Opinión

Ante la subida del petróleo, mire más allá de la guerra

Nadie sabe qué cota alcanzarán, pero cuando los precios del petróleo se ponen por las nubes es sumamente doloroso. Los rumores sobre que Europa podría sumarse a las sanciones al crudo ruso impuestas por Estados Unidos y el Reino Unido avivan el miedo a que desaten un mercado bajista y una recesión. El fuerte encarecimiento de la energía es demoledor, pero, en términos económicos, la influencia del petróleo presenta claroscuros. El veto actual a Rusia tiene un valor sobre todo simbólico, conque no es probable que Europa participe. Además, los precios elevados no hunden la producción ni el consumo, sino que simplemente los redistribuye.

Como superpotencia petrolera que es, las exportaciones rusas representan cerca del 10% del consumo mundial. De ellas depende especialmente la Unión Europea, que obtiene de Rusia el 27% del crudo importado y el 41% del gas: unos porcentajes abultados que los líderes de la UE no pueden obviar. De hecho, Alemania y otros países no quieren ni oír hablar de embargo total. El Kremlin podría suspender las exportaciones, pero el 62% de sus ventas a la UE corresponde a energía. Quizás Putin logre que los compradores le paguen en rublos para contener la crisis de la moneda, pero prohibir de forma temporal las exportaciones pondría en serio riesgo un presupuesto que depende mucho de ellas.

Por más bombo que se les dé a las acciones de EEUU y el Reino Unido, el efecto económico de la prohibición no será especialmente relevante. EEUU es un exportador neto de petróleo (el crudo ruso apenas supuso el 3,4% del consumo estadounidense en 2021); en el Reino Unido, solo el 8% de sus importaciones de crudo y el 4% del gas natural proceden de Rusia, es decir, un peso relativamente pequeño.

En marzo comenté que EEUU podía suministrar más gas a Europa, cosa que ya está pasando según los datos de posición de buques. También ayudará el reciente acuerdo entre la UE y EEUU sobre gas natural licuado, cuyos altos precios animarán a los productores estadounidenses a elevar la producción más rápido de lo que afirman los escépticos.

El país norteamericano también ayudará con el petróleo. De hecho, su producción ha aumentado en 1,3 millones de barriles diarios desde el mínimo de septiembre de 2020 y, de acuerdo con las previsiones de su Gobierno, de media se extraerán 12 millones diarios este año (por encima de los 11,6 millones de diciembre) y 13 millones en 2023, una cifra casi sin precedentes. La previsión de los analistas del sector privado es aún más halagüeña, ya que los datos del PIB revelan que la inversión en minería y estructuras de perforación petrolera ajustada a la inflación se disparó un 57,7 % entre el tercer trimestre de 2020 y el cuarto de 2021. Si persisten los precios altos, la producción podría batir todas las expectativas.

Los boicots del sector privado probablemente sean efímeros, pues son como hacer una dieta estricta. El barril de la mezcla de los Urales cotiza a más de 30 dólares, una cifra por debajo del Brent, la referencia internacional. Esta es una inusual oportunidad de arbitraje que atraerá compradores. Shell ya lo hizo en una ocasión antes de recibir críticas por ello y otros como India y China se andan con menos remilgos a la hora de acaparar petróleo; un comportamiento que se generalizará cuando se imponga la realidad del mercado negro.

Por otra parte, el efecto macroeconómico de los precios del petróleo es menor de lo que se temía. Entre el inicio de 2011 y el tercer trimestre de 2012, el precio del barril de Brent superó los 100 dólares, pese a lo cual aumentó el consumo en la UE. Algo que tiene sentido si consideramos que, al fin y al cabo, el petróleo y el gas no dejan de ser consumo, así que la oscilación de sus precios provoca simplemente una redistribución del gasto.

El alza del petróleo también estimula la inversión, como prueba el boom energético en EEUU entre el primer trimestre de 2011 y el tercer trimestre de 2014, cuando la inversión real —es decir, ajustada por inflación— en minas y pozos se incrementó un 47%, por encima del 30% al que creció la inversión en empresas no energéticas. 100 dólares antes valían más que 100 dólares hoy. En cuanto cayeron los precios, la inversión se desplomó. La escalada del petróleo incluso beneficia a las renovables, cuyo mayor coste de generación resulta más atractivo.

Evidentemente, los precios estratosféricos no benefician a muchas empresas, pero no arruinan automáticamente sus resultados. Entre 2011 y 2014, pese a que el oro negro superó frecuentemente los 100 dólares, los beneficios corporativos mundiales aumentaron un 18,2% y la renta variable internacional, un 61,2%, mientras que en 2015, ante la caída del Brent del 33,8%, los beneficios "retrocedieron" un 8%.

Contrariamente a lo que solemos pensar, el encarecimiento del petróleo no lastra necesariamente las bolsas. Es cierto que en 2008 los precios estaban altos, pero no hay que confundir la casualidad con la causalidad, dado que no contribuyeron decisivamente al caos financiero mundial ni a la posterior crisis de deuda. Asimismo, el petróleo estaba por las nubes en pleno repunte de los parqués de la eurozona desde su mínimo de 2011.

No quiero restar importancia a las nefastas consecuencias de la subida del petróleo que quizá usted sufra en sus propias carnes: son reales y las comprendo. Pero debo decir que se exagera su influencia en los mercados, ya que a estos les afectan más los aspectos de la coyuntura económica. El miedo a un factor falso siempre es alcista, así que no se aleje de los parqués por el alza de precios.

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