Opinión

Incluso sin Draghi, la deuda italiana no arrastrará a Europa al desastre

Mario Draghi, ex primer ministro de Italia

La creciente inquietud por la crisis de la deuda italiana hundirá a la bolsa española y al conjunto de los mercados europeos? ¿La subida de los tipos de interés terminará abocando al desastre? Muchos lo dan por hecho, especialmente porque, según las encuestas, las inminentes elecciones en Italia tras el fin de la era Draghi podrían deparar buenos resultados a los partidos populistas. Entonces, ¿es probable que ocurra un impago de deuda o que presenciemos el hundimiento del euro? Si así fuera, España saldría muy mal parada.

Sin embargo, este desenlace no terminará materializándose, dado que estas previsiones, ancladas en 2014, pecan de anacrónicas. Fruto del actual contexto de enorme pesimismo, han pasado por alto algunos datos. El hecho de que la deuda italiana se sitúe alrededor del 150% del PIB (un dato elevado comparado con los niveles internacionales) genera inquietud. Pero lo importante es la capacidad de sus finanzas para hacerle frente. El coste de los intereses de la deuda en el país ha pasado de representar más del 40% de los ingresos fiscales anuales a mediados de los noventa, con tipos de interés entre el 8% y el 11%, a representar el 12,6% al cierre del segundo trimestre. Si entonces no hubo impago, tampoco lo habrá ahora. La deuda solo sería inviable si los tipos estuvieran por las nubes y se mantuvieran así. La razón estriba en que los rendimientos de la deuda italiana han subido solo levemente, y el salto es en paralelo a los tipos de la eurozona y mundiales. Desde la dimisión de Draghi el 14 de julio, el del bono a diez años ha ascendido 0,41 puntos porcentuales, mientras que el de sus equivalentes español y alemán lo han hecho 0,26 y 0,33, respectivamente, en el mismo período.

Fijémonos asimismo en los rendimientos relativos. El interés del bono italiano a diez años se sitúa apenas 0,70% por encima del de su homónimo estadounidense, que es la referencia internacional, y el dinero siempre fluye globalmente. Ese diferencial se ha ampliado desde diciembre, cuando el italiano se situaba un 0,34% por debajo del estadounidense. Con todo, los inversores demandarían un rendimiento relativo mucho mayor si de verdad creyeran que el riesgo de impago de Italia fuera comparable, por ejemplo, al de Grecia en 2011, cuando su bono a diez años ofrecía un 9,26% más que el americano, llegando a ascender este porcentaje hasta el 32% antes del segundo rescate en febrero de 2012. La situación de Italia está a años luz de aquella.

Además, el vencimiento medio de su deuda pendiente es de 7,1 años, frente a los 5,6 de hace dos décadas, es decir, el reciente bajo coste de financiación está parcialmente asegurado más tiempo, por lo que un eventual impago tardaría más en llegar, tras años de tipos desorbitados y mala gestión fiscal. Aunque en 2022 han subido los tipos, Italia aún refinancia su deuda vencida a largo plazo con un descuento real. Si, a finales de agosto de 2012, el rendimiento del bono a 10 años rondaba el 5,8%, Italia puede refinanciar su deuda vencida hoy al 3,7% con el mismo plazo, generando ahorros en el proceso.

Con respecto a España, algunos afirman que su ratio deuda/PIB, superior al 110%, y las inyecciones de liquidez del BCE a sus mercados de deuda es un síntoma de que se avecinan problemas, pero están muy equivocados. Es cierto que en 2022 los rendimientos españoles subieron más rápido que los estadounidenses, pero no mucho. De hecho, el 1 de enero, el interés del bono español a 10 años era 95 puntos básicos inferior al estadounidense y se ha estrechado hasta los 41. No es nada que pueda quitarnos el sueño. Como en Italia, en España el pago de intereses se ha desplomado en comparación con los ingresos públicos en la última década.

Pese a todo, hay quien teme que las alzas de los tipos sean solo el comienzo (particularmente en Italia) de lo que está por venir. El halo de héroe que rodea a Draghi deslumbra a los inversores, quienes creen que solo él puede mantener los tipos bajos. Los expertos prefieren fijarse en los disparatados planes de gasto de los populistas de uno u otro signo, como ya vimos en Italia y España en la segunda mitad de la década anterior con el surgimiento de partidos como Podemos y Vox, pero la dificultad para gobernar Italia, deplorada por la mayoría, se ha traducido en la imposibilidad de aprobar medidas radicales.

Es poco probable que las elecciones de septiembre cambien el escenario de parálisis política en Italia, aunque, desde los últimos sufragios, se hayan aprobado enmiendas constitucionales que recortan el número de escaños, lo que facilita la formación de gobiernos en mayoría. La eficacia de estas medidas está por ver, sobre todo tras los previsibles buenos resultados de partidos ideológicamente opuestos. No olvidemos que el euroescepticismo de los populistas siempre se desinfla cuando acceden al poder. ¿Porque sería distinto esta vez?

A pesar de todo se ha generalizado una desconfianza ante la inestabilidad y la "enorme" deuda de Italia equivocada, este miedo infundado no afectará a los inversores españoles… ni italianos.

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