Opinión

¿Persistirá la inflación? Las probabilidades son escasas, aunque los efectos serían de gran calado

El peligro de que la inflación no sea pasajera

La cuestión de la inflación está actualmente en boca de todos. ¿Es meramente transitoria, como ha afirmado una y otra vez el presidente de la Reserva Federal (Fed) de Estados Unidos, Jerome Powell, o tiene cierta capacidad de persistencia? ¿Mantendrán los bancos centrales, que han respaldado la economía mundial durante varios años interviniendo en los tipos de interés para mantenerlos en niveles anormalmente bajos, esta política ultra acomodaticia? ¿U optarán en cambio por una normalización gradual de su postura tras más de una década de activismo contra la depresión financiera?

Desde el punto álgido de la inflación de 1980 en los países desarrollados, la inflación y los tipos de interés entraron en una espiral descendente de 40 años hasta registrar ocasionalmente una inflación negativa y, en Europa, experimentar varios años de tipos negativos antes imposibles de imaginar. Por supuesto, ha habido algunos periodos de repunte de los precios, como en 2011 o 2018, pero no duraron mucho. La desinflación de los últimos 40 años ha sido posible gracias a la fortísima competencia salarial del universo emergente, a la mayor especialización geográfica de la producción y a los efectos del progreso técnico sobre los empleos poco cualificados en los países desarrollados. Estos factores no han permitido que los salarios se acoplen al precio de los bienes y servicios en el círculo vicioso de una inflación autosostenida.

Estas fuerzas deflacionistas, aún presentes, junto con el envejecimiento de la población y un endeudamiento de la economía mundial sin precedentes en tiempos de paz, son las razones que más se aducen para creer que la inflación actual no es más que transitoria. Si bien la reapertura de la economía mundial después de la pandemia ha impulsado los precios en un contexto de escasez (semiconductores, mano de obra) o de desorganización de las capacidades de transporte, el fin previsto de estos cuellos de botella refuerza la idea de que la inflación actual no ha venido para quedarse. En consecuencia, esta hipótesis se considera ahora la más probable, con algunas variantes en cuanto a la duración de la transición.

Sin embargo, existe una hipótesis alternativa. Existen dos dinámicas independientes que pueden desembocar en una inflación más persistente.

La primera es el precio de la energía y de la electricidad. La transición energética a marchas forzadas ha reducido la inversión en combustibles fósiles, cuya sustitución no parece tan fácil como se esperaba. Esto ha intensificado la subida de los precios del petróleo, el gas o el carbón, debido también a los recientes acontecimientos climáticos que han reducido su producción. Un invierno duro podría exacerbar y prolongar esta inflación energética, lo que repercutiría en toda la economía mundial.

La segunda dinámica puede observarse actualmente en el mercado laboral estadounidense. Gracias a los programas sociales puestos en marcha durante la crisis sanitaria, los hogares estadounidenses han acumulado un exceso de ahorro de 2 billones de dólares: el 11 % del PIB. Esto permite a los trabajadores tomarse su tiempo para negociar su reincorporación al trabajo y, por tanto, los sitúa en una posición privilegiada en las negociaciones salariales por primera vez en más de 40 años, cuando las empresas precisan mano de obra para atender sus carteras de pedidos. Por tanto, los salarios del sector privado han aumentado un 5,5 % en términos generales durante los últimos 12 meses, su mayor alza desde 1982, y la tasa de participación de la población activa en el mercado laboral está disminuyendo en un momento en que las ofertas de empleo se encuentran en máximos históricos. ¿Es esta situación temporal o más persistente? El fin de los programas sociales, el inicio del curso escolar (que libera a los progenitores del cuidado de los hijos) y la reducción de la amenaza de la COVID-19 en Estados Unidos nos darán la respuesta en los próximos meses.

La hipótesis de un fenómeno inflacionista persistente continúa siendo una apuesta con escasas probabilidades de éxito, pero los bancos centrales la contemplan, convencidos aún de que la decisión de abrir o cerrar los grifos de la liquidez solo les pertenece a ellos. Si la inflación actual se revela persistente, será esta quien vuelva a marcar el nivel de los tipos de interés; los bancos centrales no podrán sino ejecutar. Y se acabarían los días en que estas instituciones acudían a nuestro rescate a la menor recesión económica porque, a diferencia de lo que hemos vivido durante tanto tiempo, la inflación impediría la generosidad a la que nos tienen acostumbrados.

Así, podríamos asistir a un auténtico cambio de paradigma. Los Fed watchers, esas personas que siguen con gran atención las comunicaciones y decisiones del banco central estadounidense y que han aprendido a leer entre líneas y a descifrar lo que no se dice para prever sus acciones, perderían primero su poder y luego, sus puestos de trabajo, porque la cruda realidad de la inflación se impondría a todos. Y como la probabilidad, por pequeña que sea, de esta vuelta a las raíces está ahí, la posibilidad de una inflación persistente, con todo lo que implica para nosotros, los ahorradores e inversores, merece toda nuestra atención.

¿Cómo se comportarían las pólizas de seguro de vida en euros en un contexto de subida de los tipos de los bonos? ¿Serían los productos del mercado monetario, como las cuentas de ahorro o las cuentas bancarias, una dura competencia para las inversiones en renta fija? ¿Podrán los grandes valores de crecimiento —esas empresas que consiguen expandir sus beneficios independientemente del ritmo de crecimiento económico y que, a menudo, conforman el núcleo de las carteras— mantener sus elevadas valoraciones? ¿Y qué pasará con el oro o el mercado inmobiliario? Sí, definitivamente debemos reflexionar sobre la posibilidad de una inflación persistente, por mucho que de momento nos parezca ilusoria.

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