Elecciones Generales

Colapso Ciudadano: ¿por qué el partido de Albert Rivera se derrumba en las encuestas?

El líder de Ciudadanos, Albert Rivera. Foto: EP

Pronosticar resultados electorales en España se ha convertido en algo delicado. Es cierto que en estos cinco años de multipartidismo las encuestas han ido recuperando el tino, pero el panorama sigue tan inestable -ahora con seis partidos nacionales en lugar de con cuatro- que parece un acto de fe confiar en los oráculos demoscópicos. Precisamente este martes, el CIS insiste en vaticinar lo peor.

Sin embargo casi todos los escenarios previos a los comicios del 10-N coinciden en las líneas básicas, incluyendo un sombrío augurio para Ciudadanos. Afirman los augures que Albert Rivera y los suyos han pasado de tener posibilidades de entrar en La Moncloa a quizás hundirse en un quinto puesto. Y todo en menos de un año y medio.

El punto de inflexión hay que buscarlo a finales de mayo de 2018, cuando la formación gozaba de la mejor situación de su historia, con unas expectativas electorales jamás vistas. Era el punto culminante de un largo camino iniciado justo cuatro años antes, cuando lograron representación por primera vez en unos comicios a escala nacional, aquellas elecciones europeas en las que lograron dos diputados.

¿En qué acertó Ciudadanos?

Por aquel entonces España era muy distinta. UPyD e IU moraban en el Congreso, oponiendo un tenue contrapoder a un PP y un PSOE hegemónicos. Las consecuencias de la crisis económica y social, la desafección política y una calle demandando cambios supusieron el caldo de cultivo perfecto para que aparecieran nuevas formaciones. Igual que Podemos emergió de las brasas del 15M, Ciudadanos -entonces Ciutadans- hizo lo propio en la hoguera de un procés catalán que empezaba a mostrar las primeras llamas.

Podemos inició entonces un proceso fundacional a hombros del clamor popular. En Ciudadanos prefirieron ser más conservadores y articular el crecimiento de forma controlada. Pusieron en marcha 'Movimiento Ciudadano', una campaña para construir los cimientos de un partido nacional que hasta entonces sólo existía en Cataluña. Durante meses combinaron actos de presentación con negociaciones con formaciones regionales centristas, al tiempo que iban captando adeptos.

No tardaron en chocar con UPyD, que ocupaba el mismo espectro ideológico. A pesar de que el partido de Rosa Díez era más reciente que el de Rivera, las infructuosas negociaciones entre ambos hicieron cundir un mensaje: fueron Díez y su guardia pretoriana, ya con grupo propio en el Congreso, quienes cerraron las puertas a un advenedizo que transmitía un mensaje mucho más fresco y moderno que ellos.

Las elecciones autonómicas y municipales llegaron demasiado pronto para los nuevos partidos. No en vano, una cosa es tener un candidato potente para competir en un frente, y otra muy distinta tener la estructura y la capilaridad necesarias para presentarse con garantías en cada ayuntamiento y autonomía.

Así las cosas, Podemos decidió intentarlo con las confluencias para minimizar riesgos, y Ciudadanos apenas se lanzó a competir. Ambos acertaron. El éxito de la fórmula de los de Iglesias en grandes ciudades les hizo dispararse en las encuestas, al tiempo que la cautela de los de Rivera les evitó el desgaste. En paralelo, siguieron creciendo en Cataluña.

Llegaron entonces las autonómicas andaluzas, en las que las expectativas se disparaban para Podemos y se contenían para Ciudadanos. Los primeros lograron quince asientos en lo que se interpretó como un sonoro retroceso -esperaban plantar cara a la aún todopoderosa Susana Díaz-; los segundos, nueve que sonaron a victoria. Un partido -todavía- catalán había logrado despuntar en Andalucía.

