Opinión

China se adapta al nuevo orden mundial

Incidir en la apertura económica de China impulsará la economía del gigante asiático

El 1 de octubre, China celebró el 70 aniversario de su fundación con impresionantes desfiles para mostrar el extraordinario progreso que el país ha logrado bajo el liderazgo del Partido Comunista. Quedan por delante retos formidables. Pero el historial de China hasta ahora y los recursos de que dispone indican que puede estar a la altura de las circunstancias.

Los logros son innegables. En los últimos 40 años, se registró la expansión más rápida jamás sostenida de una economía importante, lo que permitió que más de 850 millones de personas escaparan de la pobreza. A medida que se amplían las inversiones en infraestructura, ciencia y tecnología, educación y salud, los niveles de vida se han disparado.

Pero, en el tercer trimestre de 2019, China registró solo un crecimiento anual del 6 por ciento, el más lento desde marzo de 1992. Y las perspectivas de aumentar esa tasa son limitadas, sobre todo porque el mundo se enfrenta a una desaceleración sincronizada. En su último informe Perspectivas de la economía mundial, el FMI rebajó su estimación de crecimiento mundial para 2019 al 3 por ciento, la tasa más baja desde la crisis de 2008.

La guerra comercial pone de relieve la capacidad de resistencia de la economía del país

La guerra comercial del presidente Donald Trump no dejó ninguna duda de que EEUU considera a China como un competidor estratégico, no como un socio potencial. Algunos en EEUU ahora abogan por una disociación completa de las dos economías más grandes del mundo, a menos que China haga cambios fundamentales en su sistema político, su economía y su política exterior.

China no fue la única víctima del proteccionismo estadounidense; Trump también atacó a India, la UE y otros países. Por lo tanto, más allá de la animosidad directa de EEUU, China debe hacer frente a cambios geopolíticos y económicos profundos e impredecibles, impulsados en parte por una reacción contra la globalización, el mismo proceso que permitió el ascenso de China.

Los dirigentes chinos han trabajado para contrarrestar esa reacción destacando los beneficios del comercio y la cooperación internacionales. También confirmaron su compromiso de proseguir la reforma estructural y la apertura.

Como mostró un informe reciente del Instituto Global McKinsey (MGI), China tiene mucho margen de progreso. El país representa el 11 por ciento del comercio mundial de bienes, pero sólo el 6 por ciento del comercio de servicios, lo que pone de relieve las oportunidades de crecimiento que ofrecería un sector de servicios más desarrollado. Además, la participación extranjera en los mercados bancarios, de valores y de bonos de China se mantiene por debajo del 6 por ciento. Y mientras que los turistas chinos hicieron 150 millones de viajes en 2018, el país recibe solo el 0,2 por ciento de las entradas mundiales de migrantes.

Según estimaciones de MGI, un mayor compromiso de China con el resto del mundo podría generar entre 22 billones y 37 billones de dólares de valor para la economía mundial en 2040. En particular, China se beneficiaría del crecimiento de las importaciones (3-6 billones de dólares), la liberalización de los servicios (3-5 billones), la globalización de los mercados financieros (5-8 billones), la colaboración en el suministro de bienes públicos mundiales (3-6 billones) y las corrientes de tecnología e innovación (8-12 billones).

Esto no quiere decir, sin embargo, que China necesite al mundo, al menos no tan desesperadamente co-mo Trump y sus asesores parecen creer. Si bien la apertura redunda en interés de China -y en interés de aquellos con los que se relaciona- las recientes hostilidades comerciales han puesto de relieve la capacidad de resistencia de la economía china.

De hecho, dada la escala de China, hay suficiente competencia económica interna para seguir impulsando el progreso, incluso sin compromiso externo. Pocas economías son lo suficientemente grandes como para probar diferentes modelos de desarrollo en paralelo, sin preocuparse por los choques sistémicos. Pero eso es precisamente lo que China está haciendo.

China tiene una larga tradición de experimentación y adaptación, y la competencia entre ciudades, en particular, trae consigo grandes avances en materia de desarrollo. El gobierno central fomenta ahora grupos urbanos mucho más grandes - el Área de la Bahía (que abarca nueve ciudades alrededor del Delta del Río Pearl en la provincia de Guangdong, además de Hong Kong y Macao); el Delta del Yangtze (Shanghai); y el grupo Beijing-Tianjin-Hebei - para que sirvan como plataformas para mayor experimentación y competencia.

China debe dar prioridad al mantenimiento de la estabilidad social y política para propiciar el crecimiento económico

Si a ello se añade un margen significativo para el estímulo fiscal y monetario -en parte gracias a una elevada tasa de ahorro interno-, los líderes de China confían más que nunca en que pueden resistirse a los esfuerzos externos para dictar sus políticas. Occidente debería esperar que China se adhiera a su política de cambio paulatino, persiga nuevas mejoras de eficiencia e implemente reformas difíciles, pero necesarias.

A lo largo de todo este proceso, China seguirá dando la máxima prioridad al mantenimiento de la estabilidad social y política, un requisito previo para el desarrollo económico a largo plazo. Como Dani Rodrik, de Harvard, observó recientemente: "Si se da demasiada ventaja al Estado sobre la sociedad, se tiene despotismo. Si el Estado se debilita frente a la sociedad, se produce la anarquía". Para China, garantizar que una mayor apertura no acarree problemas como la inestabilidad o la corrupción exige un Estado fuerte.

El orden mundial unipolar encabezado por EEUU se desintegra rápidamente, no porque el mundo quisiera ese resultado, sino porque su líder lo quería. Esto es una tragedia. Pero todo lo que China -o cualquier país- puede hacer en este momento es adaptarse a la nueva realidad.

Por ahora, eso significa mantener la estabilidad interna y promover el desarrollo, al tiempo que se resiste a la presión externa para que actúe en contra de sus propios intereses.

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