Opinión

Putin gana la guerra de Ucrania: éstas serán sus consecuencias

PV

¿Por qué invadió Putin esta semana Ucrania pese a la amenaza de sanciones anunciadas por Estados Unidos y Europa? El mandatario ruso quiere restablecer la gloria del vasto imperio antes de que Gorbachov disolviera la antigua URSS a finales de la década de los noventa. La explicación, dada por el propio Putin en la madrugada que ordenó la invasión, adornada con acusaciones de nazismo a Ucrania, es difícil de entender en términos occidentales. Para él, la creación del perímetro de seguridad en torno a Rusia que reclama a la OTAN es una manera de proteger no sólo la independencia nacional, sino también la económica.

La bolsa europea caía algo más del diez por ciento en lo que va de año hasta el viernes, pero la rusa se desplomó más de un tercio sólo el día que anunció su invasión. La renta per cápita de los rusos se hundió de 14.000 a alrededor de 9.000 euros anuales desde la guerra de Crimea, pese a que se dice que las sanciones adoptadas en 2014, apenas tuvieron impacto. ¿No teme Putin a las nuevas sanciones, mucho más severas que las anteriores?

El bienestar de los rusos le trae al pairo, en realidad, como les ocurre a los dictadores latinoamericanos al estilo del venezolano Maduro. Tiene el apoyo de más de la mitad de la población, gracias a una engrasada y ágil maquinaria de propaganda y difamación, que ahora se encargará de construir un traje a medida para presentarlo como víctima de la política genocida de Ucrania y de Occidente, en lugar de como un agresor.

¿Hasta dónde puede llegar en su ambiciosa expansión? Nadie cree, en realidad, que vaya anexionarse Ucrania después de la experiencia de Afganistán. Entre otras cosas, porque es un país de 40 millones de habitantes, con un tamaño enorme para el potencial de la economía rusa.

Como hoy recoge elEconomista, Rusia tiene un PIB de 1,3 billones, un poco superior al nuestro. Lo más probable es que busque una acción relámpago destinada a derribar el Gobierno de Volodomir Zelenski, con el que ya se está dispuesto a negociar, para sustituirlo por un títere afín a su persona. Lo que parece seguro es que se hará con las repúblicas del Donbás, Donetsk y Lugansk, de las que ahora sólo controla un tercio, para establecer una salida al Mar Negro.

Si consigue su objetivo, el siguiente paso podrían ser las repúblicas bálticas de Estonia, Letonia y Lituania, que en conjunto sólo tienen seis millones de habitantes.

El problema es que son miembros de la OTAN y el resto de Estados miembros se verían obligados a defenderlas, no como ocurre ahora con Ucrania. Por eso es importante que Europa y Estados Unidos permanezcan unidos y se mantengan firmes en la aplicación de las sanciones contra Rusia.

El paquete de penalizaciones va dirigido a aislar a la economía rusa y a su cúpula dirigente como se hizo en Irán. Pero es difícil que lo consiga, al menos a corto plazo. Putin preparó la invasión con minuciosidad durante los últimos años para poder resistir el embargo de Occidente.

Rusia es el cuarto productor mundial de petróleo y el segundo de gas. Las ventas de energías fósiles, que representa el 14 por ciento de su PIB (un porcentaje parecido al sector turístico en España) y el 40 por ciento de sus ingresos público, le permitieron acumular superávits y reservas en moneda extranjera por 630.000 millones de dólares, según el Council for Foreign Relation (CFR).

Su economía es muy abierta, en contra de lo que se piensa. El 46 por ciento del PIB depende del exterior. Moscú ha realizado un viraje hacia Pekín, adonde dirige el 15 por ciento de sus exportaciones y de donde procede ya uno quinta parte de sus importaciones.

El presidente chino, Xi Jingping, que no condena la invasión de Ucrania, se comprometió hace unas semanas a duplicar la adquisición de gas ruso a través de la construcción de otro tubo subterráneo, así como a asegurar el suministro de bienes estratégicos, especialmente de los sectores tecnológico e industrial. Con ello, contrarrestará el efecto en dos de los ámbitos en los que se centran las sanciones.

