Opinión

El falso debate entre formación presencial y online, o cómo identificar programas caramelizados

Foto: Elena Mozhvilo.

En el sector de la formación la pandemia ha incrementado dos fenómenos: por un lado, la necesidad de desarrollar competencias. Es verdad que esto siempre ha sido una constante, pero últimamente tanto los profesionales como las organizaciones constatan que necesitan incorporar más habilidades, para hacer frente a todos los cambios que están aconteciendo. Y por otra, la cantidad de ofertas de formación online que crecen al calor de las restricciones sanitarias. En otras palabras, no solo ha aumentado la demanda, sino también la oferta.

El problema general de la transformación digital, dejando aparte las cuestiones que afectan a la estrategia, no está en sustituir átomos por bits. El problema está en que los bits sean iguales o mejores que los átomos. De no ser así, en lugar de obtener la misma experiencia que vivíamos físicamente, lo que recibimos es un producto sustitutivo. Es decir, algo que parece lo que no es.

En el mundo del aprendizaje esto se complica un poco más. Por un lado, cuando aprendemos en un entorno físico obtenemos varias ventajas. En primer lugar, estamos entrando de lleno en una experiencia que transcurre en tiempo real. Como esa vivencia, en general, se desenvuelve entre varias personas, está sujeta a las influencias que cada uno de los participantes ejerce.

Por ejemplo, un alumno puede intervenir para hacer una pregunta, y ese hecho puede alterar el rumbo de la clase. O el profesor puede constatar que los equipos de trabajo que ha creado para una determinada actividad están cansados, y decide por tanto cambiar el paso y lanzar una propuesta diferente. A menudo no somos conscientes de la enorme cantidad de micro-interacciones que son responsables de la dinámica final de una clase presencial.

La segunda gran ventaja de las clases presenciales es que esa interacción generalmente nos conduce a ampliar las fronteras de nuestra red social y, en algunos casos, ayuda a que nos podamos llevar hasta hermanos de sangre o amigos de por vida.

No se aprende cuando se escucha. Se aprende cuando se hace, cuando se experimentan las habilidades en primera persona

Sin embargo, en este planteamiento lo más importante es comprender que la clase presencial, en sí misma, no es siempre y necesariamente el mejor formato. Por ejemplo, siempre hablamos de alumnos presentes, pero nunca de mentes ausentes. Es decir, si una sesión no está diseñada como un entorno potente y rico de aprendizaje, es probable que muchos participantes se evadan y finalicen sin adquirir las competencias que necesitan. Por otro lado, la clase online también tiene sus ventajas. En general evita desplazamientos y, si es asíncrona, permite personalizar el ritmo y la intensidad de la enseñanza e integrarla de forma más natural en la jornada diaria.

Sin embargo, lo que a veces no acabamos de entender es que el aprendizaje no es algo que ocurre entre un profesor que explica y un alumno que pregunta dudas, ni mucho menos entre un profesor que pone un examen y un alumno que aprueba o suspende. Para que se produzca aprendizaje real en entornos profesionales tienen que concurrir al menos dos requisitos de partida: el primero, que la persona quiera aprender. El segundo, que se comprometa con lo aprendido tras cada sesión.

Y una vez asentados esos dos pilares, lo siguiente que tiene que ocurrir es que el alumno tiene que entrar en una relación sentida y experimentada con las competencias que desea adquirir. Es decir, no se aprende cuando se escucha. Se aprende cuando se hace, cuando se experimentan las habilidades en primera persona y cuando se reflexiona sobre lo que se hace y se vive. Y aquí es donde suele estar la mayoría de los problemas.

La metáfora de las calorías vacías

El asunto es fácil de entender si recurrimos a la metáfora de las calorías vacías. Que son las que tienen esos alimentos que no nos aportan ningún nutriente pero que nos hacen engordar, en general a base de azúcar o grasa. Como por ejemplo los refrescos y zumos envasados, las salsas precocinadas, la bollería industrial y mucho de lo que picamos entre horas.

De una manera similar, no son pocos los programas de formación que giran en torno a aspectos que pueden ser más o menos interesantes, pero que no aportan apenas nutrientes al desarrollo de competencias. Por ejemplo, muchas veces, dado un determinado concepto, se invierte un tiempo excesivo en explicar qué es, por qué es importante, qué tipos existen, en qué se diferencia de otros similares, cómo fue su historia, cómo será su futuro e, incluso, en detallar una infinidad de ejemplos que no aportan prácticamente nada el uno sobre el otro: calorías vacías.

No muchos programas prescinden de todo eso, o lo reducen al mínimo, para enseñar directamente al participante cómo puede hacer lo que necesita hacer. Y mucho menos qué está haciendo bien o mal cuando intenta llevarlo a cabo, que son los factores que verdaderamente importan y alimentan.

La cuestión crucial de la enseñanza online no está en cambiar átomos por bits. Está en que el formato final sea verdaderamente nutritivo

La cuestión crucial de la enseñanza online no está en cambiar átomos por bits. Está en que el formato final sea verdaderamente nutritivo. De esta manera, un programa presencial será bueno si los alumnos participan, practican y reciben feedback, y será malo si el profesor habla y los alumnos escuchan o, como mucho, hacen alguna pregunta. Y de igual forma, un programa online será malo si solo aporta materiales calóricamente vacíos, es decir, si solo se centra en el desarrollo de conceptos. Y será bueno si logra dinamizar de manera síncrona o asíncrona las habilidades de los participantes para aumentar su repertorio de competencias.

El problema de los programas que solo aportan calorías vacías, es decir, los que tienen tanta grasa que no se sabe dónde está la proteína, es que dejan que sea el alumno, él solo, quien supere el abismo que hay entre saber algo y saber hacerlo. Es más, muchos de ellos están tan caramelizados que el participante llega a pasárselo muy bien, e incluso a asombrarse de lo que le están contando, pero cuando cierra la pantalla o llega a casa se da cuenta de que no sabe ni por dónde empezar a provocar el cambio que, se supone, prosigue a cualquier aprendizaje. En este sentido, cualquier responsable de recursos humanos sabe perfectamente que el verdadero reto de la formación no consiste en saber algo o en pasárselo bien, sino en llegar a saber hacer y a saber ser.

Por eso la pregunta crucial para cualquier persona u organización que se decide a comprar formación es en realidad muy simple: cuál es el valor transformador del programa que tiene delante. Lo que a su vez se traduce en conocer su modelo metodológico y las bases científicas que lo sustentan. Y, quizá más importante, en tener una información clara de las dinámicas formativas concretas que hacen del programa un entorno vibrante de aprendizaje que tiene tanto de reto como de apoyo. Y que van hacer que el participante se sienta inmerso en una experiencia de aprendizaje vivencial y única que le hará ser y sentirse diferente al final del viaje. En otras palabras: la cuestión nuclear sobre la formación no es sobre el formato, sino sobre el sustrato.

Con ese criterio en la mano podemos identificar fácilmente a los programas caramelizados que entretienen e informan pero que no son movilizadores. Y confiar en los que de verdad logran que las personas cambien. Que es lo que tanto profesionales como organizaciones buscan. Ahora bien, que eso ocurra entre las cuatro paredes de un aula o entre los cuatro lados de una pantalla importa más bien poco.

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