Opinión

Examen de la narrativa de la desglobalización

Hacia un nuevo paradigma de la globalización

"La izquierda y la derecha unidas jamás serán vencidas", afirmó el poeta chileno Nicanor Parra, y el debate actual acerca de la desglobalización ilustra ese dicho. A los llamados progresistas nunca les gustó el rápido crecimiento del comercio mundial, y ahora reciben todo paso en la dirección opuesta exclamando "¡yo lo había dicho!". A su vez, los conservadores proglobalización hoy reaccionan ante el más mínimo movimiento en su contra como si se tratara de una calamidad.

A ambos grupos les interesa exagerar la magnitud de la desglobalización, y de ello resulta una narrativa de declive ampliamente aceptada: luego de repetidas crisis financieras, de la reacción nativista, de la pandemia del Covid-19, y ahora la guerra de Rusia contra Ucrania, la globalización tiene los días contados.

Es una afirmación que llama la atención. Pero, ¿es correcta?

Según el Banco Mundial, el comercio de bienes y servicios como porcentaje del PIB global cayó de su punto más alto de 61% en 2008, justo antes de la crisis financiera mundial, al 52% en 2020. Pero en términos históricos esta cifra continúa siendo muy alta, dado que la proporción comercio-PIB promediaba solo el 42% en la década de 1990, cuando los críticos ya se quejaban de hiperglobalización. Y cuando se publiquen los datos finales, sin duda mostrarán que el comercio se ha recuperado en 2021 y 2022, a medida que la pandemia se ha ido moderando.

De mayor interés es el hecho de que no se haya producido la guerra arancelaria sin cuartel que predecían los escépticos del comercio. A partir de 2018, el entonces presidente de Estados Unidos, Donald Trump, aumentó los aranceles aplicados a varios bienes chinos, China hizo lo propio, y la disputa se extendió a unos pocos mercados más. El presidente Joe Biden inicialmente consideró conveniente mantener algunos de los aranceles de Trump, pero ahora piensa reducirlos con el objeto de moderar la inflación en Estados Unidos.

Una escalada de aranceles y cuotas a nivel mundial no se va a producir, por la sencilla razón de que los electores no la desean. En países tanto ricos como pobres, una madre puede comprar un par de zapatillas para niños hechas en China por 10 dólares o menos. Pero para la generación anterior, en la mayoría de los países la única opción posible era adquirir zapatillas de fabricación local que costaban varias veces más.

Se supone que el proteccionismo es popular entre los votantes, pero la realidad es más sutil. Como lo sabe cualquier encuestador, la afirmación "el gobierno debería hacer todo lo posible por proteger el empleo y las empresas locales", suele recibir amplio apoyo. Sin embargo, la afirmación "el gobierno debería proteger la industria local incluso si ello conlleva precios mucho más altos para los consumidores", solo causa desdén entre los encuestados.

Hoy día se están produciendo tres grandes cambios en el comercio mundial, pero ninguno de ellos necesariamente implica una desglobalización generalizada.

El primer cambio es una reconfiguración de las cadenas globales de suministro. Como han informado en gran detalle los medios de comunicación, primero las tensiones entre Estados Unidos y China, luego la pandemia, y ahora la guerra entre Rusia y Ucrania, cogieron a muchas empresas globales –en rubros que van desde automóviles hasta leche para bebés– sin un Plan B para obtener los insumos que les son necesarios. Por eso ahora están dejando de adquirir suministros "justo a tiempo" y comenzando a acopiarlos "por si acaso". Los clichés del día son "resiliencia", "externalización cercana" y "externalización entre amigos".

La expansión del comercio mundial en las últimas dos décadas se pareció a la "fiebre del oro" o a la burbuja "dotcom" de principios del siglo XXI. Las empresas que encontraban el proveedor de más bajo costo en el exterior, podían ganar mucho dinero sin preocuparse mayormente de los riesgos que esto conllevaba. Otras empresas siguieron sus pasos, solo por imitar a sus competidoras. A la larga, algo tendría que cambiar.

