Opinión

El impacto de la alta inflación en la economía española

El paquete de medidas del Gobierno es insuficiente ante la alta inflación

Los últimos datos de inflación interanual han sido peor de lo esperado, se ha situado en un 9,8% según los datos provisionales publicados por el INE, la cifra más alta desde mayo de 1985, cuando bajo la presidencia de Felipe González, estaba en un 9,9%. En otras palabras, una familia que pagó 100 € en marzo de 2021 por su cesta de la compra, ahora tendría que pagar 109,80 € para conseguir exactamente la misma cesta.

Los incrementos de los precios de la electricidad, los carburantes y combustibles, los alimentos y bebidas no alcohólicas, fueron mayores en marzo de este año que en el mismo periodo del año anterior. Todos los componentes de la cesta aumentaron. En términos de inflación subyacente, se ha situado en un 3,4%, también récord desde septiembre de 2008.

Este es un dato económico grave, pues una inflación tan elevada, casi próxima a los dos dígitos, castiga sobre todo a las clases más modestas y que tienen una fuente de ingresos fijos, que no evoluciona al mismo nivel que la subida de precios, hablamos de asalariados, funcionarios, pensionistas, etc.

El Gobierno dice que la guerra en Ucrania es la responsable de esta situación, pero esto no es así; la inflación ya dio síntomas de repunte en abril del año pasado, debido a los efectos de la variante ómicron, las presiones por parte de la oferta causados por los cuellos de botella en las cadenas globales de suministro, y el precio de la energía, aunque la guerra desatada por Putin, empeora la situación.

Si bien, hace unos meses, se observaba que el repunte inflacionario podía ser temporal, ahora mismo, las expectativas no son halagüeñas, tendremos una inflación alta durante un periodo de tiempo más prolongado.

¿Y cuáles son los factores que han provocado esta situación en todo el mundo? La situación resulta más llamativa cuando el problema que tenían las principales economías mundiales en los últimos años era justo el opuesto, la deflación. ¿Qué es lo que ha cambiado?

Existen cuellos de botella que están tensionando al alza los precios de muchos inputs y, por mera traslación de los costes a los precios finales, también de muchos outputs. Pero hay que analizar también los factores que se explican desde la demanda.

El gasto total dentro de nuestras economías fue incrementado durante 2020 y 2021 a través de políticas fiscales y monetarias muy expansivas, por lo que todo ese sobre estímulo se ha transformado en mayor gasto. También se ha producido un cambio en la composición de la demanda, se ha reducido la demanda de servicios para aumentar la de productos, y nuestras estructuras productivas no están convenientemente adaptadas a ello.

Si no existieran las políticas de estímulo que expandieran la cantidad de gasto total dentro de la economía, la aparición de cuellos de botella engendraría cambios en los precios relativos, los de los bienes relativamente más escasos subirían (y absorberían la mayor porción del gasto) y los de los bienes menos escasos y prioritarios bajarían (al no ser receptores de tanto gasto).

La guerra en Ucrania juega también un papel relevante. Si la guerra se alarga, no sería descartable una recesión en la zona euro como consecuencia del agravamiento de la crisis energética y de los problemas en la cadena de suministros. Por el contrario, un desenlace rápido de la guerra estabilizaría los mercados energéticos y ayudaría a contener la inflación. Pero incluso en este escenario, la inflación subyacente no desaparecerá rápidamente y el déficit público continuaría siendo elevado como consecuencia de las medidas extraordinarias con que los países respondieron a la pandemia, primero, y ahora a la crisis provocada por la guerra.

Pero dentro de Europa hay asimetrías en el incremento de precios, solo las tres repúblicas bálticas, Lituania, Estonia y Letonia, además de Bélgica y Eslovaquia están sensiblemente peor que España, el resto están por debajo. La clave está en la pérdida de productividad de la economía española, que es muy superior a la de los demás, ya que estamos con un PIB inferior en un 6% o un 7% al de antes de la pandemia, pero con un nivel de empleo igual o superior.

Uno de los aspectos importantes del diferencial por la altísima inflación española se encuentra en los casi 11 millones de consumidores en España que están en el mercado regulado (PVPC) de electricidad; en Europa, el contrato es tipo forward, con lo que la revisión para recoger los incrementos importantes de precios derivados del mercado mayorista es mucho más gradual.

Ante la tormenta perfecta, el Gobierno ha aprobado una serie de medidas, para intentar rebajar la inflación: ayudas directas por €6.000 millones y €10.000 millones en facilidades de créditos ICO, rebaja de 20 céntimos en el precio del carburante, incremento de los beneficiarios del bono social de la luz, incremento de la cuantía del Ingreso Mínimo Vital, y topar el aumento de los alquileres, junto al acuerdo obtenido en Europa para que España y Portugal puedan tomar medidas adicionales para limitar el precio del gas.

Pero este paquete no va a ser suficiente para rebajar la espiral inflacionista; estas medidas rebajarán la inflación en 1 punto o 1,5 puntos, y tiene un impacto sobre el déficit público, que, ante una perspectiva de tipos más altos, será más costoso su financiación. Un aspecto que puede ser decisivo es el desacoplamiento del gas sobre el precio de la electricidad.

Es difícil prever cuánto tiempo se prolongará esta situación inflacionista, y el riesgo es que se produzca la inflación de segunda ronda, trasladando ésta a los salarios, iniciando un círculo vicioso de inflación y pérdida de competitividad. La inflación se convierte en un problema muy difícil de atajar, y llega la hora de las medidas drásticas, subidas de tipos de interés, con el consiguiente impacto en la financiación de la deuda, que atajen finalmente la inflación, pero con un grave daño al crecimiento de la economía. Parece necesario alcanzar un pacto de rentas.

Por otro lado, la contracción del gasto facilitaría la situación, pero a su vez, mermaría el crecimiento económico a corto plazo. Las familias utilizarán parte del ahorro embalsamado durante la pandemia para hacer frente a la actual crisis, reduciéndose el consumo privado, la demanda interna, y por tanto el crecimiento.

Y, ante esta situación, de continuar la alta inflación y estancarse el crecimiento, ¿estamos abocados a una estanflación?

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El problema de nuestra economía no es la inflación, es la deuda pública y el déficit estructural.

La inflación es la solución para que la deuda pese menos. Como la inflación es un impuesto universal y una devaluación de la moneda, la deuda pierde valor.

Todos ven el traje del emperador como ocurrió con Madoff. Ya veremos que pasa cuando no haya más remedio que reconocer que está desnudo.

La inflación empezó antes de la guerra de Ucrania. Si no hubiera guerra en Ucrania se culparía al cambio climático o al mal de ojo o a cualquier chivo expiatorio que oculte la verdadera causa. Aquí o se eliminan chiringuitos, gasto inútil y subvenciones o habrá inflación para rato. No se eliminará nada de lo que he dicho porque en este caso el guardián del gallinero es el zorro.

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