Energía

Europa está inmersa en la búsqueda de soluciones a la crisis energética: ¿qué opciones tiene?

  • Se plantea desvincular el precio del gas de la factura eléctrica
  • Otra opción es extender el tope del gas a los diferentes miembros
  • Surgen dificultades por las diferencias en unos y otros mercados
La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen. Foto: EFE.

Europa está inmersa en la búsqueda de soluciones a la crisis energética. La fórmula mágica no existe y, consciente de ello, el bloque se enfrenta al reto de dar con medidas efectivas para todos. Por un lado, aliviar los precios del mercado y, por otro, buscar un nuevo enfoque que funcione a medio plazo.

La presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, se ha mostrado contundente y ya ha puesto sobre la mesa una intervención de emergencia del mercado eléctrico. Para perfilar ese nuevo sistema, los ministros de Energía comunitarios se reunirán el 9 de septiembre. Hay varias opciones sobre la mesa y también distintos posicionamientos. 

Precisamente, una de las dificultades de entrada es la diversidad entre países y las diferencias en sus mercados energéticos. Esa situación ha aflorado desde el principio de la crisis y un claro ejemplo de ello es Alemania. La locomotora europea tiene una gran dependencia de las importaciones rusas, mientras que países como España o Portugal se benefician del gas que llega vía marítima -la conocida isla energética- y están menos expuestos a los flujos de esos gasoductos. Por eso, el nivel de dependencia de los combustibles fósiles es una de las cuestiones clave para buscar soluciones y, también, la capacidad renovable de cada miembro. 

Uno de los principales problemas es el alza del precio del gas y el papel que ocupa en la factura de la luz, lo que ha abierto la puerta a cambiar la configuración del mercado actual. Según von der Leyen, este modelo fue diseñado en circunstancias distintas y, ahora, el recurso energético más caro marca el precio de todo el conjunto. Por eso, una de fórmulas que se barajan el poner un tope a ese combustible, como ahora ocurre en España y Portugal. Bruselas podría extender esta casuística al conjunto aunque, en este caso, faltaría por determinar cómo se paga la subvención. 

Por otra parte, la Unión Europea también podría modificar la forma en la que se calcula el precio de la electricidad y, directamente, sacar el gas de la ecuación. Así, este combustible tendría menos repercusión en la luz y se buscaría una manera de contabilizar por separado las energías: combustibles fósiles y renovables y nuclear.

Otra opción, de la que es partidaria Italia, es limitar los precios de las compras a Rusia. Muchos estados miembro dudan de que esta sea una solución efectiva y de que, en la práctica, pueda llevarse a cabo. La presidenta de la comsión, von der Leyen, va a más y pretende cortar todo vínculo con Putin. Entonces, hay que buscar proveedores alternativos que cubran el porcentaje ruso. 

Por otra parte, otro de los puntos de fricción es cómo se van a financiar estas medidas. Otra propuesta, por la que abogan diferentes países, es extender los conocidos como "beneficios caídos del cielo" de las energéticas. En España ya se ha puesto en marcha y Reino Unido y Alemania lo contemplan. En este caso, la dificultad reside en definir qué parte de los ingresos son "excesivos". 

En Europa, ciertas compañías se han visto beneficiadas de los elevados precios y, sin embargo, otras se han visto perjudicadas por la escasez de gas. Es el caso de Uniper, que necesita financiación estatal para poder seguir operando en las condiciones actuales.

Sigue pendiente el reto de poner en marcha la primera propuesta europea y reducir el consumo de gas un 15%. Esto contribuye a aliviar la demanda, pero no salva a Europa de un corte total de Gazprom. 

Por último, los estados miembro no se ponen de acuerdo en dónde invertir y en qué proyectos centrarse. Uno de los ejemplos es la reactivación de Midcat, la infraestructura para enviar gas desde la península ibérica por Francia, que no cuenta con el apoyo del país galo, pero que Alemania o España, por ejemplo, sí apoyan. La solidaridad europea está a prueba.

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