Economía

La inteligencia artificial se abona al Apocalipsis como estrategia de marketing

  • Los empresarios líderes del sector lanzan discursos cada vez más catastrofistas
  • Su estrategia busca reforzarse contra la competencia externa
  • Las expectativas por la tecnología empiezan a provocar despidos en España

Nos estamos acostumbrando a leer día sí y día también manifiestos que avisan de los riesgos que supone la inteligencia artificial. Y lo hacen con pronósticos cada vez más explosivos, que incluso contemplan que su desarrollo puede llevar a la "extinción de la especie humana", en una espiral retórica que pocos se tomarían en serio si dichos augurios no vinieran firmados por los directivos de las propias empresas que lideran el negocio en el sector. Lo cual nos hace plantarnos: ¿qué gana una compañía al decir que su producto puede desatar el Apocalipsis?

A estas alturas, nadie duda de que la inteligencia artificial tendrá impacto en múltiples aspectos de nuestras vidas, empezando por los laborales. Si alguien no se había enterado, el desembarco de la IA generativa, con los 'chatbots' como ChatPT como punta de lanza, ha confrontado a usuarios de todo tipo de sectores profesionales con la incómoda realidad de que este tipo de software pueden desempeñar una gran parte de sus tareas.

El problema de la inteligencia artificial es que su definición y alcance es tan amplio y difuso para la mayoría de los ciudadanos que muchas veces se meten en el mismo saco a herramientas con muy diferentes enfoques, utilidades y grados de desarrollo. Términos como 'algoritmo', 'red neural', 'machine learning' o incluso Big Data forman parte hace años del diccionario que se asocia con la inteligencia artificial. ¿Qué diferencia a las IA generativas para que se conviertan de la noche a la mañana en la clave del futuro?

La primera respuesta que viene a la mente es la interfaz. No nos engañemos: la IA llevaba años probándose para redactar textos, escribir código o incluso componer música. Pero hacerlo requería unas competencias que ahora están al alcance de cualquiera. Pero es infinitamente más fácil escribir un 'prompt' que usar lenguajes de programación como 'R' p 'Python' (por citar, solo como ejemplo, los más conocidos). Y eso hará que cualquier usuario, sin saber nada de informática, pueda instruir a un software para que haga cosas que le parecen propias de ciencia ficción.

Esta explicación puede sonar terriblemente simplista, y seguramente lo sea. Pero siempre lo será mucho más pintar un escenario de una anticuada película de ciencia ficción en el que un software cobra autoconsciencia y liquida a sus creadores. La inteligencia artificial encierra peligros, sí, pero no van por ahí los tiros. Y estos 'conversos' apocalípticos lo saben.

El verdadero riesgo que supone para ellos la inteligencia artificial es que inaugura una nueva etapa de la revolución industrial sin que, por primera vez, tenga ganadores claros. Ni entre empresas, ni entre sectores, ni tampoco entre países. El impacto es impredecible, en buena parte porque no está claro el alcance que puede tener una tecnología que es cada vez más fácil de utilizar, pero aún no se entiende bien del todo. Lo cual, por otro lado, permite diseñar discursos alarmistas pero controlados.

El peligro son los otros

Como estamos viendo con las redes sociales chinas (léase Tik Tok), en Estados Unidos el miedo a que una potencia extranjera lidere un mercado tecnológíco ha acabado siendo superior al uso que de esa misma tecnología hagan las empresas nacionales. Esta es la carta que juegan ahora empresarios como Sam Altman o Elon Musk al pedir regulaciones y moratorias sobre la inteligencia artificial: lo que quieren es eliminar competencia externa y barreras internas.

Precisamente, el discurso del CEO de Open AI, que hace un par de semanas estuvo de gira por España, cambia mucho en la Unión Europea, a la que amagó con retirarse del Viejo Continente si la regulación que prepara la Comisión Europea. Un aviso del que se retractó dás más tarde pero que coincide con un momento en el que países como Italia ya han vetado Chat GPT por no garantizar la privacidad de los datos.

Pero el miedo también vende por sí mismo. Alertar del potencial impacto negativo de una tecnología dispara el interés por ella, incluido el de los inversores. La paradoja es que las empresas alientan ese miedo. Sin alejarnos de la órbita de la marca Chat GPT, Open AI ha publicado varios informes con listas de empleos que desaparecerán por culpa de su producto.

