Política

Vox y el espejismo antisistema andaluz

Santiago Abascal celebra los resultados de Vox en las elecciones andaluzas. Foto: Reuters

Todos los partidos tienen su Waterloo. Un territorio en el que, a pesar de tenerlo todo a favor, naufragan. A veces es parte de una necesidad o una estrategia, a veces una muestra de falta de adaptación. Este es un recorrido por las debilidades estructurales de las grandes cinco formaciones nacionales en cinco regiones clave para sus intereses.

La política moderna ha convergido en los últimos años en una cuestión llamativa: las candidaturas más conservadoras han ganado enteros apareciendo como las más revolucionarias. Ha sucedido con quienes han hecho política buscado 'liberar' a su país de la Unión Europea, o con quien siendo un magnate de los negocios hizo campaña como un independiente que no pertenecía a una dinastía política de Washington ni al 'establishment' en general.

Algo parecido le pasó a Vox en Andalucía. Era la primera prueba de fuego de un fenómeno que había emergido de pronto. Bastó con un sorprendente llenazo en Vistalegre para que un partido que había sido borrado de la actualidad cuatro años después de su puesta de largo pasara a copar titulares. Les sucedió como cuando Podemos y Ciudadanos concentraron la atención de todos sin tener poder real alguno, pero con una diferencia: los medios, en general, hablaban de Vox como el fin de la excepción española en lo que a presencia de la ultraderecha en las instituciones se refiere.

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No pudieron tener mejor plaza para tomar la alternativa que Andalucía. Allí había lo más parecido a un régimen político en democracia: un partido político que había gobernado siempre, necesitado de los apoyos de IU y Ciudadanos en las últimas dos legislaturas, y con varios problemas en el horizonte. El principal era la panoplia de escándalos de corrupción que asolaban a los rostros más conocidos de su pasado reciente. El segundo, la humillante derrota de su líder en su indisimulado proyecto para conquistar el poder en la sede nacional del partido.

Nadie esperaba una gran sorpresa: tras haber rozado la Junta, el PP caía en picado por el desgaste del Ejecutivo central y -también- sus escándalos de corrupción. Todo parecía listo para una plácida victoria, otra más, del PSOE. Pero llegó Vox. Doce diputados y casi cuatrocientos mil votos, superando la irrupción de Ciudadanos en el Parlamento andaluz cuatro años antes -aunque no la de Podemos-. Y gracias a ellos la derecha sumaba. El bloque conservador más débil podría, al fin, descabalgar al socialismo andaluz.

Pero la victoria que simbolizó su irrupción en la política nacional es también espejo de su caída. Poco después perdieron muchos de sus apoyos en el maratón de elecciones -generales, europeas y municipales-, incluso en algunos de los territorios gracias a los que habían agitado el tablero andaluz.

El motivo es sencillo: el temprano éxito de Vox en Andalucía se debió a una serie de factores muy concretos, válidos para un momento puntual pero difícilmente repetibles. Lo fundamental fue que en Andalucía ellos eran el partido antisistema, entendiendo esto como un partido opuesto al sistema que aquí representaba el PSOE, siendo ellos los rivales políticos más alejados de la ideología dominante. Podían, por tanto, concentrar el voto de quienes estaban radicalmente en contra de la gestión socialista.

No fue la única circunstancia. Con un PP minorizado, Ciudadanos también estaba atado de pies y manos en este debate: ellos habían sido los socios de Gobierno del PSOE durante la legislatura anterior. Por tanto, sólo Vox tenía la capacidad de aglutinar un voto de oposición realmente fuerte.

Andalucía, además, concentraba otras peculiaridades: amplias zonas rurales donde Podemos y Ciudadanos no tenían presencia, regiones en las que el descontento con la inmigración era latente, una amplia comunidad de cazadores y empresarios taurinos contrarios a las propuestas de la izquierda... Y la novedad sobreexpuesta en los medios, siempre difícil de medir en su impacto en unas primeras elecciones.

El éxito del resultado fue incontestable y su influencia en la nueva Junta, definitiva. Así se encargaron de hacerlo patente al amenazar con tumbar los primeros Presupuestos de la coalición PP-Cs, aunque retiraran su enmienda a última hora. Que supieran los demás que aunque no formaran parte del Gobierno éste dependía de ellos.

Una vez instalados en el poder han seguido manteniendo el discurso duro con el que se han diferenciado del resto. El último ejemplo han sido las declaraciones de su jefe de filas regional, el exjuez Francisco Serrano, criticando la sentencia del Supremo sobre 'La Manada' al considerarla "dictada por la turba feminista". Hasta su propio partido salió al paso para rebajar el tono.

El problema de Vox en Andalucía es que sólo tenía una bala que gastar. El PSOE ya no es un régimen allí, ni ellos siguen siendo una formación al alza en la política nacional toda vez sus resultados han ido flojeando. Supieron jugar la carta del partido antisistema, pero el argumento se agota una vez entras en el sistema. Ellos no gobiernan, pero influyen. Pisan moqueta. Y eso es algo que los 'outsiders' no hacen.

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