Política

Navarra es el techo de plomo del PSOE

  • Del sacrificio vasco del PP al naranjo marchito de Ciudadanos en Valencia
  • El espejismo antisistema de Vox en Andalucía y de Podemos en Madrid
Proyección de un mitin de Pedro Sánchez en un local del PSN. Foto: Socialistas Navarra

Todos los partidos tienen su Waterloo. Un territorio en el que, a pesar de tenerlo todo a favor, naufragan. A veces es parte de una necesidad o una estrategia, a veces una muestra de falta de adaptación. Este es un recorrido por las debilidades estructurales de las grandes cinco formaciones nacionales en cinco regiones clave para sus intereses.

La campaña electoral de 2007 fue una de las más duras que se recuerdan en Navarra. José Luis Rodríguez Zapatero llevaba tres años de inquilino en La Moncloa y un PP todavía a medio renovar se había lanzado al ataque contra él. Aún no habían encajado la demoledora derrota de 2004, viniendo de una mayoría absoluta y con el atentado del 11-M como punto de inflexión.

En los meses previos a los comicios la plana mayor del PP se había lanzado a la calle para reivindicar una "Navarra foral y española". Las manifestaciones conservadoras recorrían las calles de Pamplona cada poco tiempo, elevando el tono ante el incipiente proceso de diálogo del Gobierno con ETA en busca de una salida a la violencia.

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La presión era enorme, pero no sólo en las calles. Varios medios seguían publicando tres años después -y aún seguirían mucho más allá- teorías conspirativas acerca de la autoría de los atentados yihadistas en Madrid. Señalaban directamente a ETA, y algunos incluso insinuaban de forma más o menos directa que había sido poco menos que un golpe de Estado que tenía su continuidad en una supuesta 'venta' de Navarra a la izquierda abertzale como forma de buscar una salida negociada para ETA.

Ante aquel clima de tensión emergió Nafarroa Bai, que acabó siendo la segunda fuerza más votada, empatada a doce escaños con los socialistas. UPN, la marca foralista hermanada con el PP, sacó 22 y perdió la mayoría absoluta. Podía haber gobierno alternativo.

La presión se redobló. NaBai era una coalición nacionalista emparentada con el PNV, pero que albergaba en su seno a un compañero indeseado por los socialistas. Se trataba de Aralar, un partido que se había escindido tiempo atrás de HB por criticar su apoyo a la violencia de ETA. Eran izquierda abertzale contraria a la violencia, justo lo que las fuerzas democráticas demandaban entonces. Pero con el estado de opinión creado por las manifestaciones de la derecha era difícil hacer pedagogía con esa variable: en apenas unos meses Zapatero se jugaría la reelección.

En agosto Ferraz obligó a los socialistas navarros a desechar el acuerdo de Gobierno que ya habían alcanzado. NaBai le había cedido la presidencia a Fernando Puras a pesar de haber sacado más votos, y a la coalición se uniría también Izquierda Unida. Nada de ello sirvió: el 'agostazo' dio al traste con aquel acuerdo y Puras acabó dimitiendo. En las siguientes elecciones autonómicas los socialistas se dejaron un cuarto de sus escaños desde la oposición.

José Blanco, mano derecha de Zapatero, urdió una estrategia más favorable para sus intereses nacionales. Tras haber forzado la continuidad de UPN en el gobierno foral, obligó a los socialistas a darles sus votos una legislatura después. Los que eran sus enemigos naturales eran imprescindibles para salvar los Presupuestos Generales en el Congreso justo cuando el PP empezaba a recuperar fuerzas. Eso, a su vez, hizo que los 'populares' rompieran amarras con la formación navarrista y concurrieran con sus propias siglas por primera vez. El PSOE no sólo evitó acuerdos con la izquierda abertzale, sino que dividió a la derecha. El precio de renunciar a la presidencia podía valer la pena.

Los ciclos fueron cambiando, el PSOE acabó hundido en la gestión de la crisis económica y el PP reconquistó La Moncloa. Pero la historia se repitió siete años después del 'agostazo'. Roberto Jiménez intentó encabezar una moción de censura contra Yolanda Barcina. Las cifras daban. Pero el problema ahora no era NaBai sino EH Bildu, la izquierda abertzale clásica retornada a las instituciones, cuyos votos eran necesarios. Por segunda vez, Ferraz desautorizó la operación.

Este PSOE ya no es aquel. Pedro Sánchez, tras sobrevivir a las tensiones internas que se oponían a acercamiento alguno a los nacionalistas catalanes o a Podemos, se convirtió en presidente gracias a una moción de censura apoyada por EH Bildu. Y el gesto fue más importante que un mero factor numérico: se trata de la primera gran decisión de calado nacional en la que los abertzales no se inhibieron y decidieron tomar partido.

Ahora Sánchez debe decidir. En teoría Ferraz ha vuelto a pedir a los socialistas navarros que se abstengan de cualquier acuerdo que posibilite el apoyo de EH Bildu a la presidencia de María Chivite. En la práctica, se está jugando en paralelo con la investidura de Sánchez, que podría salir adelante si los integrantes de Navarra Suma aceptaran abstenerse. El primer paso de la partida de ajedrez ya se ha dado: el PSOE ha entregado la presidencia del Parlamento a Geroa Bai, herederos de NaBai, y ha permitido la entrada en la Mesa a EH Bildu.

Y es que Navarra ha sido siempre territorio en discordia. Para la izquierda abertzale es la pieza angular de su proyecto soberanista. Para las formaciones conservadoras, ahora amalgamadas en la marca foralista Navarra Suma, es el emblema de la lucha contra el nacionalismo. Para los socialistas ha sido una tierra prometida, varias veces cercana a la reconquista, pero perdida hace más de veinte años y no retomada hasta hoy. Distinto contexto, distintos protagonistas, misma situación: la política de pactos en la comunidad foral está supeditada a los intereses nacionales de unos y otros.

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