Opinión

Ante el final del estado de alarma

Tras el fin del estado de alarma toca enfrentar la crisis económica

"Cuando un dedo señala la luna, el necio mira el dedo y no la luna". Este viejo proverbio chino es perfectamente aplicable al estado de Alarma y a la epidemia del Coronavirus. Cuando usted lea estas líneas, se habrán cumplido cien días de estado de alarma, y en el peor de los casos, le quedarán unas horas en esa situación. Porque, finalmente, el estado de Alarma, con toda la polémica que ha suscitado concluye a las 23.59 horas del sábado 20 de junio. Sin embargo, el Coronavirus sigue ahí fuera, y eso significa muchas cosas, entre ellas, que algunas restricciones, la distancia social, y el uso obligatorio de mascarillas continúan. La noche no quedó del todo atrás.

Desde el punto de vista económico, hay dos grandes efectos de la epidemia del Coronavirus, la gran reclusión y sus consecuencias de parón forzoso de la actividad económica, y los efectos de las restricciones posteriores. Ambos efectos son graves, y eso sí temporales. La principal diferencia es que no sabemos cuánto tiempo durarán las restricciones, y si se podrían ir suavizando, si no hay riesgos de rebrote significativo.

En la práctica, la gran reclusión terminó hace algunas semanas. En los últimos días, el estado de Alarma sólo ha servido para limitar la movilidad interprovincial. Sin embargo, en marzo y abril, esta previsión constitucional amparó la mayor restricción de libertades que se recuerda. Se podía haber utilizado el estado de Excepción, pero los efectos prácticos para los ciudadanos apenas hubiesen variado. Porque, recordemos que ya hubo un estado de Alarma en la democracia, durante la crisis de los controladores, y todos nos habíamos olvidado. En realidad, lo que resulta odioso son las restricciones, la pérdida de libertades y el efecto económico que ha perjudicado la producción y las rentas de muchos ciudadanos. Y todo eso es independiente del instrumento jurídico que se haya utilizado.

Lo más preocupante es que pudiera llegar una segunda oleada de la pandemia

Todavía no tenemos claro cuál ha sido el coste económico de esta primera oleada del Coronavirus, pero sí sabemos de su enorme magnitud. Pero, pese a las previsiones más agoreras, de momento, el sistema económico y la convivencia social han aguantado. Ahora bien, hay, por lo menos, tres factores que pueden complicar, aún más, las cosas: por una parte, en buena parte del mundo, la pandemia está en expansión. Por otra, a España le queda por pasar el verano, donde se verá la magnitud del daño que todo esto provoca al sector turístico. Por último, tenemos el riesgo de los rebrotes. O más bien, que los inevitables rebrotes se conviertan en una nueva oleada.

Lo más preocupante, y lo que más ensombrece las perspectivas es que llegue una segunda oleada de la pandemia. Esto no es descartable, pero si no hay mutación, no será tan grave como la pesadilla que hemos vivido. Una de las escasas buenas noticias es que el Coronavirus SARS-COVID-2 muta muy poco. Y que, aunque a muy corto plazo quizás no haya una vacuna, lo que sí hay son algunas mejoras en los tratamientos, por ejemplo, los corticoides. Pero, sobre todo hay un uso generalizado de mascarillas y el mantenimiento de la distancia social. Por supuesto, hay casos de irresponsabilidad, pero eso no tiene nada que ver con la situación anterior al estado de Alarma. Por otra parte, ya se empieza a disponer de cierta capacidad de rastreo. Esto quiere decir que, ante un rebrote localizado, en el que el virus no se propagaría con tanta rapidez, puede haber cierres parciales, pero no es probable un cierre completo de la actividad y la economía.

Aunque pueda haber cierres parciales, no es probable que vuelva a pararse la actividad y la economía por completo

Desde un punto de vista sanitario, ahora tenemos claro que algunas cosas se podían haber hecho mejor, y otras simplemente no se sabían. Eso, en cualquier caso, ya no tiene arreglo, y lo único que puede hacerse, es prepararse para una situación, que, con toda probabilidad, no será tan mala. Desde un punto de vista económico, se han trasladado costes al sector público y al futuro. Difícilmente se podía haber hecho otra cosa. Eso significa que hay un ajuste fiscal pendiente, porque los niveles de déficit a los que nos lleva la epidemia deben reducirse sustancialmente en el futuro. Parte del ajuste lo realizará el propio crecimiento cuando volvamos a la normalidad de verdad, pero no nos engañemos, no será suficiente. Y hacerlo demasiado pronto, recortando ya gastos o subiendo inmediata y masivamente los impuestos, es, probablemente, el peor error de política económica que podríamos cometer.

Hay otro ajuste pendiente, y del que se habla menos, y es que todo el peso económico de la crisis ha recaído en las empresas, ya que, hasta 31 de marzo, mientras las retribuciones salariales crecían, caían un 10% el excedente bruto de explotación y las rentas mixtas, según datos del INE. Parte del coste, vía expedientes de regulación temporal de empleo, los famosos ERTEs, se ha derivado al Estado. Pero, el incremento del coste laboral unitario, unido a la caída de la productividad del trabajo, en una situación de caída de demanda forman un cóctel explosivo. Que este ajuste no se realice, masivamente, como en la anterior crisis, por la vía del aumento del desempleo, especialmente de los contratados temporalmente y los jóvenes, es uno de los grandes retos que tenemos por delante. Y por supuesto, para conseguirlo no ayuda, precisamente, la "derogación total" de la reforma laboral.

Pero, con todos los ajustes pendientes, los primeros datos de la reactivación económica, especialmente en Estados Unidos, confirman que la reapertura reanima el consumo y el crecimiento económico mucho antes de los previsto. Saldremos, eso sí, más pobres de la crisis, pero mañana, domingo, seremos un poco más libres y como señalaba Cervantes: "la libertad, amigo Sancho, es de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos…"

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