Opinión

La inflación como herramienta de dilución de la deuda pública

A pesar de su peligro, todos las variables evidencian que la inflación actual es temporal

Los datos de inflación del Instituto Nacional de Estadística (INE) confirman lo que llevamos meses observando: la inflación se acelera. El Índice de Precios al Consumo (IPC) general interanual en España ya alcanza el 4%, mientras que la tasa subyacente se sitúa en el 1%. Los datos disponibles en 360smartvision.com, iniciativa de Deloitte y de la Universidad Pontificia Comillas, muestran un crecimiento desde el -0,1% en el índice general y desde el 0.2% en la tasa subyacente desde febrero de 2021. En Estados Unidos, la tasa de inflación es del 5,4% en términos interanuales.

El análisis de esta deriva alcista debe hacerse en base a dos tipos de precios, energéticos y no energéticos, y a través del estudio de los factores de oferta y demanda que los determinan. El análisis de esta matriz de cuatro celdas (oferta y demanda de precios energéticos y no energéticos) permite tomar posición respecto de si estamos ante un problema de tipo coyuntural o estructural, así como tratar de prever los movimientos de los bancos centrales.

La demanda de productos energéticos lleva meses creciendo gracias a la recuperación económica global post-COVID. Este elemento, favorecido por el buen ritmo de vacunación, se ha sumado al desarrollo de economías asiáticas, como China e India, que acuden a Rusia y a otros países productores de gas y de carbón, para alimentar el consumo energético de sus empresas y hogares. La previsible corrección del crecimiento chino debería moderar su demanda energética a medio plazo.

Desde el punto de vista de la oferta energética, el paulatino abandono y el encarecimiento de la producción de carbón en Europa, los problemas de suministro de gas ruso provocados por incendios y otras dificultades puntuales, y el mal verano para la producción energética mediante renovables han contribuido una disminución importante. La renuncia a la producción de energía nuclear, como una alternativa barata y no contaminante, también dificulta el ajuste de la oferta desde el punto de vista de las políticas públicas.

En cuanto a la demanda de productos no energéticos, los datos del Purchasing Managers Index (PMI), muestran una recuperación global dinámica y robusta. El PMI para España, pese a haberse ralentizado en las últimas semanas, se sitúa por encima de los 60 puntos, mientras que en la Eurozona alcanza los 59 puntos; una cómoda expansión que también se observa en el PMI manufacturero y de servicios.

El lógico rebote post-COVID se ha visto fortalecido por las políticas fiscales y monetarias acomodaticias. Algunas economías, como la americana, han alcanzado tasas de desempleo cercanas a la estructural, lo que, en muchos sectores, está favoreciendo incrementos salariales encaminados a la retención y atracción de talento.

La oferta de productos no energéticos se ha visto afectada por los cuellos de botella en las cadenas de valor globales. La razón detrás de este shock de oferta se encuentra en la lenta adaptación que los distribuidores asiáticos han realizado en su capacidad de distribución global post-COVID. Los cierres en puertos en China consecuencia de los diferentes brotes de COVID que afectaron a sus trabajadores han ralentizado y encarecido los movimientos dentro de las cadenas de valor globales.

La observación conjunta de estas cuatro categorías nos permite afirmar que el actual brote inflacionario tiene más de coyuntural que de estructural. Los factores energéticos dominan el incremento de los precios y, entre ellos, solo la creciente dependencia de las economías asiáticas de las energías no renovables empujará los precios al alza a medio plazo. El resto de los factores deberían irse moderando en los próximos meses.

Los bancos centrales probablemente toleren esta inflación coyuntural e incrementen los tipos de interés mínima y gradualmente. La inclusión del objetivo paralelo del 2% de inflación en la Eurozona así lo sugiere. El coste en términos de pérdida de poder adquisitivo para los hogares debería "verse compensando" por el menor peso que la deuda pública tendrá en este contexto. La estrategia de salida parece pasar por trasladar a los hogares el coste de la "digestión" del estímulo fiscal sin precedentes realizado para aliviar la crisis del COVID.

El riesgo de esta estrategia es que tanto yo, como los bancos centrales, estemos equivocados. Si la inflación crece más rápido de lo esperado y si los factores estructurales pesan más de lo previsto, la inflación podría moderarse con subidas de tipos de interés agresivas, con un alto coste social y con un notable impacto sobre la desigualdad.

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El mundo, con occidente a la cabeza, se ha embarcado en una carrera suicida para autodestruirse. ¿Porque? No tengo ni idea.

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