Carlos Malamud

Catedrático de Historia de América de la UNED

Más allá de ciertos adjetivos, como técnico o suave, Argentina entró en el noveno default en sus 210 años de vida independiente. Para evitar la catástrofe y buscar una solución a tan grave problema, el gobierno kirchnerista de Alberto Fernández prorrogó las negociaciones hasta el 2 de junio. Con esta medida, en los más álgido de la pandemia y cuando se espera una caída de más del 8% del PIB en 2020, se evitó que la economía terminara saltando por los aires. Pero, la duda es si el Covid-19 está ayudando a Argentina, al situarla en una posición deudora similar a la de otros países, o no, al obligar a los acreedores extranjeros a aplazar sus decisiones esperando que escampe.

El lunes pasado Venezuela tenía oficialmente 414 contagiados de coronavirus y 10 muertos, con una tasa de 0,4 muertos por millón de habitantes, mientras la tasa española era de 569 muertos por millón. Pero, la comparación es inútil al no aclarar lo que allí ocurre. Por eso es importante mirar alrededor, a Colombia (10.495 casos, 445 fallecidos y una tasa de 9 muertos por millón) y Guyana (97 casos, 10 fallecidos y 13 muertos por millón), pero no a Brasil y sus datos estratosféricos. Pese a ser países con contextos socio económicos y climáticos similares, las cifras transmiten mensajes diferentes, más allá de que en Caracas se haya instalado la milagrosa sensación de que el Covid-19 no los afecta.

A raíz del impulso de Mercosur a las negociaciones con Corea del Sur, Canadá, Singapur y Líbano, el gobierno argentino ha decidido no participar en ellas. Su principal argumento, al menos el público, es que busca prevenir los efectos de la pandemia de forma simultánea en que protege a las empresas, el empleo y la situación de las familias más humildes. Pero, mientras esto ocurre los otros miembros del bloque van en la dirección contraria y apuestan por acelerar los acuerdos de libre comercio. Sin embargo, esta lectura del gobierno kirchnerista parte de un doble error.

La constante actitud negacionista de Jair Bolsonaro frente al COVID-19 no ha hecho más que potenciar las debilidades de Brasil para enfrentarlo. El 16 de abril el país contaba con 30.425 positivos oficiales y 1.924 muertos, de lejos las mayores cifras de América Latina y las segundas del continente. Para peor, la tasa de letalidad es de 5,3%, también entre las más elevadas de la región. Como todavía no se ha llegado al pico del contagio todo hace pensar que la situación sanitaria empeorará en las próximas semanas y de forma paralela lo hará la coyuntura económica, salvo que se produzca un despliegue masivo de iniciativas gubernamentales destinadas a paliar los efectos negativos de la crisis, algo de momento impensable.

En un contexto generalizado de revalorización del papel del Estado y de lo público, la crisis del COVID-19 en América Latina ha servido, como en otras partes del mundo, para medir la capacidad de liderazgo de los presidentes regionales. Y si bien es absolutamente impensable que todos se muevan del mismo modo y en la misma dirección, un selecto grupo ha destacado sobre el resto.

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