Si bien el estallido de la burbuja hizo que desapareciera Pets.com, también hizo que surgieran Facebook, Amazon y Netflix. Ahora, las crisis están obligando a las empresas a diversificar sus proveedores y a diseñar planes B, C y D. Los costos aumentarán, pero también lo harán la seguridad y la fiabilidad. Y, lo que es crucial, la mayoría de los suministros continuará llegando desde el extranjero. Hace poco, Apple decidió trasladar parte de sus operaciones de ensamblaje de China a Vietnam, no a Arkansas o Alabama. Como dije en una columna anterior, lo que pierda Guangdong lo puede ganar Guadalajara.

El segundo gran cambio es un gradual pero inequívoco giro desde el comercio de bienes hacia el comercio de servicios. La proporción de los bienes manufacturados en el producto total está disminuyendo en casi todo el mundo, y esta disminución ha sido especialmente aguda en China. Por lo tanto, no es sorprendente que también esté cayendo el comercio de manufacturas como porcentaje del PIB mundial. Lo más probable es que los servicios llenen este vacío, pero son muchas las barreras políticas, regulatorias y culturales que entraban el comercio de servicios. No es necesario que el consumidor hable el mismo idioma que quien fabrica su teléfono inteligente. Pero uno espera poder comunicarse con su médico, su arquitecto, su administrador de activos o el piloto de su avión en una versión relativamente comprensible de un idioma común. Y esto lleva tiempo.

No obstante, al obligar a la gente a realizar reuniones de negocios a través de la pantalla de su computadora, la pandemia del Covid-19 ha dado un inesperado impulso al comercio de servicios. ¿Por qué no emplear la misma tecnología para vender servicios a través del mundo? Radiólogos en Bangalore ya analizaban imágenes provenientes de Boston o de Birmingham antes de la pandemia. Ahora, arquitectos en Buenos Aires elaboran proyectos inmobiliarios para Beijing, y programadores en Bangkok realizan tareas de codificación para empresas de Bélgica.

El economista Richard Baldwin ha descrito la globalización como una secuencia de "grandes desempaquetamientos". El primero tuvo lugar a fines del siglo XIX, cuando la energía a vapor redujo el costo de trasladar bienes de un país a otro. El segundo ocurrió a fines del siglo XX, cuando la tecnología de la información redujo drásticamente el costo de trasladar ideas a través de las fronteras. Un tercer gran desempaquetamiento se vislumbra, predice Baldwin, a medida que la tecnología digital abarata y facilita la movilización de personas a través de las fronteras, sin que a su vez esas personas tengan que salir de su dormitorio o de su cocina.

El último cambio es político. Hasta ahora, la globalización, en gran medida, ha determinado las opciones de política que enfrentaban los gobiernos. Hoy día, las autoridades, con razón, buscan dar forma a la vías que sigue la globalización. Los flujos internacionales de capital especulativo pueden ser desestabilizadores, y por lo tanto deben ser regulados (como ahora reconoce incluso el Fondo Monetario Internacional). Del mismo modo, la dirección del cambio tecnológico no es algo predeterminado. Como sostienen los académicos de la Universidad de Harvard, Dani Rodrik y Stefanie Stancheva, se lo puede re-orientar para crear empleo en lugar de destruirlo. Asimismo, un número cada vez mayor de bienes públicos globales esenciales –desde el control del clima hasta el alivio de la pandemia– también exigen políticas gubernamentales más activistas.

Si los gobiernos lo hacen bien, surgirá una globalización más moderada, pero también más sustentable y duradera. Cuando ello suceda, es posible que quienes se dedican a pregonar teorías de la desglobalización tengan que recalificarse y encontrar un nuevo empleo. Afortunadamente para ellos, resulta más fácil hacerlo dentro de una economía mundial abierta y que crece.

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