Las tornas cambiaron. Podemos empezó a notar el desgaste, a vivir sus primeros problemas internos. El foco fue pasando de Juan Carlos Monedero a Íñigo Errejón, al distanciamiento de Manuela Carmena respecto a Pablo Iglesias, de las desavenencias con Teresa Rodríguez y Pablo Echenique. Al enfrentamiento cuerpo a cuerpo con un PSOE en plena convulsión interna.

Mientras Ciudadanos siguió a lo suyo. Eligió un rival más débil contra el que competir y salió victorioso: UPyD acabó desapareciendo y sus miembros cambiaban de bando en estampida. Aún entonces tuvieron precaución con las incorporaciones y optaron por no regalar puestos de salida, o no directamente, a sus fichajes de relumbrón.

A la vez que Podemos se ponía de frente al PSOE, Ciudadanos optó por hacerse necesario. Así, negoció con el PSOE en Andalucía y con el PP en la Comunidad de Madrid, imponiendo condiciones respecto a los afectados por escándalos de corrupción. Les acusaron de actuar de muletas de los partidos a los que había venido a combatir, pero consiguieron un objetivo clave: nunca una cuarta fuerza había sido tan relevante en términos de gobernabilidad.

Llegaron las generales y, Ley Electoral mediante, los de Rivera no lograron los resultados esperados. De poco sirvió que incorporaran a independientes, o que llevaran a cabo una campaña de mercadotecnia ejemplar. Sin embargo, una vez más, se hicieron necesarios: tendieron su mano a Pedro Sánchez primero y a Mariano Rajoy después. Lo primero fue en aras de combatir la corrupción, lo segundo para asegurar la gobernabilidad tras el bloqueo y la repetición electoral.

La legislatura, por fin, se puso en marcha. En Ciudadanos tenían la llave de dos importantes gobiernos autonómicos y, lista conjunta del independentismo mediante, habían emergido como líderes de la oposición en Cataluña. Los referentes del constitucionalismo, según su argumentario, allí donde estaba más amenazado.

El viento empezó a soplar a favor: eran visibles, con buena imagen y tenían influencia sin tener que mancharse las manos gobernando. Porque pocas cosas ayudan más en política que crecer a rebufo de quien gobierna, y pocas desgastan más que acabar gobernando. Y eso fue justo lo que le pasó al PP: lo que los recortes sociales no consiguieron lo hicieron los escándalos de corrupción, sucediéndose casi a diario en los titulares. Eso y su gestión del procés catalán acabaron por dar alas a los de Rivera.

La idea tenía lógica: mientras el PP había casi desaparecido en Cataluña, Ciudadanos había emergido; mientras el Gobierno rehuía de dar explicaciones, Rivera y los suyos se movían con soltura en los titulares. Por primera vez en Ciudadanos tomaron conciencia de que su éxito final dependía del fracaso de los populares, así que se lanzaron en tromba a atraer a los votantes descontentos de un partido en descomposición. Y ahí empezó el derrumbe.

¿En qué falló Ciudadanos?

En paralelo empezó a suceder algo imprevisto: España dejó de ser la excepción europea en la que la extrema derecha no tenía representación. El derrumbe del PP, un gran aglutinador de sensibilidades, no sólo abrió las puertas del centro, sino que dejó al aire ese extremo ideológico que, con habilidad, empezó a polarizar el debate. En consecuencia, Ciudadanos empezó a escorar su mensaje para intentar convertirse en el partido conservador de referencia: empezó la guerra de la derecha.

El giro ideológico trajo consecuencias prácticas, como el veto al PSOE. Rivera y los suyos pensaron que para amortizar al PP debía presentarse como rival de los socialistas. Exactamente el mismo error que Pablo Iglesias había cometido meses atrás, cuando empezó su retroceso. Y con exactamente las mismas consecuencias.

En ese clima llegó el punto de inflexión: el PSOE se atrevió a lanzar una moción de censura contra un Mariano Rajoy que, por primera vez, se vio salpicado de lleno por la Justicia y sus procesos respecto al caso Gürtel. Contra pronóstico, y en una operación orquestada por Iglesias, el nacionalismo se puso del lado de un Sánchez que había apoyado la aplicación del artículo 155 e hizo posible que saliera adelante.

