Miembro de la junta directiva y miembro distinguido del Centro de Estudios Políticos Europeos

En los últimos meses, los precios del gas y la electricidad en Europa se dispararon casi un 100% hasta alcanzar niveles sin precedentes, luego cayeron un tercio y ahora se han vuelto a disparar desde que Rusia anunció que la explotación del Nord Stream 1, su gasoducto a Alemania, seguiría suspendida indefinidamente. Muchos líderes europeos han reaccionado a las salvajes oscilaciones de las bolsas de energía de Europa culpando a los mercados. Pero disparar al mensajero nunca es el enfoque correcto.

Opinión

Gran parte de la sabiduría convencional sobre la actual crisis del gas natural en Europa –provocada por la reducción de los suministros de Rusia– se basa en dos supuestos: que la economía alemana depende del gas ruso barato y esta exposición ha salido espectacularmente mal para los intereses del mal que ahora gobierna Olaf Scholz. Pero aunque la industria alemana es fuerte, y el país importa mucho gas natural de Rusia, un examen más detallado de las cifras y los aspectos económicos no apoya la narrativa predominante.

Con los precios de la energía altos y al alza, y la inflación disparada, la situación empieza a parecerse de nuevo a la de finales de los años setenta. Pero las apariencias engañan.

En cuestión de meses, la Unión Europea ha reducido su dependencia del petróleo ruso en tal forma que ahora está lista para imponer un embargo. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, ha anunciado un plan para prohibir las importaciones de petróleo crudo ruso a la mayor parte de la UE en los próximos seis meses y de los productos de petróleo refinado hasta finales de este año. Sin embargo, para tener un impacto significativo en el presupuesto de Rusia, Europa también debe poner fin a su dependencia del gas ruso. Esto será mucho más difícil de lograr. De hecho, la decisión de Putin de cortar el suministro a la UE por Polonia ha hecho subir un 20% el hidrocarburo.

Los elevados precios de las materias primas tienen al mundo en vilo. La inflación ha alcanzado el 7% tanto en Estados Unidos como en Europa - un nivel no visto en décadas - y los consumidores europeos se enfrentan a pérdidas de poder adquisitivo equivalentes a las causadas por las crisis del petróleo de los años 70. La recuperación económica de la pandemia corre ahora el riesgo de estancarse, y el espectro de la estanflación se cierne sobre los países desarrollados, desde la Unión Europea hasta Japón.

Debido a que Estados Unidos es quien lidera el esfuerzo para evitar una invasión rusa a Ucrania, los funcionarios de la Unión Europea son un manojo de nervios. Europa no sólo está ausente de la mesa de negociaciones, ellos se quejan, señalando, además, que la seguridad de Europa está en juego.

Durante la fase aguda de la pandemia de COVID-19 en la primavera del año 2020, cuando una gran parte de la población estaba encerrada en casa, la economía cayó en una profunda recesión que golpeó en especial a los trabajadores no calificados y a las minorías. Además, a diferencia de las recesiones anteriores, la pérdida de empleos se concentró en sectores con una alta proporción de trabajadoras mujeres, lo que justifica el uso del término “recesión femenina”.

La inflación de los precios al consumidor en la eurozona se acelera mes tras mes en la recta final de este año, llegando a una tasa que se sitúa en niveles máximos en 13 años, lo que provocó una ola de titulares alarmistas. La inflación anual en Estados Unidos también bate marcas y, de hecho, la Reserva Federal ya empezó a retirar sus estímulos. Por lo antedicho, la pregunta que se debe hacer es: ¿hasta qué punto deberían preocuparse los políticos europeos y estadounidenses por un posible aumento prolongado de la inflación?

La construcción de nación ha fracasado manifiestamente en Afganistán. Daron Acemoglu del MIT ha dilucidado una importante razón para ello: Occidente adoptó un enfoque de arriba hacia abajo para establecer instituciones estatales, a pesar de que Afganistán es una “sociedad profundamente heterogénea organizada en torno a las costumbres y normas locales”. No obstante, los factores económicos también desempeñaron un papel fundamental.

La vacunación es la mejor protección contra el Covid-19, y las pruebas de ello son abrumadoras. Aunque la protección contra la infección o la transmisión no está garantizada -especialmente con la variante Delta en auge-, vacunarse reduce sustancialmente el riesgo de enfermedad grave, hospitalización y muerte por el coronavirus. Por lo tanto, la vacunación generalizada es la clave para que los gobiernos responsables puedan relajar las restricciones de salud pública, permitiendo así que continúe la recuperación económica. Pero esto parece cada vez más inalcanzable.