Economía

Iglesias impone el silencio para esconder la desaparición de Podemos

  • Podemos ha perdido ya más de 3,5 millones de votos
  • Se prevé una debacle del partido en Cataluña y Andalucía
  • La pareja de Galapagar impone en silencia al mas puro estilo estalinista
El secretario general de Podemos, Pablo Iglesias. Reuters
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"Podemos ya no existe. Existe una cosa que se llama Unidas Podemos y que tiene los resultados de siempre de Izquierda Unida". Este tuit de Iñigo Errejón tras consumarse el desastre de la formación morada en Galicia y el país, mas que un desahogo es una radiografía incontestable de la situación interna de UP. Un partido caudillista, sin ideología definida, sin estructura territorial seria y cuyo destino va inexorablemente unido al de un caudillo al que los resultados de este 12-J le enfrentan a un psicodrama de consecuencias difícilmente predecibles. Podemos ha desaparecido del Parlamento de Galicia, donde ha perdido los 14 escaños que tenía, y pierde otros cinco diputados en Euskadi que pasan a engrosar la representación de Bildu. Pero este hundimiento es sólo el último resultado de una cadena de fracasos cuyo origen está en la misma eclosión que le llevó a estar a un paso del sorpasso al PSOE tras las generales de 2016.

Desde entonces y hasta las pasadas elecciones de noviembre, Podemos ha perdido 3,5 millones de votos -de 5,049 millones en 2016 a 1,41 millones tres años después- y se ha dejado 36 escaños en el Congreso de los Diputados. Y a nivel local y regional han desaparecido de Cantabria, Castilla-La Mancha y Galicia; es irrelevante en Madrid, donde también ha perdido el Ayuntamiento, y todo apunta a que la debacle gallega y vasca se van a repetir en Andalucía y Cataluña.

En el caso andaluz, Teresa Rodríguez, presidenta del grupo parlamentario Adelante Andalucía (convergencia entre Podemos, IU, Anticapitalistas y pequeñas formaciones andalucistas), está negociando ya la creación de un nuevo partido sin Podemos ni IU con el objetivo de enfrentarse a sus progenitores tanto en los comicios autonómicos como en las generales.

Por lo que respecta a Cataluña, recordar que la implantación y el tirón electoral no lo tiene Podemos sino su socio En Común con la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, al frente, quien ya ha dado más de un aviso a Iglesias denunciando la prevalencia de su agenda institucional como vicepresidente segundo del Gobierno sobre el contacto y los problemas con la gente de la calle. La advertencia de Colau es importante, toda vez que se ha convertido, junto con Alberto Garzón, en la única aliada que conserva Iglesias, además de que su apoyo fue determinante para frenar el despegue de Más País, a pesar de las tentaciones de Errejón.

Podemos se han desinflado también en la Comunidad Valenciana tras el portazo de Compromís, que gobierna con el PSOE en la región, y conserva la mayoría del electorado a la izquierda de los socialistas. Y qué decir de sus aliados de esa Izquierda Unida, a la que ha avasallado hasta convertirla en una izquierda hundida, rendida al jefe carismático a cambio de un plato de lentejas en forma de ministerio de tercera para Alberto Garzón.

Inmersos en esta peculiar cuesta abajo en la rodada, los morados han empezado a pagar también en Galicia y Euskadi el desgaste político de la cloacas -no las del Estado, sino las suyas propias-, y la erosión personal de su todavía líder atrapado en sus mentiras en el Parlamento y en los Tribunales, su "machismo patológico", en palabras de mujeres expodemitas, y las posibles consecuencias judiciales por el caso del teléfono móvil de Dina Bousselham.

Ley del Silencio

Todo un cúmulo de errores, prepotencia y falsedades que en cualquier otra formación política habría derivado en críticas abiertas, petición de responsabilidades y dimisiones. Pero no en Unidas Podemos, donde la pareja de Galapagar impone la ley del silencio al más puro estilo estalinista.

Y el que se mueva ya sabe a lo que se expone, a la purga, la persecución o ser objeto de denuncias falsas como la que se inventaron por acoso sexual contra el responsable del área legal de Podemos, José María Calvente, para impedir una investigación de corrupción de los dirigentes del partido. Sólo alguna referencia a la "autocrítica" como la de la portavoz en la Asamblea de Madrid, Isabel Serra, o la del diputado de En Comú, Gerardo Pisarello, pero siempre sin acritud y desligando del fracaso a Iglesias y a la dirección.

"Pablo Iglesias, aun cuando se llene la boca de la palabra una y otra vez, rechaza la democracia, entendida como procedimiento mediante el cual se alcanzan las decisiones políticas", afirmaba recientemente el catedrático de Ciencia Política Antonio Elorza, para añadir que "la justicia social le sirve así de máscara a la demagogia".

A pesar de este férreo control autoritario de Iglesias, Montero y sus monaguillos Echenique y Monedero, desde las agrupaciones y periféricas y también desde algunos miembros del grupo parlamentario en el Congreso empiezan a aparecer las voces críticas, aunque desde el anonimato y por lo bajo. "Si Iglesias no fuera la casta, ya habría dimitido", afirmaba el lunes uno de estos últimos, mientras que las citadas mujeres expodemitas recuerdan como todas las féminas a las que se ha relacionado con Iglesias están o han sido colocadas, y que se suman a las muchas voces que ya desde dentro de Unidas Podemos confiesan que "el aura de Iglesias ha pasado del brillo a la más absoluta sordidez".

Son las mismas voces críticas que plantean la renuncia de Iglesias y su sustitución por Yolanda Díaz, cuya figura se acrecienta en la misma proporción que disminuye la del macho alfa de Galapagar, aunque desde la dirección han empezado ya a culpar a la ministra de Trabajo del desastre electoral. "Lo que ha pasado en Galcia no puede ser. Yolanda conoce bien su tierra y ha sido un desastre", aseguran mientras recuerdan su militancia en Izquierda Unida y no en Podemos.

La tabla de salvación

Consumada la debacle, Iglesias se aferra ahora a su permanencia en el Gobierno como tabla de salvación, y a los discretos resultados del PSOE para intentar sobrevivir en espera de mejores tiempos. Sin embargo, es consciente de que ha perdido poder, de que los ministros socialistas le rechazan y de que nadie del Ejecutivo ha salido a defenderle por el caso Dina. Pero en medios próximos a La Moncloa están convencidos de que Iglesias y los suyos no romperán la coalición. "Está desprestigiado y derrotado. Sólo su protagonismo en la Vicepresidencia del Gobierno le mantendrá al frente de su partido, le permitirá mantener su actual nivel de vida y le facilitará los apoyos que necesita de la Fiscalía. Por eso votará lo que le digan y asumirá los ajustes sociales que le impongan", afirman.

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