Opinión

La 'Brunete' sindical

La subvención genera prepotencia en quien la da y servilismo en el que la recibe. Esta reflexión de un dirigente empresarial sirve hoy para explicar que mientras el Gobierno, con su presidente al frente, sigue desplegando un recital de soberbia, incapacidad y negligencia ante la escalada de los precios, las manifestaciones de los agricultores, el paro de los transportistas, el amarre de la flota pesquera, el cierre de industrias, la amenaza de desabastecimiento o para explicar el insólito giro obre el Sahara, los principales sindicatos del país, léase CCOO y UGT, no sólo permanecen ciegos sordos y mudos, sino que se conviertan en cómplices del Ejecutivo al pedir que no se bajen los impuestos a la energía, en contra de lo que hacen la mayoría de países europeos.

Eso sí, para salvar la cara ante una opinión pública que ni les apoya ni les cree, convocaban este miércoles concentraciones, no contra el Gobierno, que los perros no muerden la mano que les da de comer, sino contra la UE, contra Putin y contra la ultraderecha, porque ellos, como Sánchez, siempre tienen sus fantasmas expiatorios a los que culpar de sus incompetencias.

De espaldas a la realidad social, para estos llamados sindicatos mayoritarios los transportistas, los agricultores, los taxistas, y los españoles todos no son trabajadores y ciudadanos asfixiados por la escalada de los precios, sino fascistas, ultraderechistas y violentos, como les califican también desde un Gobierno que en lugar de reducir el gasto y aliviar la carga fiscal para dar soluciones a un país al borde del colapso se dedica a derrochar el dinero público en la compra de votos a través del llamado bono cultural de 400 euros a los jóvenes, a regalar 20.000 millones de euros para satisfacer los delirios de Irene Montero o a llenar las arcas de CCOO y UGT, a los que ha regado durante la crisis con casi el doble de subvenciones que en 2018 y 2019.

Recordar que el pasado 8 de marzo el Consejo de Ministros aprobaba una subida del 18,33% en las subvenciones anuales que reciben las centrales sindicales, 3,11 millones de euros más, que elevan a 17 millones el dinero que reciben del Gobierno, añadidos a los cien millones de euros de los fondos europeos que les han dado para reformar las sedes sindicales.

Por eso se oponen a bajar impuestos y por eso hacen oídos sordos al empobrecimiento de los españoles y a la situación de riesgo de pobreza en la que viven miles de trabajadores. ¿Alguien ha visto trabajar o promover acciones de solidaridad de COOO y UGT con Ucrania, con los refugiados o con los españoles que aquí acuden a las colas del hambre y no pueden llegar a fin de mes? No, ni ellos ni sus amigos podemitas o errejones mientras denuncian farisaicamente la pobreza. Si los hemos visto, en cambio, manifestarse en Cataluña junto a los independentistas contra el 25% de castellano en las escuelas y en el País Vasco en defensa de los presos de ETA. 

Si ayudan y trabajan a favor de los desfavorecidos organizaciones como Cáritas, algunas ONG y la iniciativa privada, como la Fundación CEOE que estos días ha reactivado el programa solidario Empresas que Ayudan (EQA) para atender la emergencia humanitaria en Ucrania y en las fronteras con Rusia, con el objetivo de canalizar la solidaridad y la ayuda que las organizaciones y empresas integradas en CEOE están ofreciendo desde los primeros días del conflicto.

Y ante esta evidencia, y en aras de la competencia, la eficiencia y la racionalidad en la utilización de los dineros públicos conviene preguntarse, una vez más, ¿por qué tenemos que pagar con los impuestos de todos los españoles a unos sindicatos que, aun dando por buenas sus cifras oficiales apenas representan a un 12% del total de los trabajadores? Que vivan de las cuotas de sus afiliados y si no que echen el cierre como hacen los autónomos y las pymes, un 70% de las cuales siguen todavía si, ver un solo euro de los 7.000 millones de fondos para solventar los problemas financieros derivados del COVID un año después de su aprobación por el Gobierno. Esta es la realidad y no los cuentos de las propagadas oficiales.

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