Daniel Gros

Director del Centro de Estudios de Política Europea

La construcción de nación ha fracasado manifiestamente en Afganistán. Daron Acemoglu del MIT ha dilucidado una importante razón para ello: Occidente adoptó un enfoque de arriba hacia abajo para establecer instituciones estatales, a pesar de que Afganistán es una “sociedad profundamente heterogénea organizada en torno a las costumbres y normas locales”. No obstante, los factores económicos también desempeñaron un papel fundamental.

La vacunación es la mejor protección contra el Covid-19, y las pruebas de ello son abrumadoras. Aunque la protección contra la infección o la transmisión no está garantizada -especialmente con la variante Delta en auge-, vacunarse reduce sustancialmente el riesgo de enfermedad grave, hospitalización y muerte por el coronavirus. Por lo tanto, la vacunación generalizada es la clave para que los gobiernos responsables puedan relajar las restricciones de salud pública, permitiendo así que continúe la recuperación económica. Pero esto parece cada vez más inalcanzable.

Las subidas de los indicadores de crecimiento en las grandes economías están siendo acompañadas por una firme recuperación del comercio internacional. Es una buena noticia que merece más atención. Hace menos de doce meses, muchos observadores predecían el fin de la globalización. La pandemia interrumpió cadenas de suministro, y las vulnerabilidades y dependencias resultantes llevaron a muchos Gobiernos a alentar una “repatriación” de la producción de bienes esenciales, después de décadas marcadas por la deslocalización de fábricas e industrias enteras.

Ahora que Europa finalmente alcanza a Estados Unidos en cuanto al nivel de vacunación de su población, ambos lados del Atlántico parecen estar listos para una fuerte recuperación económica. Sin embargo, las políticas macroeconómicas son divergentes en maneras que podrían crear problemas graves en el futuro.

En todo lo que concierne a la vacunación contra el Covid-19, Europa va muy por detrás de otras áreas económicas comparables. Hasta ahora, menos del 15% de la población de la UE ha recibido al menos una dosis, frente al 31% de Estados Unidos y el 45% de Reino Unido. El fracaso de la Unión es tan profundo que la Organización Mundial de la Salud, normalmente tan benévola, se vio recientemente obligada a reiterar lo obvio: la lentitud en el despliegue de la vacuna prolongará la pandemia, con altos costes humanos y económicos.

Muchos gobiernos europeos están tratando de combatir la segunda ola de la pandemia COVID-19 imponiendo un "confinamiento ligero", que suele incluir limitaciones en las operaciones de restaurantes, bares y algunas tiendas no esenciales. La suposición detrás de estos cierres parciales es que el riesgo de infección es alto cuando las personas interactúan y se relacionan en espacios cerrados. Un documento reciente publicado en Nature proporciona más evidencia, misma que señala que lugares como restaurantes, gimnasios y cafés pueden desempeñar un papel importante en la propagación del coronavirus.

Las elecciones tienden a poner en evidencia las diferencias. Eso es notabletamente cierto en los recientes comicios presidenciales de Estados Unidos, en las que sigue el recuento de los votos. Además de ser las elecciones más duramente disputadas de la historia del país, el resultado tendrá profundas implicaciones en muchos aspectos de la política estadounidense. Sin embargo, hay un tema en el que ambas partes parecen estar de acuerdo: la necesidad de “detener” a China.

La razón oficial de la renuncia de Shinzo Abe al cargo de primer ministro de Japón (que ocupó por más tiempo que nadie) fue su salud. Es posible que con su partida también termine el programa de política económica que caracterizó su mandato.

Europa está experimentando una crisis "buena", si se me permite la palabra. A pesar del daño ocasionado por la pandemia del Covid-19 y la recesión consiguiente, su respuesta ha minimizado los daños e impulsado la confianza en la economía. Sin embargo, hasta estas noticias positivas conllevan riesgos.