Decano de la Escuela de Políticas Públicas de la London School of Economics y exministro de Hacienda de Chile

En la universidad de Estados Unidos, a principios de los años 80, me enseñaron el emblemático modelo macroeconómico de Mundell-Fleming, que predice que el tipo de cambio de una moneda se apreciará en respuesta a un aumento del déficit presupuestario del país emisor. Los asiáticos, africanos, latinoamericanos y europeos del sur presentes en la sala reaccionaron al unísono, protestando que no es así: cualquier comerciante sensato se deshará de la moneda de un país cuyo gobierno está a punto de emprender un endeudamiento masivo.

Algunos la llaman política identitaria de izquierda. Otros hablan de wokeismo. Contribuyó a que Donald Trump llegara a la Casa Blanca y produjo controversias que convenientemente distrajeron al electorado británico del deslucido desempeño de Boris Johnson en su cargo. Ahora, la política woke viaja al sur, con consecuencias igualmente lamentables.

Karl Marx afirmó que todos los grandes "hechos histórico-mundiales" ocurren dos veces: "la primera como tragedia, la segunda como comedia". ¿Qué pasa si suceden una y otra vez, cada pocos años, década tras década? ¿Eso es comedia o tragedia? ¿Dejan dichos hechos de ser "histórico-mundiales"? ¿O al mundo simplemente deja de importarle?

"La izquierda y la derecha unidas jamás serán vencidas", afirmó el poeta chileno Nicanor Parra, y el debate actual acerca de la desglobalización ilustra ese dicho. A los llamados progresistas nunca les gustó el rápido crecimiento del comercio mundial, y ahora reciben todo paso en la dirección opuesta exclamando "¡yo lo había dicho!". A su vez, los conservadores proglobalización hoy reaccionan ante el más mínimo movimiento en su contra como si se tratara de una calamidad.

Ha caído en nuestras manos el siguiente memorándum confidencial enviado por una importante empresa consultora a un destacado líder de Occidente:

Poco antes del simposio anual del Banco de la Reserva Federal de Kansas City efectuado el mes pasado en Jackson Hole, Wyoming, el foco de la discusión era si quizá la política monetaria debía volverse más restrictiva para frenar el alza de la inflación en Estados Unidos. Al sugerir que primero se reduciría la compra de activos y que mucho después se aumentarían los tipos de interés, el presidente de la Fed, Jerome Powell, planteó la conversación en términos de cómo dicha política debería volverse más restrictiva.

Muchas regiones tuvieron un mal desempeño frente al Covid-19, pero el de América Latina fue peor al de la mayoría, en cuanto a pérdidas humanas y económicas. En noviembre de 2020, nueve de los 20 países con más muertes per cápita por Covid-19 eran latinoamericanos. El Fondo Monetario Internacional prevé que el PIB regional se reduzca un 8,1%, una caída sólo superada por la eurozona. El resultado es que casi 15 millones de personas más vivirán en la extrema pobreza en América Latina.

La crisis económica que enfrenta América Latina como consecuencia de la pandemia no es la típica recesión. Este año el PIB en la región será 10% menos de lo que se previó a fines de 2019, el desempleo está en dos dígitos, y casi 15 millones de personas caerán en la extrema pobreza. Peligran dos décadas de progreso en la reducción de la pobreza y la desigualdad. Con el colapso del estándar de vida, es probable que se repita la ola de agitación social previa a la pandemia.

Entre las afirmaciones que se repiten en todas las reuniones online acerca del Covid-19, una concita acuerdo universal: la pandemia ha dado paso a una era de mayor y más robusta intervención estatal en la economía. Pero, ¿qué significa esto para el futuro? ¿En qué aspectos de la vida económica puede y debe el Estado hacer más?