Opinión

Lecciones de Japón para la crisis

Luces y sombras del programa económico del exprimer ministro japonés Shinzo Abe

La razón oficial de la renuncia de Shinzo Abe al cargo de primer ministro de Japón (que ocupó por más tiempo que nadie) fue su salud. Es posible que con su partida también termine el programa de política económica que caracterizó su mandato.

La Abenomics se presentó con bombo y platillos en 2013; es buen momento pues para analizar sus resultados en estos siete años. La versión oficial publicada en el sitio web del gobierno de Japón siempre habló de tres "flechas": una política monetaria decidida, una política fiscal flexible y una estrategia de crecimiento con reforma estructural incluida.

Está claro que de las tres, el acento estuvo puesto en la política monetaria. El Banco de Japón implementó un enorme programa de flexibilización cuantitativa para la compra de deuda pública, de la que ya posee cerca de la mitad. Pero aunque la meta oficial era subir la inflación anual al 2%, todavía no se llegó a ella.

La poca eficacia de la flexibilización era predecible desde el primer momento, ya que a principios de 2013 los tipos de interés a largo plazo ya estaban en un nivel bajo, cercano al 0,6%. Y desde 2016 vienen fluctuando en torno de cero. De modo que podría atribuirse a la "flecha"monetaria de la Abenomics una caída de 0,6 puntos, insuficiente para activar la inflación.

En cuanto a la segunda flecha de la Abenomics, "política fiscal flexible", algunos observadores la interpretaron como sinónimo de estímulo fiscal, mientras que otros anticipaban una consolidación fiscal. Lo cierto es que en su mayoría, las políticas implementadas se corresponden con la segunda categoría. Justo antes del regreso al poder de Abe en diciembre de 2012, el déficit fiscal era superior al 8% del PIB; en 2016?19, se redujo a entre 3 y 4%.

Esta reducción frenó considerablemente el crecimiento de la deuda de Japón en relación con su economía. El cociente actual deuda neta/PIB (alrededor del 150%) se mantendrá sin cambios mientras la tasa de crecimiento nominal siga por encima de 2% y el déficit fiscal no supere el 3%. De modo que un logro clave de la Abenomics fue estabilizar las finanzas públicas.

La tercera flecha incluía reformas estructurales para alentar el crecimiento económico, mediante un aumento de la productividad de la fuerza laboral y de su tamaño. En lo primero, la Abenomics fue un total fracaso. A diferencia de la eurozona, donde en los últimos siete años hubo al menos un ligero aumento de la productividad de la mano de obra, en Japón se mantiene igual desde 2010.

Por otra parte, en lo referido al tamaño de la fuerza laboral hubo algún avance. Pero Japón ya tenía una alta tasa de participación laboral antes del comienzo de la Abenomics, y los incrementos posteriores se corresponden con lo que cabía esperar en cualquier caso. Como el porcentaje de participación creció muy poco y la productividad casi no mejoró, el crecimiento del ingreso con la Abenomics se ha mantenido en los mismos niveles bajos de antes (menos del 1% anual en promedio).

Hubo un breve lapso durante el cual un fuerte rebote transitorio de la economía, tras una recesión inducida por una suba de impuestos en 2014, se vio como prueba del éxito de la Abenomics. Pero esa recuperación se debió en parte a una mejora sustancial de los términos de intercambio debida al abaratamiento del gas natural licuado, que Japón tuvo que importar en mayor cantidad después del desastre nuclear de Fukushima en 2011. Este estímulo transitorio no bastó para iniciar una nueva etapa de crecimiento sostenido.

Conviene estudiar con mucha atención lo sucedido en Japón, para extraer enseñanzas respecto de lo que el futuro puede deparar a Europa y otras economías avanzadas.

Una enseñanza fundamental de la experiencia japonesa es lo extremadamente difícil que es generar inflación en una sociedad que envejece donde hay exceso de ahorro y abundancia de capital. En 2014, hubo en la eurozona una breve caída de la inflación subyacente por debajo de 1%, momento en el cual el BCE comenzó un cuantioso programa de compra de activos. Pero tras varios años de aplicar el programa, la inflación apenas superaba el 1%. Y ahora la pandemia dificultará todavía más llegar a la canónica tasa de inflación del 2%. De hecho, es posible que el BCE esté siguiendo una meta inalcanzable en un futuro cercano.

Una segunda enseñanza es que la tasa de crecimiento es importante desde un punto de vista político, aun cuando lo que realmente incide sobre el bienestar económico es el ingreso per cápita. Esto es fundamental para Europa, porque las tendencias demográficas actuales en la eurozona se parecen a las de Japón en años recientes. El promedio de población en edad de trabajar de los 19 países miembros de la eurozona viene cayendo alrededor de medio punto porcentual al año. Es una reducción menos pronunciada que en Japón, pero todo indica que se mantendrá por mucho tiempo, de modo que la eurozona va camino de otra década de escaso crecimiento, cualquiera sea el efecto de la crisis del Covid. Y aunque un aumento del ingreso per cápita no es imposible, para lograrlo es necesaria una mejora de la productividad.

La mayor productividad es lo único que puede dar un crecimiento económico a largo plazo

Finalmente, a falta de más inmigración, los límites impuestos por la contracción de la población en edad de trabajar se pueden superar subiendo la edad de retiro y aumentando la participación de personas de más edad en la fuerza laboral. Esos cambios se condicen con el aumento de la expectativa de vida en general, y ya se estaban dando en muchos países europeos antes de la crisis del Covid.

Pero aumentar la participación en la fuerza laboral es una mejora transitoria. Para obtener un crecimiento firme a largo plazo se necesita un mayor incremento de la productividad. Ese es el principal desafío económico que enfrenta Europa, y para darle una respuesta contundente, es necesario que los inmensos recursos fiscales que se están aunando para hacer frente a la pandemia se destinen a la creación de una economía más ecológica y digital, en vez de apuntalar esquemas y estructuras económicas del pasado.

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