
Las primeras elecciones celebradas en España tras el estado de alarma arrojan los resultados previstos: el PP revalida su mayoría absoluta en Galicia, mientras el PNV mantiene su liderazgo en Euskadi y podrá seguir gobernando en coalición con los socialistas vascos. Ahora bien, existen importantes matices desde el punto de vista de la política nacional.
La victoria de Alberto Núñez Feijóo ha sido histórica y demuestra hasta qué punto los votantes están dispuestos a arropar un programa de Gobierno basado en la moderación.
En una situación semejante se encuentra el PNV de Íñigo Urkullu, superando ampliamente los 28 escaños de hace cuatro años, resistiendo así el avance de Bildu. En esa autonomía, y también en Galicia, los socialistas mantienen posiciones y se evidencia que la gestión de la crisis del coronavirus no les pasa factura.
Sin embargo, el PSOE debería reflexionar sobre el modo en que se ha evaporado el respaldo extra que obtuvo en Galicia en las elecciones generales del pasado noviembre. Y también constituye todo un aviso el castigo infligido a su socio de coalición, Podemos.
El retroceso es evidente en ambas autonomías y llega hasta un extremo dramático en el Parlamento gallego, ya que los morados pierden toda representación. El partido se resiente de los alardes de radicalismo que han caracterizado a Pablo Iglesias en los últimos meses, con sus amenazas de nacionalizar patrimonio de empresas y particulares, sus ataques a la Monarquía y, más recientemente, el señalamiento de periodistas. El extremismo de Iglesias hace tiempo que levantó recelos en Europa. Ahora empieza a quedar claro su rechazo también entre los votantes españoles.
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