Opinión

Cambio en el modelo de crecimiento global

Un nuevo modelo de crecimiento sostenible (no solo desde el punto de vista ecológica) es vital para Europa

Las expectativas sobre la recuperación mundial en 2021 son muy optimistas y un tanto complacientes porque la magnitud del apoyo prestado por los bancos centrales y los gobiernos no se había visto nunca anteriormente. El balance de la FED creció de 5.800 millones de dólares a 7.700 millones en un año. El balance del BCE es más del 60% del PIB de la Unión Europea y los diferentes gobiernos han comprometido 16.000 millones de dólares en paquetes presupuestarios en todo el mundo, es decir, el 20% del PIB mundial. Las expectativas de crecimiento económico son altas, pero hasta ahora han tenido dificultades para materializarse plenamente porque el virus sigue afectando la economía.

Así, nos encontramos en una situación en la que la deuda mundial representa el 365% del PIB y las valoraciones también están en máximos históricos. Esto ocurre en medio de una gran inversión: la globalización ha llegado a un punto de inflexión, la mano de obra mundial se está contrayendo, y tanto los tipos de interés como los tipos impositivos han alcanzado probablemente un suelo y empiezan a subir de nuevo más allá de la lógica recuperación económica a corto plazo que permiten las políticas acomodaticias, el crecimiento mundial debería ralentizarse a medio plazo.

En Europa, las cifras de crecimiento siguen siendo vagas y la situación en la India pondrá en peligro las expectativas de crecimiento mundial en 2021. Los Estados Unidos parecen ser la excepción, ya que, por primera vez en su historia, los hogares estadounidenses han recibido suficiente apoyo para no sufrir ninguna disminución de ingresos en un periodo de recesión. La respuesta de China a la crisis ha sido muy diferente a la de otros países desarrollados y, tras una fuerte recuperación, su economía se está estabilizando. La china es la única economía desarrollada con tipos de interés reales positivos y un crecimiento positivo del PIB en 2020.

La crisis de la Covid-19 ha cambiado por completo la teoría de una política fiscal sólida. En 1989, el FMI, el Banco Mundial y el Tesoro de Estados Unidos publicaron una lista de políticas destinadas a sacar a los países en desarrollo de la crisis. 30 años más tarde de este "consenso de Washington", podemos ver la inversión total en términos de cómo se ha gestionado la crisis. Una menor globalización y una fuerte tendencia demográfica devolverán la inflación y probablemente marcará el fin de la alineación de intereses entre gobiernos y bancos centrales que ha durado 35 años.

Asimismo, una menor globalización implica cadenas de suministro más cortas y la deslocalización. Esto va acompañado de mayores costes laborales y de producción para las empresas y de una menor capacidad para optimizar los impuestos. Para seguir siendo competitivas, las empresas necesitan invertir masivamente en dos direcciones: la digitalización y la transición energética. Son dos oportunidades de inversión importantes.

En los sectores que necesitan reinventarse tras la Covid-19, surgen oportunidades para convertir el exceso de deuda en capital mediante la aportación de capital híbrido o instrumentos convertibles. La reconversión de activos también es una oportunidad: transformar un centro comercial o una zona de oficinas completa en un lugar que mezcle vivienda, oficinas y comercio minorista tiene sentido en un mundo post-Covid.

La crisis de la Covid-19 ha puesto de manifiesto la extraordinaria vulnerabilidad de un modelo de crecimiento construido sobre el crecimiento a corto plazo. La transición energética es una forma de que las economías sigan siendo competitivas ahorrando en costes energéticos y construyendo un ecosistema económico más resistente y local. La Covid-19 sitúa la transición energética en el centro de la recuperación económica en Europa, Estados Unidos y China. Esta es, probablemente, la mayor tendencia acelerada por la situación pandémica.

En este contexto, las inversiones alternativas han adquirido un papel más importante. Proporcionar capital y financiación estables y pacientes a largo plazo a las empresas medianas es fundamental. Existe un reto social y, por tanto, político para garantizar que esas empresas reciban la financiación y el capital que necesitan para operar. El private equity y la deuda privada son fundamentales para financiar la economía real.

A diferencia de la crisis de 2008, la crisis de la Covid-19 ha reforzado el diálogo entre reguladores, gobiernos y financieros: tenemos como mucho diez años para completar una transición hacia un modelo de crecimiento económico más sostenible que no sólo aborde la urgencia climática, sino que aporte un marco social más resistente e inclusivo que evite el populismo y el nacionalismo. El sector de la gestión de activos tiene un papel que desempeñar en este reto.

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