Opinión

Los costes que se esconden tras la ralentización de la globalización

La desglobalización tiene un alto coste

El surgimiento de un sistema abierto de comercio multilateral que separó el comercio de la geopolítica jugó un papel crucial en la economía posterior a la Segunda Guerra Mundial. Pero hoy, en que las consideraciones geopolíticas influyen cada vez más en las políticas de comercio, se está haciendo visible un nuevo paradigma.

Esta tendencia comenzó con los aranceles aduaneros impuestos por el ex Presidente estadounidense Donald Trump a las importaciones chinas en 2018, que fueron mantenidas por la administración del Presidente Joe Biden, y causaron que China impusiera sus propios aranceles a las importaciones estadounidenses. Después, en 2022, tras la invasión de Ucrania por parte del Presidente ruso Vladimir Putin, los países del G7 y la Unión Europea impusieron amplias sanciones económicas a Rusia, que en la práctica prohibieron las importaciones y exportaciones hacia y desde este país.

En lugar de causar una disminución del comercio global, estas barreras y restricciones al comercio meramente lo hicieron más demoroso, ocasionando su ralentización ("slowbalization"). Notablemente, a pesar de la guerra en Ucrania y las perturbaciones a la cadena de suministros de los últimos años, el comercio como porcentaje del PIB alcanzó un máximo histórico en 2022, resaltando la resiliencia del sistema de comercio internacional. De hecho, los aumentos de los precios de los envíos por contenedores desde ese año se pueden atribuir a un alza inesperada en el volumen de productos enviados mundialmente.

Si bien puede resultar tentador argumentar que las medidas con motivación geopolítica han tenido un efecto económico ínfimo, la resiliencia que se percibe en el comercio global puede llevar a engaño. Aunque las barreras comerciales recientes generaron volúmenes de comercio más altos, muchas de ellas tienen costes significativos.

De buenas a primeras, la noción de que un arancel pueda impulsar el comercio puede parecer paradójica. Sin embargo, casi la totalidad de los aranceles y restricciones al comercio impuestos por EE.UU. desde 2018 se han dirigido específicamente a China y han dejado intactas las importaciones procedentes de otros países. En consecuencia, se produjo un agudo descenso de las importaciones chinas, y las importaciones desde países como Vietnam han aumentado. Muchos productos para el consumidor se envían a los EE.UU. tras ser ensamblados en Vietnam y otros países del sudeste asiático.

Pero estas importaciones siguen dependiendo de insumos intermedios procedentes de China. Por consiguiente, los volúmenes de comercio han crecido debido a que, mientras las importaciones estadounidenses de bienes de consumo desde Asia han permanecido constantes, han aumentado las exportaciones de China de insumos intermedios a sus vecinos asiáticos. De manera similar, si bien México ha superado a China como principal exportador de productos a los Estados Unidos, sus propias importaciones desde China han subido cerca de un 40% desde 2018.

El mercado de los vehículos eléctricos (VE) ilustra cómo las prácticas discriminatorias pueden fomentar el comercio. Los aranceles a los VE chinos se están acercando al 30%, y las regulaciones estadounidenses descalifican los VE que contengan componentes producidos o ensamblados en las "entidades de interés" para la recepción de créditos tributarios, impidiendo en la práctica la presencia de los fabricantes chinos en el mercado estadounidense. En contraste, los VE europeos están sujetos a un arancel significativamente menor del 2,5% y califican para un subsidio al alquiler de 7.500 dólares que contempla la Ley de Reducción de la Inflación. En consecuencia, las exportaciones de VE chinos se han desplazado a Europa, mientras que los fabricantes automotrices europeos han medrado en los Estados Unidos.

Mientras tanto, la UE está pasando por un proceso similar. Después de las sanciones occidentales a Rusia, las exportaciones europeas destinadas a Turquía y países centroasiáticos como Kazajistán y Kirguistán se han ido a las nubes. Al mismo tiempo, los volúmenes de comercio entre estos países y Rusia se han disparado.

Tales métodos de evasión de sanciones o aranceles discriminatorios causan costes más altos de producción y logística, ya que ahora los productos deben ser transportados a países intermediarios antes de enviarse a los EE.UU. Por ende, las sanciones y aranceles discriminatorios pueden tanto impulsar el comercio como reducir la prosperidad.

Estos efectos perjudiciales subrayan la importancia del principio de "nación más favorecida" que por largo tiempo ha sido la piedra angular del sistema de comercio global. Las iniciativas concertadas para liberalizar el comercio, primero mediante al Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio, y posteriormente con la Organización Mundial del Comercio, han elevado los volúmenes de comercio y la prosperidad general gracias a este enfoque no discriminatorio. En contraste, las actuales barreras al comercio y aranceles discriminatorios por razones geopolíticas apuntan explícitamente a países específicos que se ven como hostiles o como potenciales amenazas.

¿Quién paga el precio? La teoría económica (y el sentido común) da una respuesta clara: los países que imponen restricciones discriminatorias al comercio acaban pagando los costes mientras el resto del mundo se beneficia. En consecuencia, mientras EE.UU. y China sufren los efectos negativos de su guerra arancelaria, Vietnam y México salen ganadores como intermediarios. De manera similar, Turquía y los países de Asia Central se benefician de las sanciones contra Rusia, mientras la UE paga la cuenta.

Esta distribución de costes y beneficios ayuda a explicar la limitada oposición internacional a los aranceles de Trump contra China. Después de todo, la UE, México o Vietnam tienen pocos incentivos para poner objeciones a una política estadounidense que beneficia sus propias industrias. Por consiguiente, es improbable que la presión internacional disuada a potencias de la talla de EE.UU. o China de priorizar consideraciones geopolíticas por sobre la liberalización del comercio. Para contrarrestar esta tendencia, resulta crucial que los líderes políticos caigan en cuenta de los efectos adversos de las barreras al comercio.

Como la más abierta y menos ambiciosa en lo geopolítico de las grandes potencias económicas del mundo, es probable que la UE sea la primera en reconocer esto. Estados Unidos, en particular, es la potencia que más puede perder si continúa su guerra comercial con China. Para evitar este resultado, debe cambiar de rumbo y volver a los principios antidiscriminatorios que por largo tiempo han sustentado las políticas del comercio mundial.

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