Opinión

Formación en empresa: un discurso sobre el amor

Es muy probable que, en la arena empresarial, relacionar los procesos de formación con el amor resulte chocante. Fundamentalmente porque seguimos atrapados por concepciones arcaicas sobre los procesos de aprendizaje.

Entre ellas, la inexplicable identificación entre formación y transmisión de conocimientos (lo que quiera que sea esto último), la sorprendente consideración del aprendizaje como un proceso lineal y la ya legendaria confusión entre enseñanza y comunicación. De esta manera, se sigue considerando que instruir es desarraigar de una mente una serie de conceptos para implantarlos en otra, se organizan los contenidos como si de un libro se tratara y se sigue pensando que, si un formador es un buen comunicador, el aprendizaje ocurrirá por sí solo. Todas estas consideraciones ocultan dos grandes principios que rigen el aprendizaje adulto, del que la formación en empresa es un caso particular. Y los dos tienen que ver con el amor.

Cuanto mayor sea el ardor y el deseo hacia el objeto de aprendizaje más se garantizará el éxito

Como es sabido, los adultos han estado confiando en una serie de conocimientos que les han valido hasta un momento dado para conducirse por la vida y, cuanta más confianza tienen en ellos, más solidificados están. En la mayoría de los casos esto provoca núcleos de conocimiento duros e impermeables, en lugar de sensibles y porosos. Por eso, ningún aprendizaje tendrá lugar sin el deseo. Como en cualquier relación amorosa, lo primero es querer. Sin ese primer impulso de ilusión hacia las nuevas habilidades, poco se podrá hacer. Consecuentemente, cuanto mayor sea el ardor y el deseo hacia el objeto de aprendizaje más se garantizará el éxito.

De manera evidente, aquellos que han intuido este principio han intentado plantear sus sesiones de formación de una manera motivadora y apetecible. Sin embargo, esto no solo no garantiza el logro de objetivos sino que, además, tampoco plantea la cuestión en términos justos en el sentido de que, a las alturas de la vida en la que está un profesional, sobre todo con experiencia, esperar a que la motivación siempre venga de fuera es un anhelo entre lo pueril y lo desmedido. Daniel H. Pink en La sorprendente verdad sobre qué nos motiva nos mostró hace ya tiempo que el deseo, el querer, la motivación, solo es verdaderamente potente cuando surge desde dentro. Y, como también ocurre en el amor, es francamente difícil, por no decir imposible, prender desde fuera en otra persona una llama que no quiere ser prendida.

Aprender es querer aprender y comprometerse con lo aprendido

Si el deseo ocurre al comienzo de cualquier sesión o programa de formación, el otro principio tiene que ver con el final. Y se llama compromiso. Por muy ardiente e implicado que haya sido cualquier romance, la relación no durará si una pareja no adquiere una serie de compromisos. Aunque sean básicos, como la lealtad o la búsqueda de consenso. De igual modo, si al cerrar un espacio de aprendizaje el asistente no se ve comprometido a llevar a su vida aquello de lo que se ha dado cuenta, su relación con lo aprendido se extinguirá en ese mismo momento. Porque el verdadero aprendizaje no ocurre en un aula, sino en el mundo ordinario, en el de las obligaciones y la rutina. De nuevo, el compromiso con el aprendizaje es algo de cada uno, es algo que cada participante debe plantearse y ejecutar para no olvidar lo aprendido y lograr la excelencia en ello. De esta manera se evitará ese efecto luna de miel que a veces se observa en las sesiones de formación: cuando todos sus participantes abandonan la sala embriagados y embelesados por lo que han vivido pero, al volver a la rutina, como también suele pasar a los pocos meses tras una luna de miel o un romance de verano, la emoción se disuelve y el recuerdo se pierde.

Aprender es querer aprender y comprometerse con lo aprendido, de la misma manera que cualquier relación amorosa estable nace del deseo y se consolida en el compromiso. Lejos, muy lejos, queda esta concepción de la manida fe en la transmisión de conocimientos, de la trasnochada metáfora del libro y de la errónea creencia en que la comunicación equivale a aprendizaje.

* El título de esta columna es un pequeño homenaje al soberbio artículo de Lewis Elton "Turning Academics into Teachers: A discourse on love", si bien este texto explora un ángulo diferente.

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