Alberto Horcajo

Cofundador de Red Colmena
TECNOLOGÍA

La inteligencia artificial (IA) es el motor del imparable crecimiento de los intercambios de datos entre personas, personas y máquinas y máquinas entre sí. Alrededor de este concepto se plantean múltiples cuestiones, de orden técnico, económico e incluso ético que están alimentando un debate sobre la centralidad del ser humano en el nuevo orden del conocimiento, tal vez avanzando en lo que José María Lassalle ha calificado de "humanismo tecnológico".

A principios del pasado mayo, en pleno estado de alarma, se lanzó por parte del Ministerio de Asuntos Económicos y Transformación Digital, a través de Red.es, un paquete de ayudas para la digitalización de pequeñas y medianas empresas (dentro del programa AceleraPyme), así como para la formación para el empleo en habilidades digitales, por un total de 70 millones de euros, con cargo a fondos europeos (FSE y Feder). La motivación esencialmente reparadora de estas ayudas debe también ponerse en relación con la adquisición de conocimientos relevantes para poder competir en mercados altamente digitalizados y la necesaria transformación empresarial que permita acelerar la productividad en múltiples sectores, especialmente de los servicios y compatibilizar ocupación y mejora del poder adquisitivo.

La reciente OPA sobre MásMovil, apenas unos días después de la publicación de la sentencia del Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE) sobre la frustrada fusión de la filial británica de Telefónica UK (O2) y Hutchinson 3G UK (Three) ha agitado el apacible mercado de las telecomunicaciones en España y en Europa, mientras se van conociendo diversos planes de los operadores para competir con más ahínco, si cabe, en un sector con una oferta variadísima, ahora enriquecida con el lanzamiento de Virgin Telco, la apuesta de Euskaltel para vender paquetes de banda ancha, de móvil y convergentes, más allá de las zonas en las que dispone de red fija propia (País Vasco, Asturias y Galicia).

ANÁLISIS

Después de un primer intento hace casi dos años de someter a tributación en España las actividades de publicidad e intermediación en línea y de transmisión a terceros de datos personales obtenidos con el consentimiento de sus titulares, en la fase de reconstrucción de las finanzas públicas, anticipando los efectos devastadores de la pandemia, vuelve a contemplarse por el Gobierno la creación de un impuesto propio de la economía digital (ISDSD), conocido como tasa Google. Más allá de lo reflejado en el proyecto de ley, publicado primero en el BOCG el 25 de enero de 2019 y nuevamente prácticamente inalterado el 28 de febrero pasado, la nueva figura tributaria, cuya adopción en España tendría carácter de primicia, vale la pena considerar los efectos que la misma tendría en la actividad económica y en el entramado de estímulos y barreras al impulso de la digitalización de la producción y el consumo de bienes y servicios. Se trata de gravar actividades a través de las cuales el intermediario digital (sea para la provisión de publicidad dirigida sobre una plataforma en un interfaz o conexión ajeno, para la ejecución de transacciones sobre una tal plataforma o para la entrega a terceros de datos susceptibles de utilización posterior, al haber sido cedidos legalmente por sus titulares) obtiene una renta intangible y habitualmente remunerada ("la información con información se paga").

ANÁLISIS

Los datos libres y compartidos crean un nuevo paradigma de generación y uso de la información y propician una demanda explosiva de banda ancha que justifica el aumento imparable de las franquicias de datos en los contratos con los operadores y la irrupción generalizada de las tarifas ilimitadas, que asimilan la disponibilidad del caudal de los accesos móviles a la fibra. Tales son los ingredientes de la nueva economía digital al alcance de todos los negocios y todos los perfiles de uso, con una nueva pujanza de los modelos más económicos, pasando del software libre a los datos libres; de los servidores propios al pago por uso de los recursos informáticos y de las redes dedicadas basados en compromisos de continuidad del servicio, y de la compartición de la conectividad en función de los tráficos (peering), propia de los intercambios entre operadores a la ventaja en costes de la llamada hiperescala de los titanes de Internet (Microsoft, Facebook, Amazon, Google).

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