Opinión

2022, el test definitivo para los bancos centrales

La narrativa actual del mercado apunta a una inflación transitoria y controlable en la que los activos de riesgo seguirán soportados por un crecimiento menguante, pero aún elevado, y unos estímulos monetarios y fiscales menores, pero lo suficientemente expansivos para que las compañías anclen las valoraciones.

La realidad es que la situación actual de los Bancos Centrales es muy delicada. Con unas valoraciones en máximos y unos tipos de interés reales en mínimos de la historia moderna, cualquier normalización del precio del dinero para frenar las mayores tasas de inflación de las últimas cuatro décadas puede tener consecuencias muy negativas, como ya vivimos en el 2018.

El año que está a punto de comenzar es un año de continuidad de las temáticas que adelantábamos a principios de 2021, y que de hecho se han acelerado desde la aparición del Covid-19 en 2020. La primera de estas temáticas tiene que ver con la nueva política monetaria que están llevando a cabo los principales Bancos Centrales occidentales.

Frente a la ortodoxia que ha caracterizado a la política monetaria tradicional, la teoría monetaria moderna plantea un nuevo modelo de banco central que se guía más por el espíritu que por los datos, y cuyo único límite será el valor de su propia divisa (que como vemos está tocando mínimos contra prácticamente todos los activos reales y financieros).

A los objetivos tradicionales de pleno empleo y estabilidad en precios, parecen haberles añadido la estabilidad de las condiciones financieras y las luchas contra el cambio climático y la desigualdad. Sin embargo, con una participación laboral en mínimos históricos y una inflación en máximos de los últimos 40 años, parece que las cosas no están saliendo según el plan. Tras repetir 12 meses cual mantra que la inflación era transitoria, Powell ha claudicado. Veremos cuánto tarda Lagarde y, entre tanto, toca endurecer las condiciones monetarias tarde, mal y nunca.

Y es que el ingente tamaño de la deuda, al igual que en el proceso de 2016-2018, hará difícil elevar los tipos lo suficiente sin causar estragos en la economía y los mercados.

La pérdida de independencia de los Bancos Centrales queda también evidenciada por la complicidad al mantener unas condiciones financieras ultra laxas en un entorno económico de crecimiento robusto y con las mayores lecturas de inflación en cuatro décadas. Éstas permiten la financiación de unos estados occidentales con los mayores niveles de endeudamiento vistos desde la II Guerra Mundial. Estas condiciones se caracterizan por unos tipos de interés muy inferiores a las lecturas de inflación oficiales, lo que es conocido como represión financiera. Esta actúa como un impuesto oculto, favoreciendo el trasvase de capital desde los ahorradores (inversores) hacia los deudores (Estados).

No verse forzados a endurecer tipos en la situación actual, a la vez que los gobiernos dejan obsoleto el discurso de la austeridad, ha disparado los niveles de endeudamiento, mientras que las valoraciones de todos los activos alcanzan nuevos récords. Al final, los inversores huyen del efectivo mientras que se aprovechan de los tipos más bajos de la historia.

La realidad es que, más que unas subidas continuadas en las valoraciones los activos hasta niveles récord, estamos viviendo una devaluación del precio del dinero sin precedentes tanto en rapidez como en magnitud, hasta el punto de que el valor del papel moneda ha tocado un mínimo histórico contra la mayor parte de los activos reales y financieros.

Esto es un grave problema en Europa, donde existe una ingente masa de ahorro aparcada en depósitos y renta fija con rendimientos nulos o negativos. Los años de política monetaria no convencional y un aumento de la presión regulatoria están convirtiendo a los episodios de alto riesgo en episodios de alta probabilidad, lo cual resta confianza a los ahorradores para poner a trabajar su capital a largo plazo.

En conclusión, la variable más importante para este 2022 será sin duda el valor del dinero a largo plazo. Mientras las condiciones monetarias y fiscales sigan siendo ultra expansivas, y los inversores sigan embelesados por la narrativa actual, los tipos a largo seguirán anclados y los activos de riesgo estarán soportados. Por el contrario, si las dudas hacen mella en la narrativa, y las lecturas de inflación se perciben como estructurales, los activos corren el riesgo de verse imbuidos en un proceso similar al que vivimos a finales de 2018, que será recordado como uno de los peores años en gestión.

Con una Fed que empieza a volverse más hawkish, 2022 se plantea como un año difícil para las carteras. Si en 2018 el eslabón más débil fueron las estrategias de venta de volatilidad, hoy en día el sector tecnológico tiene las de perder.

En esta nueva normalidad, es necesario contar con un proceso de inversión sólido y robusto, que nos permita aprovechar los cada vez más numerosos episodios de volatilidad y navegar con éxito el incierto panorama macro. Proporcionándonos la confianza necesaria para maximizar la rentabilidad de nuestro capital a largo plazo.

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