Opinión

Flexibilidad cognitiva: última (y no por ello menos importante) competencia imprescindible en la 4ª revolución industrial

Flexibilidad | Imagen: Yogendra Singh (Pexels)

Conforme el mundo avanza se hace más incierto y, conforme más incierto se vuelve, más certezas queremos tener. Es por eso que buscamos incesantemente gurús, principios o recetas. Escrutamos el horizonte, que es cada vez más laberíntico, esperando encontrar hojas de ruta, caminos iluminados o, al menos, una brújula que nos diga dónde está el norte. Y, al hacerlo, no nos percatamos de dos hechos importantes. El primero es que la certeza como valor es algo que pertenece al siglo pasado. El segundo es que, en lugar de intentar que las cosas se queden quietas, lo que deberíamos estar haciendo es aprender a amar la incertidumbre.

Conforme la economía mutó de los productos a los servicios, apareció la cultura de la calidad. Se comenzaron a dibujar entonces procesos de manera exhaustiva, se articuló la identificación y registro de evidencias, y se generaron controles y sellos que acreditaban que todo estaba en su sitio. La tecnología digital que surgió a finales del siglo pasado contribuyó a que, con precisión balística, las organizaciones pudieran controlar de modo casi absoluto cualquier detalle. En otras palabras, las empresas comenzaron a generar tanto más valor cuanta más certeza producían. La consecuencia fue que germinó y se extendió en el mercado un tipo de mentalidad rígida, que asumía que el rigor, y por tanto la falta de flexibilidad, era la clave del éxito.

En 2007 apareció el iPhone y Facebook, y se dio al big data y a la inteligencia artificial un impulso definitivo. Y en 2008 una disrupción económica de proporciones nunca imaginadas desestabilizó por completo el panorama económico y desbarató todas las predicciones. Desde aquel punto de inflexión que duró dos años, generar certezas no es sinónimo de valor, ni mucho menos de crecimiento. Y el problema que ahora enfrentan muchas organizaciones es que el tipo de mentalidad de control y firmeza que apareció en el siglo pasado es algo que hay que hacer evolucionar. Y no porque ya no sea necesario que exista orden y concierto en las organizaciones, sino porque el mercado va tan rápido que casi podríamos decir que la agilidad es la nueva calidad. De ahí que la flexibilidad cognitiva sea un valor cada vez más buscado, porque es muy difícil ser rápido si no se tiene la capacidad de deshacer y rehacer constantemente todo.

La consecuencia más importante de este hecho es, precisamente, que en lugar de intentar encontrar recetas, principios o gurús que nos permitan la vuelta a la apacible estabilidad del siglo pasado, lo que tenemos que hacer es abandonar esa querencia a lo fijo e inalterable para intentar enamorarnos de lo incierto y mutable. Y ese es un desafío no menor, porque el ser humano es una criatura que intenta predecir el futuro para así maximizar sus probabilidades de supervivencia. Es decir, por definición la incertidumbre nos inquieta. Por eso la flexibilidad cognitiva, escogida como la última imprescindible para sobrevivir en la cuarta revolución industrial por el World Economic Forum es posiblemente, aun siendo la última, una de las más difíciles de lograr y de encontrar.

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