Esta estrategia de marketing se apoya en una realidad: el impacto de la IA no está claro, pero se da por hecho que será elevado. Un informe de la OCDE publicado a finales de 2022 señalaba que uno de cada diez españoles estaba en riesgo de perder su empleo por un robot o una inteligencia artificial. Y aquí entramos en unas de los conceptos clave para analizar los estragos de la IA en el mercado laboral: la automatización.

La paradoja del bar

No se necesita un supercomputador ni androides salidos de una película de James Cameron para destruir un puesto de trabajo: solo una máquina (o software) que pueda hacer una serie de tareas sin constante supervisión humana. Y además que utilizarlo sea mucho más rentable que contratar a un ser humano. Es la paradoja del bar: una IA no puede sustituir a un camarero y alquilar un robot funcional para servir mesas en hora punta sería demasiado caro. Pero el empresario sí puede ahorrarse contratar a un contable si cuenta con un software adecuado.

En los últimos cinco años, las estimaciones del riesgo de automatización sobre el empelo han variado desde los profesionales menos cualificados que realizaban trabajos más físicos a otros más cualificaos y con tareas considerados más intelectuales. Del cuello azul al cuello blanco. La clave es que la evolución de los robots no está siendo tan intensa como la de las inteligencias artificiales. Además, la pandemia ha recordado que muchos empleos considerados prescindibles gracias a la tecnología no eran nada fáciles de reemplazar.

Una de las pruebas más claras de este cambio de paradigma está en las estimaciones del Foro Económico Mundial. En su último reporte sobre el futuro del trabajo, estima que en cinco años desaparecerán 83 millones de puestos de trabajo, y nacerán otros 69 millones, lo que dejaría un saldo negativo de 14 millones menos de ocupados. En 2020, la previsión era que se crarían 97 millones de puestos de trabajo y se destruirían 85 millones, lo que suponía una creación neta de empleo de 12 millones. A esto se suma la posibilidad de que el uso de la tecnología provoque un descenso de los sueldos de quienes mantengan su empleo.

IA cotizantes

Este impacto, sin embargo, no se traduce en un rechazo a la inteligencia artificial. El argumento es que la tecnología mejorará la productividad de los trabajadores mejor preparados. Claro que, como viene siendo habitual cuando se mezcla análisis económico y jerga de recursos humanos, no queda claro en qué términos se mide esta variable: no es lo mismo producir más en el mismo tiempo que lo mismo en menos horas. Así que está por ver cómo se traslada esto en la práctica a los sueldos.

En España, un país pionero a la hora de utilizar los algoritmos para supervisar a los trabajadores humanos, aunque también para regularlo, los interlocutores sociales acaban de alcanzar un acuerdo para promover en los convenios "el uso de sistemas de inteligencia artificial seguros y transparentes", en línea con lo dispuesto en la denominada Ley Rider. Es decir, en funciones de control y evaluación de los trabajadores. Pero no se habla explícitamente de su uso para reemplazar humanos.

Ello a pesar de que empieza a aducirse como motivo de ceses. De hecho, en España la regulación incluye entre las causas objetivas de despido las productivas y organizativas, en las que entra el peso de las nuevas tecnologías. Aunque empresa que ya arrastraban problemas han sido las primeras en recurrir esta vía, varios laboralistas advierten de que las consultas para iniciar procesos por este motivo están aumentando, pese a una coyuntura en la que el empleo mantiene el dinamismo tras la pandemia.

Los sindicatos, a lo sumo, plantean que esta mayor productividad y destrucción de empleo debe llevar a un reparto del tiempo de trabajo y abre la puerta a reducir la jornada a las 32 horas. Para poder costearlo, las empresas deben cotizar por los empleos que sean destruidos por esa tecnología, una idea, aparte de otras consideraciones, supondría un gran lastre para la implantación de esa tecnología y contaría con el rechazo frontal de sus impulsores.

Pero son también muchas las empresas confían en la inteligencia artificial como una herramienta más para mejorar su negocio y no contemplan recortes de plantillas. En un mercado laboral que históricamente ha basado su competitividad en bajar salarios, como es el español, esto puede suponer también una gran oportunidad.

En cualquier caso, la propia incertidumbre del devenir tecnológico hace que los escenarios positivos y negativos se mantengan abiertos. En cualquier caso, la decisión no la tomarán las máquinas, sino los humanos que las programen y utilicen.

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