Opinión

Presiones salariales e inflación

Debería evitarse la traslación total del aumento de costes a los precios de consumo

Visualizada ya como una realidad consistente, la amenaza fantasma de una inflación de costes toma cuerpo y va erosionando el poder adquisitivo de la inmensa mayoría de familias. La presión alcista de la demanda, tras la reversión de confinamientos y restricciones, tensó las costuras del tejido productivo pero han sido el desajuste en los mercados energéticos y los cuellos de botella en el suministro de componentes los responsable principales del desgarro. Las estimaciones más recientes indican que la escasez y los retrasos en la entrega de suministros ya han reducido en más de un punto y medio el ritmo de crecimiento del PIB.

No es país para desamparados. La estrategia de devaluación interna aplicada para contener las consecuencias laborales de la crisis hipotecaria condujo a un largo periodo de estancamiento salarial que tan sólo ha visto su fin con el alza del salario mínimo. De forma abrupta, inflexible y en un contexto poco favorable, las mejoras salariales de los menos cualificados han servido para contener una desigualdad rampante. Pero el grueso del furgón lleva tiempo sin avance en sus ingresos reales. Ahora sufre las penalidades de una inflación desbocada.

El regreso de esa vieja y pérfida señora tiene efectos distributivos que pueden llevar al traste con las políticas de rentas más equitativas. Como afirmaba Keynes, la inflación abre la puerta a que los gobiernos puedan confiscar, secreta e inadvertidamente, una parte importante de la riqueza de sus conciudadanos. Pero un alza continua y generalizada de los precios también perjudica a acreedores, ahorradores y todo aquel que no pueda actualizar sus rentas. Para acotar sus efectos perniciosos debería evitarse la traslación generalizada del aumento de costes a los precios de consumo. Pero el primer paso de este proceso de doble ronda ya está perdido, pues el IPC está recogiendo el contagio del alza de precios en muchos productos y servicios destinados al consumo final.

La escalada de costes es un reto colosal si se pretende apoyar la recuperación económica al tiempo que se evita el arraigo del proceso inflacionario. Se trata de dilucidar, en el fondo, su carácter transitorio. Que el 40% del aumento de precios sea atribuible a los cuellos de botella invita tanto a un moderado optimismo como a la prudencia en la gestión del proceso, pues la mayor parte del tejido productivo confía en resolver el entuerto antes del verano.

Ciertamente, es momento de negociar alzas de rentas pensando más en la inflación futura que en la pasada, a fin de evitar indexaciones excesivas que hagan persistente el proceso inflacionista. No habría nada más lesivo para los trabajadores. En este sentido, la previsión del Banco Central Europeo del 3,2% para el conjunto del año debería orientar la negociación, pues se cubriría la desviación observada en la inflación subyacente y se recuperaría poder adquisitivo a finales de ejercicio. Bueno sería tener presente que, en pleno debate sobre el curso futuro de las condiciones financieras, es precisamente la autoridad monetaria quien mantiene el soporte vital de una economía en recuperación.

La petición de moderación salarial no debe ocultar la necesidad perentoria de actualizar la principal fuente de renta. El aumento salarial y de empleo es esencial para consolidar el proceso de reactivación económica, porque la evolución del consumo privado lleva tiempo dando muestras de flaqueza. Ya en la época pre-pandemia se puso de manifiesto en la Eurozona que los aumentos de empleo y salarios no conllevaban un mayor riesgo inflacionista. Las mejoras observadas en productividad, el uso de mecanismos de flexibilidad interna en las empresas o el aumento del comercio online habrían contribuido a compensar los aumentos de costes laborales. Ahora, en la fase incipiente de un ciclo económico expansivo, debería redoblarse la apuesta por la digitalización, la apertura de mercados y los cambios organizativos que promueven la mejora de la productividad laboral. Asumiendo que las tensiones en los costes energéticos y los precios de componentes irán remitiendo en la segunda mitad del ejercicio, si el tejido productivo recibe el apoyo adecuado hay margen de actuación suficiente para asumir alzas salariales. El grado de saturación del mercado laboral no es muy elevado, quedan muchas horas de trabajo por recuperar, la oferta de trabajo cualificado crece continuamente y algunas siembras de empleo, habituales o emergentes, apenas empiezan a dar sus frutos.

Tiempo es de dejar de culpar a las presiones salariales de los extravíos competitivos. Y atender a que las obras son amores, y no buenas razones. Digitalización y transición energética, claro. Pero también un crecimiento socialmente inclusivo.

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