Fue ahí, justo ahí, cuando todo se torció para Ciudadanos. Rivera se vio forzado a salir del rebufo por primera vez y tomar una decisión complicada: erigir a Sánchez como presidente y arriesgarse a que los desencantados regresaran espantados al PP o ponerse de lado y quedar como el único defensor, aunque fuera absteniéndose, de un Mariano Rajoy herido de muerte. Eligió muerte.

Lo edificado en cuatro años empezó a tambalearse. El líder del partido empezó a inquietarse con las disidencias internas, voces que pedían pactar con Sánchez frente al PP y que fueron desplazados de los puestos clave de la directiva de la organización. Después llegaron las irregularidades en los procesos de elección de candidatos, como en Castilla y León, donde se 'forzó' la victoria de una tránsfuga del PP sobre un diputado discrepante. Tuvieron que dar marcha atrás, pero el daño ya estaba hecho, y se repitió en varias regiones.

La inteligente gestión de Sánchez y los suyos al llegar a La Moncloa, que convirtieron la elección de ministros en una especie de evento, desplazó del foco a Ciudadanos durante meses. El nuevo PP de Pablo Casado endureció su discurso para cerrar el paso a Vox, y los de Rivera, huyendo del crecimiento de Sánchez en el centro, hicieron lo propio.

Ciudadanos había dejado de ser un partido de centro porque empezó sólo a mirar hacia la derecha, pero de poco le sirvió en las urnas: de los 71 escaños que se dejó el PP el pasado mes de abril los de Rivera sólo lograron hacerse con 25. Crecieron, se convirtieron en terceros... pero la estrategia para desplazar a un PP moribundo había fracasado. Y entonces empezaron a sentirse las consecuencias.

En el otro bando de la contienda el Gobierno resultante de la moción no había podido gobernar, pero sí lograr un objetivo partidista: resucitar al PSOE tras años de penitencia por su gestión de la crisis y sus guerras civiles internas. El hecho de que Susana Díaz perdiera Andalucía y que Ciudadanos empezara a sellar acuerdos con Vox fueron quizá las derrotas más dulces de Sánchez y los suyos, y una nueva losa en la trayectoria de Rivera: en un año habían pasado de estar por encima de los socialistas en intención de voto a tener menos de la mitad de sus escaños.

Igual que pasara con UPyD, pero con una hemorragia más controlada, comenzaron a sucederse las salidas de la formación. Algunos históricos fundadores y muchos cuadros medios decidieron abandonar puestos de dirección del partido y, en algunos casos, hasta abandonarlo. El impacto de la crisis interna se dejó notar, y de qué manera, en los sondeos.

Esta vez Ciudadanos no ofreció su mano para romper el bloqueo, y se volvió a convocar a las urnas. Para entonces el nuevo PP se había dado cuenta de los errores de su polarización y empezó el camino inverso, de vuelta hacia la moderación -recuperación de ciertos marianistas incluida-. Los de Rivera, definitivamente, se habían quedado fuera de foco y heridos de muerte por su escalada fallida.

En un intento de contrarrestar la situación el líder de la formación movió a su pieza más valiosa, la reina de su ajedrez. Inés Arrimadas salió de Cataluña hacia la contienda nacional. El movimiento casi pasó inadvertido, y a buen seguro tendrá impacto en su región más importante, donde el PSC resistió contra viento y marea y podría experimentar un importante crecimiento si continúa la escalada violenta del soberanismo.

Ahora falta ver si las encuestas aciertan o, de nuevo, se equivocan. Quizá Ciudadanos tenga unos cimientos resistentes y puedan evitar el derrumbe. De lo contrario, los resultados electorales de las cuartas elecciones generales en cinco años podrían hacer pensar que la decisión de mover a Arrimadas no fue sólo otro error de cálculo de Rivera, sino el primer movimiento hacia algo que algunas voces empiezan a susurrar: preparar su propia sucesión.

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