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Del secreto bancario a la caída del chiringuito fiscal: así ha perdido glamour y poder la banca suiza

  • Ginebra prohibía a los bancos desde 1713 compartir información de clientes
  • La opacidad de las entidades era la llave para los paraísos fiscales
  • Desde la crisis de 2008, el mundo empezó a mirar a Suiza como un problema
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No hace mucho tiempo la banca suiza infundía misterio y respeto, a parte iguales. Las entidades financieras del pequeño país alpino tenían el glamour y el poder, que le otorgaba el secreto bancario, para atraer el dinero y los activos de las grandes fortunas planetarias a sus bóvedas. El mito de los bancos suizos todavía se agrandó durante décadas aún más con la literatura y el cine. La mafia de cualquier rincón del mundo, espías o empresarios se acercaban a las lujosas, a la vez que discretas, oficinas de Ginebra o Zurich, para guardar bonos, joyas documentos secretos o millones de dólares, en sofisticadas cajas fuertes. Pero como casi siempre pasa, la realidad pudo con la ficción. Casi cualquier dictador africano o político corrupto escondía algún milloncejo en cuentas encriptadas de algún banco suizo.

La banca universal de Suiza creció agarrada al Santo Grial del secreto bancario. La discreción ha sido una parte fundamental del desarrollo del sistema financiero y una garantía de protección para los patrimonios en cualquier lugar del mundo, pero en Suiza se ha llegado a convertir en algo idiosincrásico del país, hasta llegar a marcar la política y las relaciones internacionales en el último siglo. El secreto bancario no es exclusivo del país helvético. Las primeras entidades italianas consideradas como primeros ejemplares de banca moderna ya lo pusieron en práctica en el siglo XVII, pero era más una costumbre o práctica empresarial. Lo que tiene de especial el secreto bancario de Suiza es que está convertido en ley desde hace, prácticamente, un siglo y esto significa que este elemento es inviolable y perseguido penalmente, si se rompe.

En 1934, Suiza blindó legalmente el secreto bancario. El artículo 47 de la Ley bancaria de Suiza incluía sanciones penales. Cualquier persona que lo violara se exponía a multas económicas o, incluso, a terminar directamente en la cárcel. "Antes de 1934 esta práctica se basaba en la tradición más que en una ley concreta o un conjunto de leyes", explicaba Sébastien Guex, historiador suizo, en la prestigiosa revista de Harvard Bussiness History Review. "El secreto bancario era una cuestión de derecho civil, no penal", añadía. Después de aquel año, los banqueros asumían prácticamente el juramento de defender el secreto bancario como si fuera un compromiso hipocrático de un abogado o un médico. Antes de la ley, podía abrirse procesos civiles contra el infractor, pero después de 1934 la violación del secreto sería perseguido por la ley.

Las primeras referencias históricas del secreto bancario se remontan a más de 300 años de antigüedad. El cantón de Ginebra, en 1713, adoptó un código secreto que prohibía a los bancos compartir información de clientes con terceros. Durante años y siglos, el secreto bancario se movió más en el terreno de las costumbres y de la estrategia comercial, que como normativa. Pero lo interesante de la historia de la regla de oro de la banca suiza es por qué llegó a convertirse en ley y todo el contexto que rodeó al secreto bancario hasta 1934.

A partir de la I Guerra Mundial, "el capital extranjero, que llegaba a las arcas de los bancos suizos, procedente de Francia, Alemania, Italia y Austria se situó en unos niveles hasta ahora desconocidos", explica Guex. El primer gran conflicto del Siglo XX fue un punto de inflexión para el negocio financiero de Suiza. El país tenía todo lo necesario para convertirse en un gran paraíso fiscal en el corazón de Europa. Mientras los países vecinos subían los impuestos de manera masiva tras la guerra, los bancos suizos abrían la puerta a las fortunas extranjeras.

Wegelin era el banco suizo más antiguo.

La ofensiva de EEUU coincidió con el soplo de Bradley Birkenfeld, un antiguo empleado de UBS, que denunció las prácticas irregulares de la financiera y el nombre de miles de clientes que utilizaban cuentas opacas en Suiza. Uno de los casos más sonados fue la caída de Wegelin, el que pasaba por ser el banco helvético más antiguo, que se declaró en quiebra después de reconocer ante la justicia americana que había ayudado a alrededor de cien clientes estadounidenses a eludir 1.200 millones de dólares en impuestos. Eso fue en 2013, luego vino el multazo histórico de 2.600 millones a Credit Suisse, tras reconocer los hechos delictivos.

