Opinión

Movilidad y sostenibilidad, una rima difícil

Los grandes olvidados de las estrategias de movilidad sostenible

La excepcionalidad del mundo con el COVID-19 nos ha trastornado a todos y el ámbito de la movilidad no ha sido una excepción. En la Semana Europea de la Movilidad, vemos como nuevos kilómetros de carril bici, más tráfico de vehículos privados, sistemas públicos de transporte incapaces de gestionar las horas punta de manera segura… Todo ha sumado para añadir confusión a un escenario económico y social ya de por sí complejo.

Desde hace años, la apuesta inequívoca de la UE es el transporte público colectivo y, a pesar de su lógica caída actual, volverá a ser la vanguardia de una movilidad que, apuesta por la eficiencia, la seguridad y el control de emisiones. La pregunta es cuándo volveremos a ver a este transporte público con los volúmenes de actividad previos a la pandemia, ya que el 70% de los ciudadanos se concentra en apenas el 1% del territorio nacional y ello hace perentorio una vuelta a la actividad de la movilidad pública segura y eficiente.

El peatón en las ciudades sigue siendo el gran olvidado de este tipo de planes

Esta visión tiene un problema de base que la hace poco creíble. Las ciudades actuales están diseñadas para coches. El 50% del paisaje urbano son calles en las que los peatones han ido cediendo espacio al tránsito rodado durante los últimos cien años. Este acotamiento del ciudadano a pie se ha tensado más con la incorporación de alternativas cool como las bicicletas y los patinetes eléctricos. Las calles no se han transformado, se han dibujado nuevas líneas sobre el asfalto y se nos ha invitado a apretarnos a todos un poco más.

A este problema manifiesto de seguridad hay que añadirle las singularidades logísticas de la electromovilidad. Ese futuro deseado de coches eléctricos conlleva una inversión y unos espacios objetivos de recarga en unas urbes de suelos y subsuelos muy complejos. Entre 2016 y 2019 la movilidad eléctrica ha experimentado ratios de crecimiento del 40% que se espera se consoliden en los próximos años, produciéndose, en torno a 2040 el momento en el que se fabricarán más vehículos eléctricos que de motor a combustión.

Podemos suponer que, paulatinamente, las ciudades dificulten el tráfico de vehículos privados. Pero cuándo esto suceda qué lugar va a ocupar el automóvil en nuestro ranking de consumo personal y familiar. Y si se aleja del lugar ventajoso que ocupa hasta ahora qué va a suceder con el poderosa sector de automoción que es el mayor generador de empleo industrial del planeta.

El empleo, como la vida en las ciudades, conforman aspectos claves de la sostenibilidad. En el centro de esta ecuación siempre se encuentra el equilibrio entre la preservación del entorno natural con el social y el económico. De momento, el encaje parece moverse entre lo difícil y lo imposible. Seguiremos trabajando en ello.

Una última cosa, el peatón de las ciudades -ese mismo que cada vez acumulará más años en sus piernas- es el gran olvidado de toda historia. Solo algunas urbes han incorporado a su mapa de movilidad sistemas de adaptación, como escaleras mecánicas o ascensores que hagan más vivible la ciudad a pie. Que se puedan destacar como excepciones evidencian el largo camino que todavía resta para equiparar nuestra tracción natural a la de todos los aparatos que nos rodean. Creo que se trata de una última evidencia de lo mal que rima hoy movilidad con sostenibilidad.

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