Director de La Salle School of Business, en Madrid.

En algún punto de la Ruta 66, junto a una de esas viejas cafeterías que preludian el polvoriento Mojave, hay un cartel que reza: "No hay religión más elevada que el servicio a las personas. Trabajar por el bien común es el credo más importante". Es fácil fantasear con la idea de que ese cartel fue ingeniado en los tiempos de Steinbeck, hace décadas, cuando aquella carretera vertebraba tanto tráfico y tantos sueños. Quizá lo elaboró alguien con vocación de servicio a los viajeros, que llegaban cansados, hambrientos y sedientos tras largas horas al volante. Quizá ese alguien disfrutaba viéndolos perderse en un plato repleto de comida, con un café servido en una taza sin fondo y el consabido vaso de agua al lado. Acaso esa persona les entretenía con algo de conversación, con el último acontecido que hubiera ocurrido entre Amarillo y Albuquerque o, tal vez, con algún chiste, repetido a miles de viajeros, pero siempre interpretado con la frescura de la primera vez.

Quien más quien menos se ha tomado menos que más en serio las profecías de Michel de Nôtre-Dame, más conocido como Nostradamus. Comenzando por la que auguraba que en 1999 llegaría del cielo "un gran rey de terror", lo que quiera que eso signifique. Aunque sus textos eran igual de vagos que el horóscopo, y por tanto se puede encontrar en ellos la misma cantidad de ambigua verdad, lo cierto es que debió ser una persona muy popular. Parece ser que tenía muchos clientes que llegaban de tierras lejanas para dejarse inundar por su sabiduría. Lo cual no refleja tanto la exactitud de ésta como el ansia de seguridades que debían tener en aquel tan convulso siglo XVI. Cosa explicable, quizá, en tiempos preilustrados y muy lejanos a las revoluciones industriales. Tiempos de alquimia, cabalistas y peste bubónica.

Si le preguntáramos a los empleados de cualquier empresa por los valores de la entidad en la que trabajan, en un porcentaje muy alto no sabrían responder. Y sin embargo las organizaciones invierten grandes sumas de dinero y esfuerzos en clarificar cuáles son sus valores y en difundirlos. A pesar de ello, con el paso del tiempo los valores se van dejando atrás, quedando escritos en las páginas web o en carteles colgados en las paredes de las oficinas que, por cierto, con el teletrabajo ni siquiera se ven.

Sin quererlo o queriendo a menudo nos enredamos en el barroco artificio de la terminología impostada. Y así es que forwardeamos un mail desde nuestro inbox para trabajar el briefing con el staff de cara al workshop y, entre call y call, les pasamos a los partners un update. Vamos tan a full para llegar a los deadlines que a veces necesitamos un break en el afterwork. Y tras el standby retomamos el work in progress, ultimando slides para el kick-off, pidiendo feedback a nuestro team de juniors y seniors para el sprint. Eso sí, de business casual si es viernes. En fin, todo muy agile y muy a tope de empowerment, la multivitamina del momento. Quizá esta jerga nos hace estar a salvo dentro del rebaño, o tal vez es la manera de darnos tono y sentirnos importantes.

Es imposible que no se nos vayan los ojos cuando vemos por la carretera uno de esos coches míticos que han hecho historia. Un Ford Mustang de los 50 (posiblemente el coche que más veces ha aparecido en el cine), un Porsche 911 original o un Aston Martin DB5 (el primer automóvil que tuvo James Bond). Y no digamos ya si tenemos la suerte de ver circulando un DeLorean DMC-12 (el coche de Regreso al Futuro). Sin embargo, de un tiempo a esta parte esto pasa más bien poco, no solo porque esos modelos han ido envejeciendo y desapareciendo sino, sobre todo, porque cada vez hay menos sustitutos. ¿Cuál es el motivo?

En el sector de la formación la pandemia ha incrementado dos fenómenos: por un lado, la necesidad de desarrollar competencias. Es verdad que esto siempre ha sido una constante, pero últimamente tanto los profesionales como las organizaciones constatan que necesitan incorporar más habilidades, para hacer frente a todos los cambios que están aconteciendo. Y por otra, la cantidad de ofertas de formación online que crecen al calor de las restricciones sanitarias. En otras palabras, no solo ha aumentado la demanda, sino también la oferta.

historia

En el otoño de 1944 el boletín de la Vegan Society, primer vestigio de este movimiento impulsado por el británico Donald Watson, contaba con tan solo veinticinco suscriptores. En 2005 ya había 250.000 veganos en el Reino Unido y diez años más tarde el número se había multiplicado por dos. Incrementos similares se han podido registrar en muchos otros países. Por otro lado, los análisis sobre el crecimiento del mercado en cualquier asunto relacionado con el veganismo, ya se trate de comida en general, de carne cultivada en particular o simplemente de suplementos, muestran crecimientos similares.

historia

Pese a que desde el expresionismo alemán a la intensa y barroca serie 'Dark' hay abundantes ejemplos de que los pueblos germánicos pueden ser tan vitalistas como cualquier otro, cuando pensamos en Alemania, en general, nos viene un aire comedido y estructurado de funcionalidad sobria y un tanto apagada, un poco como los trajes de Angela Merkel. Alguien que difícilmente, barruntamos, se vestiría de hippie. Sin embargo, esos aparentes opuestos invirtieron su polaridad en un momento sumamente interesante de la historia de la automoción: el momento en el que la archicélebre furgoneta Volkswagen se convirtió en el símbolo de la contracultura en EEUU. Una historia genial y también un acontecimiento idóneo para profundizar en el concepto de generación de valor.

opinión

Resulta llamativa la cantidad de talleres que hoy día consisten básicamente en colocar post-its sobre una plantilla. Da la sensación de que tenemos esquemas para todo tipo de problemas y proyectos, ya se trate de organizar ideas o de encontrarlas. Así, si el objetivo es repensar nuestro modelo de negocio, podemos recurrir al ya decano Business Model Canvas. Si es una cuestión de toma de decisiones una buena opción es Cynefin y, si buscamos coherencia, sorprendentemente la encontraremos en el fondo de una tartera japonesa, según el modelo Bento. Y por supuesto, si andamos a la búsqueda de nuestro propósito, el Golden Circle, el mal llamado diagrama de Ikigai o su antecesor Hedgehog, podrán acudir en nuestra ayuda.

opinión

Los cantos de sirena de la tercera revolución industrial comenzaron mucho antes, pero no fue hasta los años 2007-2008 cuando realmente irrumpió en nuestras vidas el irresistible fulgor de la ubicuidad tecnológica. Cuando comenzaron a convencernos a todos de que la verdadera y buena vida estaba en las redes sociales, en compartirlo todo y en desnudarse por completo en el torrente público y efímero de la vanidad digital. Cuando se persuadió casi a cada ciudadano para que creara su audiencia, muchas veces más imaginaria que real, y se pasara más horas que menos haciéndose selfis. O, peor, exhibiendo irresponsablemente al mundo la vida de sus hijos. Cuando, en fin, los apóstoles de la falsa democratización de la tecnología nos colaron el concepto de vida digital. Anzuelo que tanto la generación Y como la Z, y algún ya talludito early adopter, engulleron con la boca llena, a grandes mordiscos y casi con ansia. Al menos al principio.