UBS y algunos bancos más habían necesitado ayudas públicas durante la crisis financiera de 2008, pero fueron caricias para lo que ha supuesto el golpe al secreto bancario. Era la puerta a los paraísos fiscales. Rudolf Elmer fue de los primeros Robin Hood entre la banca suiza. Fue jefe de operaciones en la filial Julius Baer en las Islas Caimán. Allí se encargaba de crear empresas para las fortunas rebotadas desde Suiza. "El secreto bancario es el robo más grande de la historia de la humanidad y tiene consecuencias catastróficas para las personas más pobres de la tierra", comentaba en su web, al puro estilo Wikileaks, sobre 2011. Elmer ha pasado a la historia por supuestamente filtrar a la página de Julian Assange los datos confidenciales de 2.000 clientes. La información terminó en manos de las autoridades fiscales de EEUU y Alemania.

Los casos de Elmer y Birkenfeld pasaron algo desapercibidos en España. Por lo menos no tuvieron tanta repercusión como la lista Falciani. El exinformático de la filial suiza de HSBC Hervé Falciani copió datos personales de más de 100.000 clientes de bancos suizos, lo que demostraba que todo el sector compartía datos de clientes potenciales, y los compartió con las autoridades francesas. La lista incluía a más de 600 residentes en España.

Las cuentas suizas del Holocausto

Desde la anterior crisis, casualidades que haya coincidido con la caída del secreto bancario y del chiringuito fiscal, los bancos suizos no levantan cabeza. Credit Suisse ha sido el castañazo sonoro, pero la consultora Boston Consulting contempla que Suiza perderá el primer puesto en gestión de fortunas extranjeras para 2026. Se lo arrebatará Hong Kong y le pisará los talones Singapur. Hace 7 años, la industria suiza gestionaba el 25% del total de depósitos en el extranjero.

"Neutros en las grandes revoluciones de los Estados que les rodean, los suizos se enriquecen con la desgracia de los demás y fundan una banca sobre las calamidades humanas", decía el filósofo y periodista François-René, vizconde de Chateaubriand, en el siglo XIX. La banca suiza tiene un largo historial de mantener un servicio bancario eficaz y discreto hasta con los asuntos más escabrosos. EEUU ha encontrado dinero manchado de sangre en Suiza de terrorismo y Alemania ha implicado a Credit Suisse con cuentas relacionadas con tráfico de drogas, mafias y otros grandes delitos. La hoja de servicios de los bancos suizos hasta está empañada por la gestión de las cuentas de las víctimas del Holocausto nazi.

La neutralidad y el secreto bancario durante la Segunda Guerra Mundial sirvió para no perder negocio a ambos lados del tablero. Sébastien Guex, especialista en banca suiza, recuerda que el relato oficial gira sobre la idea de que el secreto bancario se blindó jurídicamente en la década de los treinta para ayudar a los judíos a proteger sus ahorros de las garras nazis. Pero la historia ha dado la vuelta a esa retrospectiva. Es verdad, que las entidades helvéticas permitían abrir cuentas a judíos alemanes, pero a la vez hacían la vista gorda cuando los nazis obligaban a los ciudadanos perseguidos a repatriar los capitales a cuentas germanas.

En mitad de la neutralidad suiza, antes y después de la guerra, los bancos del país mantenían abiertas las relaciones comerciales con la Alemania nazi, a pesar de la presión de otras potencias como EEUU y Francia. Hasta el punto de que el Banco Nacional de Suiza seguía adquiriendo reservas de oro al Reichsbank, el banco central del Tercer Reich, pocos meses antes de que terminara la guerra. La Comisión Bergier, un organismo suizo independiente creado en los noventa para investigar las relaciones del país con los nazis, concluyó que parte del oro procedía de territorios ocupados.

A Suiza no le quedó más remedio que recoger el guante de la denuncia del Congreso Judío Mundial contra la banca suiza por bloquear el acceso a supervivientes del Holocausto y familiares a cuentas bancarias ante la justicia de EEUU. La Comisión Volcker, llamada así por el mítico presidente de la Fed que organizó los trabajos y la investigación, no logró demostrar que los bancos desviaran de "manera sistemática" fondos judíos a las arcas nazis, pero si encontraron evidencias de poner problemas para recuperar antiguos fondos no reclamados. A los bancos suizos, no les quedó más remedio que asumir una indemnización de más de 1.200 millones de dólares para compensar a las víctimas.

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