El ánimo inversor no ha dejado de oscilar desde el susto de 2020. Los inversores, cada vez más convencidos de la fortaleza del mercado alcista, se contagian la ilusión. ¿Ha llegado el momento de vender? Aún no. La mejoría de la confianza —incluso con la euforia contenida— es habitual al final de los mercados alcistas, cuando genera rentabilidades estratosféricas. Hay que disfrutarla sin perder de vista las señales de debacle.

¡Por fin acabó 2020! La economía mundial se prepara para la recuperación con una inyección de confianza y un contexto político más propicio. Todo, pues, dispuesto para que siga la alegría en la renta variable española e internacional más allá de las celebraciones del Año Nuevo.

El estancamiento político está servido. Salvo sorpresa mayúscula, cuando el 20 de enero Joe Biden se convierta en el presidente de Estados Unidos, las dos cámaras del Congreso se regirán por mayorías muy estrechas. Una circunstancia indeseada por el partido demócrata, por las previsibles trabas a sus planes, y por el republicano, que, todavía conmocionado por la derrota de Trump, podría perder el Senado. Estos ajustadísimos resultados dificultarán la aprobación de normas de gran calado hasta 2022, algo poco habitual en la primera mitad de las legislaturas pero positivo para la renta variable. Considérelo un regalo de Navidad adelantado para los inversores estadounidenses y españoles.