Alemania suspendió el futuro gasoducto Nord Stream II, pero no se atrevió a cortar los canales actuales de suministro de gas ni las transacciones financieras a través del sistema Swift, por temor a las repercusiones indirectas en los bancos de todo el mundo.

Las sanciones occidentales tendrán un efecto boomerang, porque dañarán más a Estados Unidos y, sobre todo, a Europa que a Rusia. Alemania será la más perjudicada, ya que exporta 30.000 millones de dólares a Rusia, el 2 por ciento de su comercio exterior, y obtiene un superávit comercial de 11.000 millones. Un golpe doloroso para un país, que entró en recesión técnica el cuarto trimestre de 2021.

Putin eligió un momento crítico para su incursión. La salida de la crisis del Covid está provocando estrecheces en las cadenas de globales de suministros y una elevación de los precios, que se acentuarán ahora de nuevo.

Rusia es el origen de la mitad de las exportaciones de paladio, el 15 por ciento de platino y el 4 por ciento del aluminio. Asimismo, es el primer productor mundial de trigo, el cuarto de petróleo y uno de los principales de gas.

Todas estas materias primas se encarecieron. El crudo saltó la barrera de los cien dólares y el gas subió de golpe el 50 por ciento en una sola jornada, lo que multiplica por siete su precio en el último año. Las empresas tendrán que trasladar, tarde o temprano, el coste del transporte a sus clientes y a los hogares, que a su vez presionarán para lograr incrementos de salarios que retroalimenten la inflación.

La primera reacción del BCE y de la Reserva Federal fue intentar tranquilizar los mercados con un mensaje de relajación de las presiones sobre los tipos de interés, esperada para marzo en Estados Unidos y a finales de año en Europa.

Pero por cuánto tiempo se conseguirá. Si los precios siguen al alza y, cada vez existen más argumentos para creer que así será, los bancos centrales se verán obligados a incrementar el precio del dinero para evitar una grave crisis económica.

El BCE tiene el mandato de endurecer su política monetaria si la inflación a medio plazo supera el dos por ciento. Un porcentaje que se multiplica por tres en España, donde los expertos auguran tasas por encima del diez por ciento en los próximos meses.

La economía camina hacia la estanflación, bajo crecimiento sin inflación. Una tendencia que se corrobora y se acelera después de la escalada de tensiones en Ucrania. Pero, afortunadamente, ésta no se producirá de inmediato.

La transición ecológica sufrirá. Sin gas ruso, Europa está obligada a echar mano de los barcos que lleguen de Oriente Medio y de Estados Unidos, porque la conexión con Noruega no da para más.

La península ibérica, que tiene 8 de las 21 regasificadoras europeas, jugará en papel relevante para suministrar gas al resto de Europa. En previsión de los acontecimientos como el actual, la UE ya declaró al gas y las nucleares como energías sostenibles, lo que las acredita para recibir subvenciones. En Europa podemos ver un renacer de pequeñas centrales nucleares con las que abaratar la energía consumida, a la par que se relajan las prisas por lograr los ambiciosos objetivos en la reducción de las emisiones de CO2.

Desde el punto de vista de la geoestrategia, la alianza de Rusia con China, la segunda superportencia mundial con cerca de 14 billones de PIB, constituye una verdadera amenaza para Occidente. Algunos especulan con que el régimen de Pekín podría aprovechar las tensiones actuales para lanzar un ataque y recuperar Taiwán.

De momento, estos planes forman parte de la ficción. Lo que sí es cierto es que la invasión rusa contribuirá a la regionalización de la economía mundial y al fin de la globalización, puestas ya puesta de manifiesto en el mandato del ex presidente Trump. Resucitará la política de bloques y la guerra fría nacido tras la crisis de los misiles de Cuba en 1962.

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