Internacional

Japón, el país inmune al peso de una deuda pública estratosférica

  • El Banco Central compra bonos "sin límite" y el país ya debe el 257% de su PIB
El primer ministro de Japón, Shinzo Abe. Foto: Reuters.

El premio Nobel de Economía Simon Kuznets dijo una vez que existían cuatro tipos de países: "Los desarrollados, los subdesarrollados, Argentina y Japón". Y estas dos últimas categorías llevan décadas fascinando a analistas de todo tipo.

De Argentina ya se está hablando bastante estos días: lleva tiempo coleccionando suspensiones de pagos -y parece que pronto sumará otra más- y datos de inflación inexplicables para una democracia consolidada que ni está ni en guerra ni ha sufrido ningún tipo de catástrofe natural. Y Japón, por los motivos contrarios: es un país con niveles absolutamente estratosféricos de deuda pública que no sufre ningún tipo de castigo por ello. Un espejo en el que buscan mirarse todos los países pensando en lo que se viene en los próximos meses, después de que el coronavirus dispare el déficit y la deuda públicas de España, media Europa y EEUU.

En concreto, las cifras recientes son extraordinarias. El país debe un 257% de su PIB, unos 9,8 billones de dólares, lo que equivale a unos 77.000 dólares por habitante. Además, la deuda no ha dejado de subir: en toda la última década, el déficit público más bajo se registró este pasado mes de marzo, con un 5,8% del PIB de descuadre entre gastos e ingresos. Unas cifras que llevarían a solicitar un rescate -o varios- a más de un país y que harían desmayarse a la Comisión Europea de ocurrir en este lado del mundo. Y, sin embargo, no pasa nada.

Interés negativo

Lo más extraordinario, quizá, es que esa deuda no supone un peso insostenible. Según los datos más recientes del Banco de Japón, los intereses de la deuda suponen un 9,4% de los ingresos públicos, apenas un 1,66% del PIB. Casi un punto menos de lo que paga España por deber menos de la mitad del porcentaje que acumula el país asiático. Algo a lo que ayuda el hecho de que los intereses de la deuda sean actualmente negativos: de un -0,04% en el bono a 10 años. Y el Banco de Japón ya ha advertido de que comprará toda la deuda que haga falta para mantener los precios a ese nivel mientras dure la crisis sanitaria.

Y esa es la segunda clave: si el Banco de Japón no está monetizando deuda, se le parece mucho. La institución tiene un balance de 5,21 billones de euros, más del 100% del PIB anual del país, y no tiene visos de frenar sus compras. Normalmente, una situación así dispararía las presiones inflacionarias en cualquier país. Pero la resaca de los locos años 80 y la espiral de envejecimiento en la que se ha atascado ha convertido a Japón en un país inmune a la subida de precios.

Encefalograma plano

Según explica el economista Javier Santacruz a elEconomista, la fórmula mágica que ha descubierto el país es muy simple: un estado de depresión tan profundo que ni la emisión infinita de deuda y dinero pueda impulsar los precios. "Es una economía con un crecimiento bajísimo, atascada en un ciclo económico de encefalograma plano y llena de episodios deflacionarios" que ni la máquina de imprimir billetes es capaz de contrarrestar. El origen se remonta a la crisis de finales de los 80, cuando una burbuja financiera impulsada por la construcción reventó y dejó a la economía del país en un estado de coma del que no ha logrado recuperarse.

A eso se suman otra circunstancia clave: el envejecimiento de la población se ha llevado por delante la productividad del país. "Todos los avances de la tecnología se los come del otro lado la caída del factor trabajo, porque hay menos mano de obra y más mayor, así que la productividad total está estancada", explica Santacruz.

Ese envejecimiento, además, ataca a otro de los pilares de la economía: el consumo y la inversión de las familias. Las personas más mayores consumen menos, lo que ralentiza el ciclo del dinero y reduce la inflación. Y su ansia por invertir en fondos seguros ha permitido al Banco de Japón llevar los tipos de interés reales a niveles negativos sin apenas ninguna reacción.

Y ese probablemente el mayor problema y, a la vez, la mayor ventaja del país. La deuda japonesa está principalmente en manos de inversores nacionales y de su propio banco central. El economista Robin Harding argumentaba que esa circunstancia les hace inmunes a una suspensión de pagos: "Si no pagara, el Gobierno tendría que recapitalizar sus propios bancos, volviendo al punto de partida". Para Santacruz, "este el efecto de tener una economía tan cerrada. No hay apenas inversores extranjeros en sus mercados de capitales, y como tienen la balanza de pagos por cuenta corriente positiva" -es decir, más exportaciones que importaciones- "tampoco les puede entrar la inflación desde fuera". Una inmunidad al aumento de precios única en el mundo entero y que desafía las teorías comunes sobre la inflación.

En resumen: Argentina es muy vulnerable a la inflación porque es un país joven y atado al dólar, con lo que cualquier turbulencia internacional se lo lleva por delante. Japón está aislado del mundo y no tiene ningún problema en imprimir yenes infinitos, porque ni por esas es capaz de remontar su consumo. Ninguno de los dos ejemplos son particularmente atractivos a largo plazo. El riesgo, en todo caso, es que la crisis del coronavirus sea el detonante que nos pueda llevar a la 'japonización'. Italia parece llevar ya gran parte del camino recorrido en esa dirección.

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